viernes, 22 de junio de 2012

Alicante, donde la familia se reencuentra - Madrid, día 12

Mi Samsung E1170 me avisa que es hora de abandonar la cómoda cama. Se siente el trajín de ayer en cada punto de mi cuerpo, pero tengo que hacerlo, porque ni siquiera sé qué horarios tienen los buses que van a Alicante. Sin perder demasiado tiempo, preparo mi mochila y tengo un desayuno liviano que Nelli me ofrece. A la hora de despedirme, cerca de las 9.50 am, Leo aún duerme, evidentemente cansado de nuestro paseo, pero Nelli lo despierta para que yo pueda saludarlo. Le doy un beso y le revuelvo los pelos de la cabeza, como hacen los hermanos mayores con los más chicos. El pobre está muy dormido, pero no olvida decirme "trata de volver!". En la puerta del departamento, me despido de Nelli, quién tan bien me ha tratado, por lo que no me alcanzan las palabras para agradecerle. Ella también me dice que vuelva a Valencia si tengo un tiempo. Le prometo que lo intentaré.
Bajo por última vez del bonito departamento y llego a la estación de subtes tal como quería, a las 10 am. Se ve a las claras que hoy es domingo. No hay ni un alma deambulando. El metrovalencia, sin embargo, llega al toque  con muy pocos pasajeros. Mi estación es Turia, donde queda la estación de buses, bastante lejana por cierto, así que me entretendré haciendo algunas fotos, en especial la de aquel graffitti que me ha llamado la atención hace dos días, cuando llegué a esta ciudad.

Domingo en la estación de Metrovalencia. Nadie alrededor
Último metro en Valencia
Cierto, no?. El grafitti que leí cuando llegué a Valencia
La terminal está 2 cuadras más allá de la salida del metro en Turia, sobre la avenida de Menéndez Pidal. El día es un espectáculo, y hasta voy pensando que me hubiera encantado quedarme una jornada más para disfrutar de nuevo de la playa. Qué pena que Madrid no dé al Mar! El pasaje me cuesta 19 € y el próximo bus sale a las 13. Tengo más de dos horas en el medio, y no pienso sentarme a esperar en esta deprimente estación. El casco de la ciudad, donde estuve ayer, está relativamente cerca, y me parece una opción razonable para no castigarme tanto con la mochila. Pasaré nuevamente por la Plaza de Toros, la Plaza del Ayuntamiento y aprovecharé para comprar las postales y el pin de Valencia, como vengo haciendo en cada ciudad que visito. En el camino, cerca de la estación de trenes, me cruzo con un hombre de avanzada edad, quién de la nada me saluda y me da conversación sólo porque advirtió que soy un viajero. Me pregunta de dónde soy, si me gusta su ciudad y algunas otras cosas irrelevantes más. La charla no dura ni 4 minutos, pero él es sinceramente una persona muy agradable, y me sorprende que alguien así de fácil te charle y lo haga de manera tan natural. Me desea suerte en el resto de mi viaje, nos despedimos, y yo retomo mi camino.

Así de bonita está Valencia para decirme "adiós" 
Banco de Valencia. Hoy ni el dinero hace que la gente salga a la calle
La estación de trenes. No voy en tren, voy en colectivo
La ciudad te invita a fotografiarla, sin transeúntes
El tiempo pasa demasiado rápido cuando uno deambula, y sin querer me encuentro bastante lejos de la estación, más de 2 kilómetros, y a solo 35 minutos de que mi bus salga. Apuro el paso y me dejo llevar únicamente por mi mapa. Por momentos siento inquietud de pasear por angostas calles deshabitadas y pienso que algún ninja se va a descolgar de un árbol o aparecer tras una nube de humo instantánea. Hace rato que ando por estos suelos, pero las inseguridades que me ha instalado mi ciudad de origen están muy arraigadas. Nada, absolutamente nada sucede y llego bastante agitado a la estación, apenas 5 minutos antes de la hora anunciada de partida. La puntualidad en este caso, es bastante latinoamericana y la espera se extiende a 20 minutos. Aprovecho para comprarme un sandiwch de jamón español y un agua mineral tamaño familiar para calmar la sed provocada por el sol, la caminada y el nerviosismo de no saber si llegaba a tiempo.

Mi mapa me no me advierte por cuáles calles andaré... y eso es lo mejor de andar sin brújula!
En la sala de espera disfrutamos del aire acondicionado no más de 6 personas. El bus llega a la plataforma luego de su retraso, pero no tardará en salir viendo la cantidad de personas que lo abordaremos. El chofer me dice que no puedo subir con mi gran mochila y que debo dejarla en la bodega. Todo es "autoservicio"; sin embargo, no hay un número o algo para ponerle a mi equipaje y ahora debo encomendarme a Dios para que alguien no se lo lleve por equivocación. La cámara, el libro, la agenda y el agua serán las únicas cosas que irán conmigo arriba. El viaje es de poco más de dos horas hasta Alicante. El paisaje es muy bonito y la autopista siempre va bordeando el azul mar Mediterráneo. Se ven algunos pueblos muy bonitos a los costados y en algún momento algo así como un fuerte también. Durante el camino voy pensando en lo mucho que hace que no veo a mi prima, y lo loco que es que sea yo quién la visita en Madrid, cuando todo este tiempo ha sido al revés.
Poco antes de las 16 estoy en la estación terminal de Alicante. Ya desde que entramos a la ciudad unas ganas enormes de quedarme al menos un día invadieron lo profundo de mi alma. Una estupenda avenida costanera con ancha platabanda llena de palmeras y flores, un mar tentador y un sol que te invita a darte unos chapuzones son los motivos de tales deseos. Bajo del micro y saludo al chofer, quién sí me contesta a diferencia de aquel que ni siquiera me miró en Roma. Me dirijo a la bodega con ese pequeño miedo latente de saber si tus cosas aún están ahí. Mi mochila yace, única y solitaria en la bodega. La recojo y me dirijo directamente hacia la costanera, mientras le escribo un mensaje de texto a mi prima, avisando que ya estoy en Alicante. Al mismo tiempo pienso de qué manera podría ponerme un short y sumergirme por unos minutos en esas aguas, hasta que llegue mi prima con su marido a recogerme. Dos minutos más tarde, Caro me responde que en poco más de 40 minutos pasarán por mi.

Atrás de esa montaña a la izquierda se esconde el mar azul azul.
"Si la montaña no nos deja pasar, te hacemos túneles y autopistas impresionantes" pareciera ser la idea
Llego a la costanera, por una calle que da justo a un pequeño puerto en donde se ven yates y otros medios de navegación. Se respira ese olor a mar característico de las ciudades costeras. Mi andar es tranquilo, porque disfruto a más no poder del paisaje estupendo del mar hacia mi mano derecha y la montaña a mi izquierda, a no más de 300 metros de distancia. Todo mejora aún, cuando en la búsqueda desesperada de un poco de playa, una figura de una chica preciosa con serios problemas con su pareo se mueve en mi misma dirección. No hago más que seguirla hipnotizado. Sin embargo, su paso no es veraniego como el mío, y pronto la pierdo de vista, no sin antes capturar lo bello de aquel momento. Ahora estoy justo en la playa, pero los tiempos no me alcanzarán para refrescarme. Estoy a unos 100 metros del Meliá Alicante, un lujoso hotel instalado sobre la playa. Me conformaré con observar cómo la gente se divierte y relaja, desde la sombra que proyecta el edificio. Pronto me aburro y quiero más, pero en cuanto empiezo a cruzar el puente peatonal para ir hacia la montaña enfrente de la costa, mi teléfono suena. Es Caro, quién me pregunta mi ubicación exacta y me dice que en 15 minutos vendrán por mí. Aprovecho ese tiempo para hacer algunas buenas tomas antes de ir al punto de encuentro. Se hace la hora de vernos, y mi teléfono vuelve a sonar. "Al frente de un kiosco de revistas" me dice, a lo que le contesto "ahí estoy!" y cuando muevo un poco la vista, la veo, parada a 15 metros de mí, con un sombrero de paja (o mimbre), anteojos de sol enormes, esbelta, casi flaca, tostadísima con sus cabellos al vientos. "Hija de p...! Estás hecha una Moria Casán con esos anteojos!" le digo, despertándole su típica risa que yo tenía casi olvidada. "Feliz cumpleaños!" me dice, por mi cumpleaños del día de ayer. "Vení, acá está Gabriel (su marido) con el auto". Caro me lo presenta, y él se baja como cualquier caballero. Es un hombre de figura atlética, calvo y más alto que yo. "Un gusto" le digo, luego de saludarnos con un beso. Gabriel tiene un pequeño BMW 315 (creo) - para los que no conocen de autos como yo, sería el equivalente en tamaño a un poco más que un Fiat Super Europa-. Mi prima hace un lugar en el baúl para mi gran mochila llevándose algunas cosas consigo hacia adentro del auto. Hay poco espacio, por la cantidad de cosas que llevaron para pasar unas 4 semanas en un pequeño pueblo cercano a Alicante. Caro me cede el lugar del copiloto, sentándose en la parte trasera y partimos.

Una preciosura de peatonal, con su piso de mármol, palmeras y flores.
Como para no seguirla...
Meliá Alicante - Pedazo de hotel de lujo.
El cuidado y el detalle al máximo hacen una ciudad atractiva, sea cual sea.
Para los que discuten si playa o montaña...
... Alicante tiene ambas.
No hay un sólo ángulo que muestre un lugar feo.
A la pucha! qué ganas de quedarme! Lástima que Madrid no tiene playas.
Tenemos más de 400 Km hasta Madrid, y la charla se extiende por todos los temas posibles que hayan estado oxidados desde los últimos 3 años tal vez, que han pasado desde que nos vimos por última vez. Mi estadía en Alemania, el fallecimiento de su papá (apenas menos de 2 meses atrás), su situación en España, nuestras familias en Argentina, etc., etc. etc. Gabriel se muestra callado al principio, pero poco a poco comienza en participar más de las charlas con su acento madrileño. En algún punto, hasta noto que le hace bromas a mi prima, a quién la llama "Caro" o "cariño". También me causan gracia para mis adentros algunas palabras que utiliza mi prima, usadas en España y no en Argentina. Sin dudas que 8 años en otro país te tienen que marcar hasta el lenguaje!
En algún momento, nos desviamos de la ruta que debiéramos seguir, por alguna distracción. Hacemos varios kilómetros para poder encontrar algún punto de retorno. Las autopistas, lejos de parecerse a la de Tucumán al menos, tienen un guardrail que impiden doblar en "U" en cualquier punto. Finalmente encontramos un desvío, y paramos en una estación de servicios a estirar un poco las piernas también. Mi prima me convida una sandía deliciosa que tenía troceada en la conservadora. Me pasa el tupper, y notando mi hambruna, les digo "coman, que yo me las voy a liquidar. Puedo, Caro?". Estoy muy contento de verla! y al parecer el sentimiento es recíproco.
Cerca de la hora de la merienda, hacemos otra parada en el equivalente de un Bar al paso europeo, donde yo me tomo un rico café con leche con croissants y ellos se ordenan algo que será una constante en los días que pasaremos juntos: café con hielo. "Café con hielo?!" pregunto, sorprendido. "Deberías probarlo, es muy refrescante" dice Gabriel. No sé si llegaré a animarme. La puerta de este lugar golpea con mucha fuerza, haciendo un ruido estrepitoso al cerrar, haciéndome dar saltos de susto en la silla cada vez. Primero sospecho del fuerte viento que corre afuera, pero al irnos noto que es sólo el brazo hidráulico que pide con urgencia un poco de mantenimiento.
La sequedad del ambiente ha sido reemplazado por la humedad que ya se siente en la piel a sólo unos 300 kilómetros de la playa. Una tormenta se ve en dirección a Madrid, mientras Gabriel me muestra los rieles del tren de Alta Velocidad Española (AVE), sobre la mano contraria, que unen la capital española con Barcelona, las primeras gotas comienzan a estallar contra el parabrisas del bólido rojo. La noche empieza a caer, pero el camino nos muestra otra sorpresa: unos incendios sobre unas montañas le dan a nuestros ojos un espectáculo único. Pocos minutos después, estamos ya ante la entrada de la gran ciudad.

Sólo un poco más, que ya llegamos!
Madrid se ve muy industrial en sus alrededores, pero no puedo apreciar mucho más de la ciudad en estos momentos. Calles, túneles, avenidas son demasiado para mí a estas horas. Acostumbrado a bajarme en las estaciones de trenes o aeropuertos y luego caminar, llegar en auto me desconcierta un poco, y es casi nada lo que puedo apreciar. Gabriel me explica las entradas que tiene la ciudad, pero mientras estoy intentando procesar tal información, hasta que mi prima interrumpe con un "ya llegamos", por lo que me consuelo pensando "mañana será el día para conocer". Mientras Gabriel dirige el BMW hacia el garage en el subsuelo de un edificio, el reloj ya está pisando las 22. Ayudo un poco con el equipaje, pero un ascensor hace todo más fácil hasta el departamento, que es muy cómodo, con varios ambientes. Gabriel se ha preocupado de antemano, pidiéndole a un pariente un colchón inflable de dos plazas, al que acomoda en un pequeño estudio, a pesar de que insisto que no es necesario y que puedo dormir prácticamente en cualquier lado. "Quiero que te sientas como en casa", se justifica. De hecho, así es. Una vez inflado, el colchón hace parecer al estudio aún más pequeño, rozando de ambos lados con una repisa y con un placard. Es estupendamente cómodo y siento que voy a descansar como un rey en estos días. En teoría 5, hasta el viernes 26 a la noche - si los anfitriones están de acuerdo -  cuando comienza la validez de mi pasaje de Interrail, aunque aún no sepa claramente cuál es el próximo destino.

Entrar a Madrid me ha dejado desconcertado! No caminar hace que la ciudad sea un laberinto para mí!

Gabriel me muestra uno de los baños de la casa, el que destina exclusivamente para mi; me ofrece toda clase de comodidades que yo no poseo por lo precario de mi equipaje. Nuevamente aclaro que no son necesarias tantas cosas. Lo que menos quiero es causar molestia, pero Gabriel es tanto o más tozudo que yo, ignorando prácticamente mi posición.
Luego del baño, mis primos han planeado cenar con Anita, una amiga de Caro y ahora de la pareja, en algún lugar céntrico de Madrid. Ella es una mendocina que vive desde hace varios años en España también y, como a mi prima, alguien a quién la crisis europea ha alcanzado. Subidos nuevamente en el coche, Gabriel reniega bastante del tráfico de Madrid, pero aclara que no es nada comparado con el habitual, fuera de las vacaciones de verano. El destino es un bar muy pintoresco, donde brindamos con unas cañas por mi cumpleaños y principalmente por este reencuentro. Pedimos unos platos típicos españoles, mientras la charla fluye de modo ameno, aunque no se extiende demasiado dado el cansancio que cada uno de nosotros porta. 
A la salida del bar, la lluvia vuelve a arreciar y corremos hacia el auto para evitar en vano mojarnos. Nos trasladamos a la zona jóven de Madrid para tomar un helado, pero finalmente no lo hacemos y decidimos volver al departamento. Mientras nos acercamos al lugar de estacionamiento, vemos a unos cuántos jóvenes muy cómodamente apoyados en la parte trasera del vehículo , quiénes han apoyado sus vasos y latas de cervezas en el baúl del auto. Apenas terminamos los cuatro de subirnos, ya Gabriel había puesto la marcha atrás y salió intempestivamente, haciendo volar por los aires los envases ante el asombro de aquellos "inocentes".
No debería ser tan agotador el simple hecho de transportarse. Hoy no hice más que recorrer kilómetros y kilómetros en auto y bus. Bueno, también reencontrarme con la familia, la vieja y la nueva. Tal vez el flujo de información intercambiado me ha agotado también. Al salir del bar, la lluvia nuevamente nos encuentra y corremos hacia el auto de Gabriel, para evitar, sin éxito, mojarnos. Anita vive muy cerca del local donde comimos,  despidiéndose de nosotros poco antes y yendo simplemente a pie.
Ya de vuelta en casa, Gabriel me pregunta qué cosas quiero visitar en Madrid, pero rápidamente percibe que no tengo planes. Ni siquiera sé qué hay para ver en Madrid. "Mañana vemos" me dice. Hay tiempo para pensarlo. Por ahora, un terrible colchón inflable me está esperando.

domingo, 3 de junio de 2012

Feliç aniversari - Valencia, día 11

Si pudiera elegir cómo despertar cada día, seguramente me inclinaría por algo parecido a lo de hoy: buen humor, bien descansado, el sol tibio que entra por las rendijas de la persiana y saber que estás en una ciudad preciosa como Valencia, con nada de qué preocuparte, sabiendo que será un día satisfactoriamente agotador.
Chequeo la hora en mi celular, pero antes de ver que son las 9 a.m., me encuentro con un saludo de mi mamá desde Argentina. Al salir de la habitación noto que Leo sigue durmiendo, pero Nelli ya se ha despertado. Ella se encarga de despertar a mi compañero de paseo, y nos prepara un rico café con leche, mientras yo pregunto, como siempre, qué cosas debería visitar. Nelli le sugiere a su nieto que debería acompañarme a la ciudad de las Ciencias y las Artes. Al oir ese nombre me frunzo de ceños y pienso "Ciudad de las Artes y las Ciencias?! Pero si yo quiero visitar Valencia! No otra ciudad!" Nelli nos da las indicaciones de cómo llegar a ese lugar y yo comienzo a ubicarme en el pequeño mapa que he conseguido ayer en el aeropuerto. También nos provee de alimentos y agua para el día, sabiendo lo extenuante que será la jornada bajo los treinta y algo grados de temperatura paseando por la ciudad. "Cómo me mal acostumbran! Tanto servicio me va a aburguesar" pienso, pero al mismo tiempo me encanta ser tan mimado por unas cuantas horas.
Nelli, como buena abuela, baja con nosotros y nos acompaña a la entrada del subte, donde no me permite pagar el boleto e incluso carga la tarjeta en la máquina automática con una promoción de 4 viajes, supuestamente con validez para todo el día. Mi insistencia para devolverle el dinero no tiene ningún efecto.
Leo y yo pasamos marcando con la misma tarjeta, lo que está permitido, siempre que la tarjeta sea pasada por el sensor una vez por cada persona que viaje.
En el metro nos entretenemos con Leo hablando de lo que hace uno y lo que hace el otro, lo que estudiamos, de dónde venimos y qué es lo que hemos hecho. Su historia de niño tucumano dejando el pago para radicarse en España me atrapa sobremanera. Hoy es un valenciano con corazón tucumano: habla casi a la perfección el idioma, pero recuerda nuestra provincia como si hubiese sido mucho mayor cuando la dejó. Al él, en tanto, le copa saber cosas de los lugares que he pisado, escuchar cuestiones culturales que tengan que ver con Alemania y todo lo que esté relacionado con esa experiencia.
Luego de 40 minutos de viaje, llegamos a la estación Alameda, cuya salida es un túnel peatonal en el que no hay mucho movimiento. Alameda es un paseo y avenida de la ciudad que se extiende desde los Jardines del Real hasta la Plaza de Zaragoza. Sin embargo, a unos 200 metros, se ve la Plaza de la Porta de la Mar (nombre que me aprenderé mucho después) y le sugiero a Leo desviarnos del camino, sólo para pasear por el "lindo monumento". Al llegar a la rotonda donde está emplazada, Leo me ofrece sacarme una foto y yo no dudo ni un instante. Le ofrezco fotos a él también, pero él sabe que yo soy el turista, y entiende, que al menos hoy, seré la única persona que acapare todas las instantáneas. Retomamos el camino en dirección a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, por Alameda. Noto que el sábado valenciano se respira a medida que voy caminando por este bellísima vía: gente paseando sus mascotas, andando en bicicleta, trotando, bajo un sol divino y una temperatura ideal. Nosotros también paseamos con andar de fin de semana. Hasta que nos topamos con unas fuentes de agua espectaculares que anteceden al Palacio de la Música Valenciana. Leo se hace dueño de mi cámara y saca unas tomas que me sorprenden. Le hago saber lo genial que están y vuelvo a ofrecerle "posar" para la foto, pero nuevamente se niega. Entre tanta charla, termino preguntándole cuándo es su cumpleaños. "27 de septiembre" dice, "y el tuyo?". Me arrepiento de haber llevado la charla hasta ahí, diciéndole "20 de agosto". "Hoy!!!" me responde sorprendido, y agrega: "cómo no nos dijiste?! así le decía a mi abuela y te preparábamos algo". Mi cara se desfigura, mientras le pido por favor que no avise, sino se tomarán molestias que no corresponden. "Además, no es algo que me guste mucho cumplir años", agrego con un dejo de gracia y resignación.

Como el cartel dice, a mis espaldas la Plaza de la Porta de la Mar
El Puente de las Flores, que cruza perpendicularmente la Alameda
El Palacio de la Música Valenciana...
... y sus muy preciosas fuentes
Apenas unos cuantos metros más adelante, empieza a emerger el estupendo complejo arquitectónico diseñado por Santiago Calatrava. Al llegar al pie de la magnífica obra, no me salen muchas otras palabras más que "uh!!!", "está loco!" e "impresionante!". Paseamos un poco por el gigantesco predio en el que se realizan  conferencias, congresos, convenciones, eventos deportivos, entre otras cosas. Me dan ganas de entrar al acuario o alguno de los museos, pero sé que sólo tengo un día para conocer la ciudad, entonces hago que mi decisión dependa de las ganas de Leo de visitar algo:
- Querés que entremos a algún museo, Leo? - le digo.
- No, yo no - contesta.
- Mirá, este! - le digo, señalando la entrada al L'Umbracle.
- No, no, gracias. Si vos tenés ganas, vamos... - dice, tirándome la responsabilidad exclusivamente a mí.
- La verdad, prefiero seguir conociendo la ciudad - digo, cerrando la discusión.
Tremendo el diseño de Ciudad de las Artes y las Ciencias
Así, ni más ni menos impactante
Pensar que lo que está sobre mi cabeza es una calle
No, no es una pintura. Es una foto.

Pasada una hora,decidimos volver a la zona céntrica, donde Leo me mostrará la Plaza de Toros, la Plaza del Ayuntamiento y la Catedral. Nos vamos a la parada del bus, donde una pareja con un niño pequeño está también asoleándose. Les pregunto qué número de línea deberíamos tomarnos, para ir al casco viejo de la ciudad, a lo que el hombre muy amablemente me responde en su, para mí, difícil español. Mi acento no ha pasado desapercibido, y me pregunta de dónde soy. Cuando respondo, me dice "Ahhh, tu eres un boludo!". Mi cara no debe haber sido de las más simpáticas que he hecho en mi vida, y ante mi silencio, el hombre continúa: "Vosotros decís 'boludo' muchas veces, a todos. Cierto? Pues por eso tu eres un boludo!" insiste. "Si, claro, pero depende la manera en que uno lo usa. En ciertos casos es un insulto"  le digo, para luego agradecer su ayuda y pasar a ignorarlo. "La gente conoce a los argentinos por eso, pero me parece que no saben bien lo que significa" me dice Leo. "Evidentemente, no!" le contesto, riéndome y entendiendo lo mal que se pueden interpretar las cosas cuando uno las ve de afuera.
Nos bajamos a unos metros de la Plaza de Toros, y Leo me pregunta si me gustaría ir a la Fnac, una especie de shopping de venta de DVD, artículos de computación, telefonía y electrónica. Suena bien, así busco algún kit de limpieza para la lente de mi cámara. La variedad de artículos es alevosa, tanto como los precios. No consigo lo que busco, pero nos entretenemos viendo la tecnología de punta que se encuentra en venta. Lamentablemente, hay que hacer cola para "probar" las consolas de videojuegos. Ninguno de los dos tenemos tantas ganas de jugar, así que nos vamos a la Plaza del Ayuntamiento.
Valencia se siente acogedora. Es pequeña y pintoresca. La Plaza del Ayuntamiento con sus pisos de baldozas resplandecientes, sus árboles, palmeras y flores, una fuente espectacular me hacen sentir así, en una especie de ciudad-pueblo, porque lo tiene todo y sin embargo no te abruma. Leo me sugiere seguir camino hacia la Catedral, y seguimos viaje por la calle de San Fernando/San Vicente Mártir, toda pintoresca y donde los rayos del sol no tocan el asfalto de la angosta vía, por sus edificios y por la cantidad de árboles. Hay un Starbucks repleto de gente, y Leo me pregunta si he ido alguna vez a uno. Se sorprende, casi de manera ingrata, al escuchar que jamás me he tomado siquiera un té ahí. "No sabía que pasaríamos por acá, sino traía unos descuentos que tengo en casa" me dice, como sintiendo lástima de saber que su huésped no ha pisado nunca el popular café.
La Catedral de Santa María es una construcción del siglo XIII, pero que se prolongó durante muchos más, con un estilo gótico predominante. Se encuentra sobre la antigua mezquita de Balansiya, que a su vez se había alzado sobre la antigua catedral visigótica. Sin detenernos demasiado nos vamos a la Plaza de la Virgen, unos 50 metros detrás de la catedral, que tiene un Neptuno y mujeres desnudas alrededor. No me explico por qué se llama Plaza de la Virgen. Le pregunto a Leo si conoce el estadio del Valencia F.C., y me cuenta que fue alguna vez de muy niño. Cuenta que le ha encantado aquella vez, y yo le sugiero encarar a pie hacia el estadio. El chango acepta con gran entusiasmo. En el camino hacemos una parada en un supermercado, donde nos reabastecemos de agua, algunas frutas y todo lo necesario para hacernos unos buenos sándwiches. Sin tardar demasiado, seguimos encarando hacia el estadio, y si bien me ubico fácilmente con el mapa, a Leo le tambalea un poco la confianza, por lo que le pedimos a un valenciano que nos ubique. 10 minutos después, estamos en la puerta del Mestalla, al que me lo había imaginado mucho más pequeño. No se ven muchos autos, tampoco gente, pero asumo que en algún lado está la entrada para turistas. Leo inspecciona como yo el estadio, en busca de un ingreso abierto, hasta que nos chocamos con un cartel que dice que el estadio está abierto todos los días, excepto los sábados. Tamaña decepción!!! Otra que la Fiorentina!!! "Esto no puede ser!" le digo a Leo, contándole lo que ya me pasó en Florencia. Encontramos un timbre en uno de los portones, pero a pesar de la insistencia nadie sale a atendernos. Nada va a cambiar, así que le pido a Leo una foto desde afuera, como para el recuerdo.
La Plaza del Ayuntamiento
Fuentes, flores, bancos de plaza, baldosas de mármol... Valencia
La carrer de les Barques con sus palmeras, y el Banco de Valencia al fondo
La Plaza de la Reina y la Catedral de Fondo
Posando en la Plaza de la Virgen
Una decepción enorme (de nuevo) no poder entrar al estadio
Así que me voy con esta toma...
Propongo hacer playa, y Leo no podría estar más entusiasmado. El camino es largo, por eso nos detenemos antes a prepararnos unos sencillos sandwiches en una avenida con una hermosa platabanda ancha, repleta de árboles y bancos para descansar, llamada Av. de Vicente Blanco Ibañez. Justo antes, la mamá de Leo lo llama para saber qué hacemos y si todavía estamos vivos, como si fuera que vivimos en Tucumán, por ejemplo. Un poco por las ganas de ir a la playa y otro poco por la cantidad de moscas que nos acosan, el almuerzo dura 30 minutos y seguimos en marcha. En algún punto, la avenida parece terminar, pero mi mapa me dice que yo debo seguir en la misma dirección, y en ese sentido las calles angostas se pierden en un barrio de casas de dos pisos muy venidas a menos. Estaremos en Valencia, en España, en Europa, pero cuando los lugares se ponen turbios eso deja de convencer a tu cabeza que nada puede pasarte. Y yo no tengo ninguna intención de rodear este barrio, porque mi mapa muestra que ese camino alternativo es muy largo. "Leo, guardá el teléfono y el reloj" le digo a mi amigo, mientras le hago un lugar a la cámara de fotos en mi mochila, confiando que nada puede pasar bajo la luz de este día. Se ven algunos adolescentes, visiblemente de niveles económicos más humildes, gente en las puertas de las casas haciendo nada y todas las miradas que detectan lo foráneo de estos dos caminantes. Leo interrumpe la tensión que nos abruma, diciéndome "esto es el Cabanyal!". La entonación es la misma que yo le pondría a "esto es la Bombilla!". El Cabanyal es un antiguo barrio marítimo, muy pintoresco, pero, a juzgar por la exclamación de Leo, menos seguro que el resto de la ciudad. A paso rápido dejamos atrás el barrio, ilesos, y apenas la perspectiva lo permite, se ve el mar, celeste, imponente, donde nos pasaremos las próximas 3 horas disfrutando de la frescura del agua y la belleza de la playa y, por supuesto, de sus valencianas. Volver a pisar el mar me trae recuerdos de las vacaciones en familia en Brasil, de las buenas épocas.
Luego de divertirnos largo rato con Leo y hasta aplicarle una siesta, caminamos hacia el Puerto, a unos 600 mts., donde el sol nos castiga a más no poder, pero nada que un helado no pueda hacer olvidar. Leo me cuenta que la Fórmula 1 corre ahí el Gran Prix de Valencia, e incluso me muestra el trazado publicado en un cartel.
Azul, como el mar azul!
Arena, sol, agua, chicas... me quedaría acá mucho más tiempo!
... pero es hora de pegar la vuelta, no antes de hacer una foto con las banderas de España y la comunidad valenciana.
La tarde está por caer, y yo creo que es hora de volver. Los más de 8 Km caminados con ojotas están pasándole factura a mis pies y a mi cuerpo en general, así que el Metrovalencia será el encargado de llevarnos a casa. Sin ningún problema podemos subir, pero al querer bajar en una de las paradas, nuestra tarjeta tira un error, como si fuera que no hemos pagado el boleto. Probamos una y otra vez con Leo, y nada. La empleada de la firma nos ve, y nos pregunta si cuando cambiamos de metro marcamos la salida, a lo que respondemos que no (lo que era correcto hacer). Nos pide nuestra tarjeta y ve que el tiempo para usar el crédito ha expirado. Nos explica que la promoción para hacer esos 4 viajes tiene una restricción de tiempo también, el que expiró mientras estábamos aún en el metro. Indignado, le digo que eso no estaba claro en la máquina al cargarlo. Sin pestañear, la señora me contradice y me ofrece el libro de quejas, lo que acepto gustoso. Allí relato todo lo sucedido y finalmente nos dejan salir de la estación sin quedar como delincuentes. Más tarde yo chequearía el funcionamiento, y efectivamente, la empleada de Metrovalencia está en lo cierto. "La queja ya está hecha" pienso.
Al volver a casa, Leo no se aguanta y finalmente le comenta a su abuela que hoy es mi cumpleaños. Nelli nos prepara unos deliciosos langostinos, sándwiches de miga y a mi me tiene reservada una cerveza San Miguel, para brindar por mi día. Charlamos de lo que hicimos hoy, y no puede creer todo lo que anduvimos con Leo y yo le digo que estoy sorprendido lo fiel que ha sido él. Se le ve el cansancio en la cara, pero nunca quiso volver antes que yo a casa. Estoy seguro de que él también lo ha pasado de maravillas. Les explico que finalmente mañana me iré de aquí, hacia Alicante, donde nos encontraremos con mi prima Carolina. Me dicen que es una lástima, principalmente porque no podré conocer a Ana María, la mamá de Leo. A mi también me apena eso, pero un viaje a Alicante de 180 kilómetros es mucho más económico que pasar directamente a Madrid, con más de 350 kilómetros. Después de la cena, me mensajeo con mi prima, asegurándole que mañana pasado el mediodía estaré en dónde pactamos. Nelli me dice cómo hacer para llegar hasta esa ciudad y que a las 09.00 estaré de pie para despedirme de ella y su nieto. Leo se despide porque el trajín del día le ha caído de golpe encima y yo sigo sus pasos sólo media hora después, con las caricias del sol marcadas en mi espalda. El de hoy ha sido un cumpleaños inolvidable!

lunes, 7 de mayo de 2012

La luna de Valencia - Valencia, día 10

Esta espera insoportable está, afortunadamente, terminando, y aunque mi bolsillo se ríe a carcajadas del ahorro de dormir una noche en el aeropuerto, mi cuerpo se queja a los gritos por no haberlo dejado descansar como se merecía.
Me muevo de un punto a otro en el Malpensa Aeroporto, saco algunas fotos de los aviones que llegan y despegan como me lo había pedido mi amigo del trabajo Marcelo, quién es fanático de la aviación: "Más vale que saqués fotos de los aeropuertos y los aviones". No sé si es el vidrio, si es la distancia o si no se me cae una idea, pero las fotos son pésimas. Si algún día me las pide, se las mostraré con mucha vergüenza pero orgulloso de haber cumplido mi promesa.
Avión 1. Creatividad 0
Avión 2. Estaré extrañando Alemania, qué ahora estoy sacándole fotos a la flota de su más popular aerolínea?
Avión 3. A qué hora llega el mío?!
Avión 4. No queda nada para dejar las tierras italianas
Mi desayuno-almuerzo consta de pizza con papas fritas y Coca-Cola. El tiempo me ha sobrado para estudiar cuál era la opción más redituable. Me siento en el momento más gasolero de mi viaje, pero me prometo a mi mismo que no es así como debe continuar.
Dirijiéndome al mostrador del Check-In de Vueling (la aerolínea Low-Cost que me llevará a Valencia) comienzo a cruzar las pequeñas estructuras metálicas que ponen a prueba tanto el tamaño de tu bolso, como tu paciencia y tu temperamento para insitir en que tu equipaje de mano entra en ese pequeño espacio.
La cola no es larga, y aunque el tano que me recibe el papel con la impresión defectuosa de mi pasaje tiene cara de pocos amigos, no me pide siquiera pesar mi mochila, devolviéndome un ticket decentemente impreso de la empresa. Todo está listo para partir!
A las 14.10 abordo, y me desplomo sobre mi asiento. Me parece que no voy a aguantar mucho tiempo despierto. Saco mi libro para leer, y mi agenda para hacer algunas anotaciones, pero todo queda postergado caer irremediablemente dormido.
Me despierto media hora antes del aterrizaje y desde la ventanilla se empieza a ver el espectáculo del mar Mediterráneo, un azul hipnotizador que me recuerda a la vista de los mares de Brasil, aquellas vacaciones por el 2003 en Canasvieiras. Me empiezo a relamer con la idea de que tal vez pueda sacrificar una tarde para darme el gusto de adentrarme en esas aguas. El sol que brilla sin piedad es una invitación a darse unos chapusones! Para el otro lado se ve la tierra firme, que me sorprende por ser menos verde de lo que esperaba y al parecer muy árida.
Lo que quedó del vuelo Milán - Valencia
Por lo menos te advierten cuál es la inclinación adecuada para que no te duela tanto (la espalda al  bajar tu equipaje)
 El avión aterriza puntualísimo, y a las 17 estoy en el aeropuerto valenciano. Los controles son prácticamente nulos para ingresar al país, tal como ya me había pasado en Roma. Se ve muy poco movimiento y escasa gente dando vueltas. Algo extraño está pasando mientras camino, no sé bien qué es, sin embargo sigo mi recorrido en busca de un teléfono público para llamar a Nelli, quién me ha dicho que tiene un lugar para mi en su casa. Cerca de la puerta de salida se ven dos teléfonos públicos, impecables. Por un segundo pienso otra vez "uh, qué bárbaro estos países!", pero en cuanto lo analizo bien concluyo que tal vez en el aeropuerto de Tucumán los teléfonos estén en buen estado. "¿Será?". Y si, mejor criticar con objetividad... Pongo mi mochila en el suelo, saco mi agenda, que estaba sumergida en el desorden, para buscar el número de Nelli, hurgo en mi bolsillo en busca de monedas, levanto el tubo y zas!!! me doy cuenta de qué es lo raro: todo está en español!!! y entiendo todo lo que la gente dice a mi alrededor! TODO! Guau!!! Me quedo impresionado por cómo uno se acostumbra a vivir bajo ciertas circunstancias y lo que a veces para alguien es completamente normal, en otras situaciones es casi impactante.
Ingreso mi moneda, marco el número y me atienden al instante. Es Nelli, quién ya estaba esperando mi llamado. Me dice que me esperará a partir de las 19.00 en la salida del metro. Le describo mi aspecto y mi ropa para que pueda ubicarme. Repite su dirección y me da las instrucciones de cómo llegar. El viaje parece por demás sencillo: desde el mismo aeropuerto tengo que tomar el metro y bajarme al final del recorrido; ella vive a menos de 100 metros de la estación y la parada es Torrent Avinguda (Avenida Torrente en valenciano?).
Cuelgo el teléfono, pensando en el alivio que es llegar a un sitio desconocido y tener alguien que te reciba. Mi idea es quedarme sólo 2 noches en esta ciudad, porque el 21 me encontraré con mi prima Carolina, quién vive en Madrid, y Nelli ya me ha asegurado que no es un problema hospedarme en su casa por ese tiempo.
Bajo al subsuelo del aeropuerto por medio de una escalera mecánica. La estación fue terminada en 2007 y eso se puede ver en al ponerle un pie encima. Hay unas cabinas donde están sus empleados vendiendo los tickets para el viaje y unos molinetes que impiden el paso. Pregunto cuánto cuesta el boleto y me responde €2,90. "$2,90!!!??? En Milán, que es gigantesco, costaba sólo 1€!" le digo al empleado, que solo atina a mirarme fijamente sin emitir ningún sonido. Con cierto fastidio, pago mi ticket mientras pienso sarcásticamente "qué bueno que me albergan, así todo lo que ahorre de hostel me lo liquido en metro". El transporte ya se encuentra ahí, parado, y tiene un reloj electrónico que dice que saldrá en 9 minutos y n segundos. Está prácticamente vacío y puedo elegir libremente el lugar. Todo está impecable, parece recién salido de la fábrica el subte. Así no te molesta tanto pagar casi €3 por el transporte. 
La simpática tarjeta del Metrovalencia. "Vamos a integrar la sociedad": punks, ancianos y murciélagos felices!
Si me aburría durante el transporte, intentaba aprender algo de valenciano
Mientras espero que parta, aprovecho para ver el mapa ed la red de subte, donde me doy con una cosa jamás vista: la línea que estoy tomando, la verde, tiene un punto donde se bifurca y tiene dos destinos finales. Es entonces cuando entiendo algo que me explicó Nelli por teléfono y, a decir verdad, no presté mucha atención! Tengo que bajarme en el punto donde se separan la línea en dos, en Colón, y tomar el "otro cartel" para llegar al otro extremo. Uf! Qué complicado! En ningún lado vi una red de metros tan rara! Bajo en la estación en cuestión, y subo al siguiente metro, cuyo destino final es, supuestamente, Torrent Avinguda. Miro el recorrido que va marcando y me doy cuenta de que estoy en la línea equivocada. "Me cago! Estoy seguro de que vi bien..." Bajo en la la siguiente estación, Alameda, para tomarme otro metro que me lleve nuevamente a Colón dónde por fin podré tomar el subte que corresponde, pero este retraso me jugará en contra porque ya faltan sólo 5 minutos para las 19. Espero que Nelli tenga paciencia... sobre todo para con la gente que no sabe andar en subte.
Todavía no entiendo cómo pueden tener una red de subtes así!
De un momento a otro, el metro emerge de las oscuras profundidades hacia el sol ardiente de Valencia. Se ve poca gente en la calle, tal vez por lo caluroso del día o quizás porque simplemente todos están de vacaciones. Me alejo del centro de la ciudad, mi transporte comienza a cruzar autopistas y a entrar a pequeñas localidades o barrios. Veo algunos graffitis por la ciudad a los que me interesaría sacarle fotos. Espero recordar eso la próxima vez que me suba al metro.
Llego a Torrent Avinguda y esto parece... otra ciudad!!! Se ve una avenida relativamente angosta, con Palmeras en la platabanda, edificios de mediana altura y comercios. Muy bonito y muy tranquilo. Miro hacia un costado y hacia otro. Hay gente, pero nadie que pudiera ser una "Nelli". "Qué cagada!" me digo, mirando el reloj que marca media hora más del horario pactado. Decido ir a buscar un teléfono público y en una esquina, a menos de 100 mts de la salida del metro hay uno, no tan nuevo como los del aeropuerto. Marco el número de la casa y llama constantemente, pero nadie atiende. "Será posible que nunca me salgan redondas las cosas?!?!" Intento dos veces más, siempre sin éxito. Decido alejarme y rondar un poco la salida del subte, cuando de repente veo a una señora de unos 60 y pico, cabello rubio, quién me pregunta "vos sos Federico?" en cuanto me acerco. "Sí! Qué tal?". "Vení" me dice, "yo estoy acá no más". Mientras conversamos un poco de cómo estuvo mi viaje, nos acercamos a su departamento, que está a no más de 50 metros de la salida del subte. Apenas cruzo la puerta del departamento un caniche toy muy juguetón me da la bienvenida con saltos y corridas a mi alrededor. "Leo! vení a saludar!" le dice Nelli a su nieto, Leandro, de unos 13 años, quién está en su habitación, jugando al PES en la Play con una amiga. "Jugás al PES?" le pregunto a la amiga y me responde que no le disgustan los juegos de fútbol. Muy simpáticos y educados los chicos, les digo que nos vemos más tarde y los dejo seguir viciando. Nelli me muestra la habitación que me preparó para dormir y me ofrece incluso lavar mi ropa o cualquier otra cosa que necesite. El departamento está genial, impecable, con un lindo balcón y un living-room con comodísimos sillones. Ahi mismo hay un mueble con muchos CDs de música, con los cuales me entretengo un rato viéndolos. Hay buena música de verdad!
Nelli me ofrece algo para comer a lo que acepto (naturalemente) sin titubear. Trae una tarta dulce muy deliciosa y leche chocolatada, la que disfrutamos en el balcón mientras el atardecer va cayendo lentamente en Valencia y siento esa brisa típica de las ciudades costeras, que mezclan el olor a mar con el aroma de las comidas que se empiezan a preparar cuando se avecina la noche. Aprovechamos para conocernos con Nelli, explicándole quién soy yo y cómo es que tengo su contacto. Me cuenta que ellos volvieron a Valencia por un deseo de su esposo, de vivir sus últimos días en la tierra que lo vio nacer, que hoy esta tierra los trata mejor de lo que lo hizo la tierra criolla, y que si bien España está en crisis, a su entender, los europeos no saben lo que es una verdadera crisis. Miro hacia la calle desde el balcón y pienso en todo lo que he visto hasta el momento, y me convenzo de que sí, en efecto, los europeos no han visto, al menos, lo que es la miseria... pero "la he visto yo?" me pregunto hacia mis adentros. 
Entre tanta charla, he devorado la tarta y la chocolatada. El hambre que traje parece realmente de un habitante de Somalía.
Unos minutos más tarde, alguien llama al celular de Nelli. Escucho que Nelli le cuenta que ya estoy ahí y en ese momento voltea hacia mi y me dice "es mi hija, quiere hablar con vos". Me pasa el teléfono para que hable con Ana María, quién suena muy dulce y amable por teléfono, y me pide que me quede más tiempo en su casa para que nos conozcamos (ella está de paseo y volverá el domingo 21), pero le explico cuáles son mis planes y sabe comprender. No obstante, me pide que lo piense y le de una respuesta en cuánto haya decidido.
Corto la comunicación y en ese momento, se aparece Leo, con quién entablo una charla también. El pibe, jugador de básquet e hincha de San Martín (sí, a pesar de que se fue de Tucumán de muy pequeño), está de vacaciones y por buen alumno no tiene materias para rendir en el verano. Siento que es muy compinche y conversamos de tantas cosas que hasta llego a comentarle que también soy un jugador del Pro Evolution Soccer. En ese preciso instante me invita a jugar, pero por las dudas le digo que yo "no juego mucho". Tres partidos en el PES 2010, con 2 victorias y un empate, dejan a Leo sorprendido. Me río y le explico que yo había "abierto el paraguas" ante una eventual humillación del joven jugador, y que el PES es un juego que me encanta y que muchas veces es motivo de reunión con amigos en Tucumán y en Biberach. Ahora entiende por qué yo de principiante no tengo nada.
Después de una reconfortante ducha, le pregunto a Leo si puedo acceder a Internet desde algún lado, a lo que el chico responde muy amablemente que puedo usar su laptop o de la de su mamá. Aprovecho la ocasión y muy relajadamente me pongo al día con decenas de mensajes en Facebook y mails, haciéndoles llegar a todos, en Argentina y en Alemania, mis saludos y noticias de que me encuentro super bien.
Nelli no acepta mi propuesta de ir al super a comprar comida, y tampoco logro llevármelo de cómplice a Leo, así que seré también invitado para la cena. El día se está terminando y mi cansancio acumulado por "dormir" en el aeropuerto de Milán, más todo el trajín del día, me convencerán de que por hoy están terminado los planes.
Durante la cena, en la que compartimos una típica cerveza española San Miguel con Nelli, hago todas mis averiguaciones para llegar a la ciudad y pido todas las recomendaciones de las cosas que debería ver. Nelli le pide a Leo que me acompañe, pero yo les digo que no es necesario, pensando que tal vez Leo no aguantará caminar conmigo la ciudad como vengo haciéndolo y también que él sienta la obligación de hacerlo sólo porque su abuela se lo pidió. Sin embargo, su entusiasmo es muy genuino y me convence de llevarlo. Sin dudas, va a ser más divertido que andar sólo. Mientras él ve un partido de básquet por televisión convenimos que mañana a las 10 saldremos de casa. Finalmente nos deseamos las buenas noches pero yo me quedo un rato más en el balcón, en silencio, disfrutando la preciosa noche estrellada, hasta que mi celular me saca de mi ensimismamiento: primero Melanie, mi amiga alemana, y luego mi hermano, desde Tucumán, ambos deseándome un feliz cumpleaños. Sí, es 20 de agosto, pero curiosamente, no he estado pensando tanto en eso. Imagino que es porque no tengo que organizar nada en particular. Muy contento, me retiro pensando "Mañana va a ser un día espectacular!".

viernes, 20 de enero de 2012

Y dónde están los Hostels? - Milano, día 9

"Qué lindo dormí" pienso, aunque miro el reloj y son las 10 am. Fueron pocas horas, pero de calidad.
Me dirijo a la cocina, en busca de comida, pero me conformo con un poco de pan y yogurth. Vero, Giulia y Manu, su novio, no se han despertado todavía y me parece todavía tienen para rato. Vuelvo a mi habitación para seguir buscando un vuelo que me saque de Italia. Sin embargo nada me convence. Volar hoy sería muy caro, pero hacerlo mañana sería algo más económico. Me siento una hora en la pc subiendo fotos de Florencia y Roma a Facebook, y contestando algunos mensajes que me quedaron colgados, hasta que escucho que la tropa ha salido de la cama.
Arriba están todos despiertos, tomando café, y después de una corta charla llega la determinante pregunta: "Fede, ya encontraste vuelo?". Giù y Manu tienen planeado un viaje corto hoy a la tarde, por lo que yo también debo emigrar. Mis intenciones de quedarme una noche más en Reggio Emilia están destruidas.
Mi respuesta negativa transforma sus caras y me replican con un "y qué vas a hacer?". "Ya mismo bajo y me encuentro uno".
"Bueno, parece que me tengo que ir" me digo a mi mismo en voz alta mientras me siento nuevamente en la PC. Rápidamente encuentro el vuelo para mañana que había visto anteriormente, desde Milán hacia Valencia. Lo compro sin tanto titubeo y a los dos minutos busco en mi agenda el número de Nelli, el contacto que tengo en Valencia. Llamo desde Skype y me atiende una mujer. "Habla ella" me contesta, al preguntar por la tal Nelli. Me presento, y le explico de donde tengo su número. "Te estamos esperando" me dice, seguido de "acá te podés quedar a dormir sin ningún problema. Hablame de nuevo cuando estés en el aeropuerto de Valencia". Luego de agradecer tanta hospitalidad, me despido y finalizo la llamada. "Genial, no me tengo que preocupar por dónde dormir!"
Vuelvo donde Giù y el resto para informarles de mi itinerario de viaje, y preguntar por una impresora para imprimir mi pasaje. Acordamos con Vero, quien tiene que volver a Parma (justo en dirección de Milán), partir cerca de las 15.45.
Ahora, con todo listo para llegar a Valencia, me queda un hueco enorme de 16 hs en el medio el que tendría que rellenar. No tengo idea cómo. Ya veré...
Es la hora de almorzar, y Giù me da la posibilidad de elegir entre dos platos por mi condición de huésped. Manu me recomienda carbonara, mientras Giulia me aclara que ese es su plato favorito. "Ah, ahora entiendo por qué lo recomendás" le digo y me responde con una sonrisa.
En el almuerzo aprovecho para charlar un poco con Manu y conocerlo, ver cuales son los planes de la pareja, etc. El es vendedor de seguros y estudia algo así como comercio internacional. Si bien hace ya unos años que están juntos, son bastante cautos y ni se habla de la posibilidad de matrimonio. Ambos tienen, al parecer, otras metas primero. Nuevamente confirmo que los italianos se parecen mucho a nosotros al escuchar que viven con sus padres hasta grandes, dado que las posibilidades que les brinda el país para emanciparse son magras.
La carbonara está espectacular y he observado la preparación para llevarme la idea "a casa". No es para nada difícil. Esto es lo que yo llamo "100% intercambio cultural".
Mientras nos preparamos un café, Giù me imprime el pasaje de avión y me pregunta qué haremos hasta las 15.45 que sale el tren hacia Milan. Le digo que sería bueno tomarnos un helado en la misma heladería de ayer, lo que todos ven con buenos ojos.
Preparo mis cosas y aprovecho para darle a Giù un par de atuendos de invierno que no pienso seguir cargando en mi mochila. Italia me ha calcinado y si en algún momento necesito ropa de invierno, sacrificaré mi billetera. Ella enviará todo con unos compañeros alemanes que vendrán a visitarla la semana que viene. 
Ya en la heladería solo Giulia acepta mi invitación de helado. Aunque yo también estoy muy satisfecho desde el almuerzo, no puedo negarme a tomar otro buen helado. Pago ambos con €20 y recibo el vuelto como si hubiera pagado con €5 (ambos son de color azul/verde). Miro a Giulia con cara de "ayudame, me están haciendo la guita!". Le aclaro lo sucediodo, y ella me pregunta si estoy seguro, a lo que le digo "claro!", entonces le dice a la vendedora que yo pagué con €20. La vendedora pregunta ahora "seguro?", y Giù me traslada nuevamente la duda "seguro?". Ahora mi seguridad cae a la mitad, pero no me puedo echar atrás. Con toda la convicción del mundo y serio digo "claro!!!". Finalmente la heladera me da el vuelto faltante, pero con mucha cara de orto. No importa, yo estoy (casi) seguro de que pagué con €20. Y sino, que lo consideren mi tarifa por haberles honrado con mi dulce presencia.
Tomamos rápidamente el helado y conversamos un poco de mi plan de viaje. Les digo que de Valencia pasaré hacia Madrid, donde me está esperando mi prima, que hace años no veo, y ahí aprovecharé para descansar correctamente. Luego tal vez Portugal, aún no lo sé, pero con mi ticket de tren podré elegir casi en cualquier momento a dónde ir.
Es casi la hora de salida del tren, y Giù maneja a gran velocidad para llegar a tiempo. Ahora estamos nuevamente en la estación de trenes, donde ayer me ha recogido y hoy tengo que decir de manera apresurada "chau". Con un abrazo y beso enorme nos despedimos, mientras pienso nuevamente que tal vez no vuelva a verla. Manu también me da un gran abrazo y aprovecho para decirles que siempre habrá un lugar en Tucumán para ellos, si algún día lo visitan.
Vero y yo abordamos el tren. Ambos estamos en silencio, hasta que le pregunto a ella cuales son sus planes. Por ahora es solo escribir su tesis y buscar un trabajo. Sin mucho más para hablar, aprovecha para darme algunos tips en Milán. Luego silencio nuevamente, hasta que llegamos a su estación en Parma y nos despedimos calurosamente, deseándonos lo mejor para lo que sea que venga.
Me distraigo un rato sacando fotos por la ventanilla, hasta que me aburro. Música y un libro vuelven a ser mi única compañía. Me suena un poco de Kevin Johansen, Hindue Blues (http://www.goear.com/listen/0cca437/hindue-blues-kevin-johansen), y me duermo.

Camino a Milano

Me saca de mis dulces sueños la disminución de velocidad del tren. Al mirar por la ventanilla se ven edificios altos, adornados con la caliente luz anaranjada del sol de las tardes italianas.  Trago un poco de saliva mientras siento nuevamente esa tremenda adrenalina de pisar lo desconocido, y ni siquiera saber que dirección tomar una vez que abandone el tren.
La estación de Milan es, por lo menos, enorme. Información turística está cerrada, a pesar de que ni siquiera son las 18. Toda la gente está de paso y nadie me parece la persona indicada para preguntarle acerca de un hostel para dormir, por lo que decido encarar una vez mas la ciudad a mi manera. Mientras abandono la estación y me enfrento a las grandes cantidades de cemento, empiezo a pensar que elijo esta manera de hacer tour simplemente por una cuestión de aventura. A pesar del tamaño de la ciudad, las calles están desiertas, de gente y de vehículos. "Hace calor, si, pero también son vacaciones" pienso. Decido seguir "derecho" en dirección de una gran avenida. En algún momento, veo una pareja con valijas en la vereda de enfrente que intenta leer el mapa que su smartphone le muestra mientras caminan en mi misma dirección. Me cruzo para sacarles información, ya que seguramente buscan un lugar donde dormir. Los saludo, y sin detenernos les pregunto si necesitan un lugar donde dormir. Me dicen que ya hicieron la reserva del hotel y que están intentando encontrarlo. No son muy amistosos. Las ciudades grandes asustan evidentemente a la gente y hacen que desconfíen de cualquiera que se les acerque, por más que esa persona cargue una mochila enorme con más de 10 Kg. "Gracias" les digo, mientras los dejo seguir su camino.

Milano Centrale! "Y ahora qué hago?"
Igual que Retiro, no?
Me desvío de la avenida, porque tengo una necesidad que satisfago con maestría y además pienso que no encontraré ayuda ahí al pensar "Encontraría yo un hotel en la Avda. Mate de Luna o Belgrano?!". Un hotel que encuentro rápidamente en una de las calles paralelas me da la razón. Sin embargo, el recepcionista me mira desde el momento en que abrí la puerta como "qué hacés acá? este lugar está fuera de tu alcance", entonces con mi prejuicio como mejor excusa, me salteo el protocolo de preguntar cuánto cuesta una habitación individual por una noche y voy directamente al grano: "conoce un albergue juvenil en Milan?". "No, no sé" me contesta. "Hmmm, no me haré amigo de este Sr." pienso, mientras doy  mediavuelta diciendo "grazie", cuando veo un mapita de la ciudad en uno de esos estantes donde dejan panfletos de mil cosas en los hoteles. "Algo es algo" digo en voz alta y me retiro.
Al menos ahora sé dónde estoy parado. Mientras voy mirando mi mapa al caminar, parece que me voy adentrando a una zona baja de Milán, donde se ve gente de piel oscura, carteles en chino/japonés/etc. Encuentro otro hotel de una estrella, administrado por un japonés. Le pregunto por una noche y me dice 35€. "Tante grazie!". Era una estrella y se veía inmundo! No parece que Milan se vaya a apiadar de mi cansado cuerpo y darme un lugar para descansar.
Finalmente atravieso la zona fulera, que ya estaba empezando a inquietarme y me topo con otra gran avenida. Decido encarar directamente rumbo a la Piazza del Duomo, que Vero me ha recomendado ver. Mientras pateo las calles, me acuerdo de algo que me dijo Ramiro y le doy la razón: Milán no se ve ni la mitad de bello de lo que es Roma. Se ve gente muy a la moda, algunos hombres con trajes de seda, algunos edificios viejos y un parque cercado que no se ve nada atractivo, pero nada que me llame verdaderamente la atención. No me quedaría acá más de un día.
Es cerca de las 19 y está oscureciendo, me encuentro cerca de la Piazza del Duomo, y la zona está infestada de locales de moda: Gucci, Dolce & Gabbana, Giorgio Armani, Diesel, etc., cuyos empleados esperan impacientes en la vereda por clientes. "Mi viejo se moriría si ve a los empleados 'rascándose las pelotas' de esa manera". Todo es indiferente para este argentino que camina las calles frente a los coquetos locales de bermudas azules, remera verde de 3€ y Havaianas marrones.
Finalmente, después de largos 40 minutos de caminata sin parar, me topo con la Piazza del Duomo y la catedral de Milan. Imponente y espectacular. Pero tiene algo que me molesta tremendamente: una publicidad de Citröen cubriendo una de sus torres en restauración. Horrible. "El marketing se nos está metiendo hasta por el o**o". Al menos, la plaza muestra más vida que el resto de la ciudad, con turistas y niños jugando, y las palomas infestando el lugar, revoloteando de un lado al otro.

Linda publicidad... ah, sí, y la Catedral también.

Intentando capturar el detalle

Lindo, no?
Palomas y caca por todos lados
La figura en bronce sobresale claramente sobre el resto
Un lindo jardín frente a la Catedral
 Muy cerca está la galería Vittorio Emanuele II, donde hay cientos de restaurantes y cafés, que en este viaje no visitaré. Me copo más de media hora con las fotos y apreciando los últimos minutos de luz natural, aunque no habrá atardecer para apreciar. La mole de cemento me rodea y lo tapa todo.

"Dónde encontraré un lugar para dormir?!"
Ahora si estoy preocupado. Es cerca de las 20 y no tengo donde dormir. Decido dar un paso más allá a lo desconocido, esperanzado en encontrar un bendito hostel. De repente, algún poder divino decide premiar mi perseverancia y mi gusto de arriesgar. En una callejuela cuelga un gran cartel sin iluminación que dice "Hostel". El lugar parece nuevo, y apenas piso el lugar se me acerca quién se presenta como el encargado del lugar: un hombre de unos 40 años, con pelo largo, tatuajes y ropa que podría calificarse de "hippie". Me saluda amablemente, me invita a tomar asiento y a charlar. Es italiano y habla español casi perfecto. Al dejar mi mochila sobre el suelo, él nota mi cansancio. Le digo que soy de Tucumán, y me dice "Tucumán!!! Tafi del Valle!! Qué hermoso!!". Es un tipo que se ha viajado el mundo entero, y que ahora ha decidido lanzarse al mundo de los negocios con unos amigos mediante algo que lo mantendrá medianamente unido a su pasión de viajar: un hostel. Me cuenta que en Milán no hay otros y esperan que sea una acertada apuesta. Me dices "tienes sed? se te ve acalorado", y si que lo estoy. Transpirado, con las marcas de las cintas de mi mochila sobre mis hombros, cualquiera podría notarlo. No obstante yo tengo mi agua, le digo "si" y me ofrece cerveza o agua, a lo que respondo sin pensar "agua". Es entonces cuando me doy cuenta de que no será gratis, por lo que apuro la conversación y voy al grano: "necesito un lugar donde dormir, lo más barato posible porque no me quedo en Milán y vuelo mañana. Qué tenés para ofrecerme?". Me contesta que una cama en la habitación de 8 personas cuesta €30. Justo cuando llega uno de sus lacayos con el agua fresca para mi, me pongo de pie, tomo mi mochila y le digo "lo voy a pensar, es mucho para unas cuantas horas. Voy a comer algo y si me convence vuelvo". El agua queda sobre la mesa sin tocar y yo escapo rápidamente por la puerta.
"Hmmm, qué hago?" me pregunto. Ahora divago por las calles abandonadas, hasta que encuentro un Mc Donalds, a punto de cerrar y son las 2050!!! "Qué pasa con esta ciudad?!" Encargo un Mc Menú, que rapidamente sale y me siento solo a comer, mientras escucho música y anoto mis gastos del día. Intento encontrar una solución a mi problema habitacional, pero no tengo tantas opciones. "Podría dormir en la estación de trenes" me digo a mi mismo.
Al finalizar mi hamburguesa, tomo todas mis cosas y encaro hacia el baño para lavarme un poco "el chivo" como dirían algunos amigos, entre otras cosas. Mientras me lavo los dientes, el unico empleado de seguridad que queda se acerca hacia la puerta del baño para controlar mi comportamiento. Al verlo por el espejo, le muestro una hermosa sonrisa llena de espuma de dentífrico y sin contestarme, se va.
Paso nuevamente frente al hostel y ahora me siento seguro de no dormir ahí. No vale la pena pagar tanto por unas cuantas horas, lo que he llegado a ver de Milán no me ha atraído para nada. Bajo al subte y decido volver a la estación de trenes, donde podría pasar la noche y en caso de aburrirme, pasear un poco mañana temprano antes de salir hacia Malpensa, el aeropuerto de Milán desde donde sale mi avión.  Intento leer, escuchar música, pero no hay un lugar cómodo para estar, y además me da algo de mala espina que vayan a cerrar la estación y a pedirme que la desaloje más tarde, por lo que me levanto para comprar en una de las máquinas automáticas el ticket que me lleve al aeropuerto esta misma noche. Mientras navego en la máquina buscando el ticket, una mujer se me acerca para preguntarme si necesito ayuda, aunque sé que lo que quiere en realidad es cobrarme por su ayuda. Le digo no y la espanto con una cara poco amistosa. Compro mi ticket y me voy directo a tomar el penúltimo tren de hoy, antes de esperar por el primero de mañana a las 4 am.

Ah, dame un lugarcito para sentarme


El tren está prácticamente vacío y empiezo a dormitar hasta que la inspectora me saca del letargo para controlar mi ticket. Ya no puedo seguir durmiendo.


Impecable el tren que te lleva al Aeropuerto
Ahora te muestro lo cómodo que me pongo para viajar
El tren llega luego de media hora y me deja en el subsuelo. El aeropuerto es enorme, como todo aeropuerto de ciudad grande. Deambulo de un lado al otro, voy al baño y vuelvo, me siento en unos asientos de espera, intento dormir, pero no funciona. Me vuelvo a levantar para buscar otro lugar, mientras el reloj marca la 1. "Qué mala idea!" me digo, hasta que encuentro un lugar donde poder acostarme al menos, cuya superficie de piedra granito me enfría  y me revienta la cansada espalda! "Ésta sí que va a ser una noche larga!"...