viernes, 25 de noviembre de 2011

Hay que regar Bologna! - Reggio Emilia, día 8

Me despierto como nuevo. Me ha sacado de la cama un poco el calor, otro un poco el olor de mi compañero de cuarto y mucho las ganas de visitar a mis amigas, quiénes me esperan con una parrillada italiana esta tarde en Reggio Emilia.
El desayuno está incluido en el hostel y, aunque no es un típico desayuno americano, sirve para no salir a la calle con el estómago vacío. Me los encuentro a todos de nuevo: Jacob, el rumano, el tano punk, más unas cuantas mujeres que no sé dónde estuvieron escondidas anoche. Hay un par que parten la tierra!
Jacob, quién está acostumbrado a sus desayunos norteamericanos, se queja de lo poco nutritivo de esta comidita. Yo, viejo ratón argentino, me lleno un plato sopero de cereales con leche, tostadas con mermeladas, café con leche, manzanas y jugo (no natural) de frutas. Todo zafa, e incluso "se me caen" un par de tostadas y manzanas dentro de la mochila, quien casualmente estaba a mis pies, con el cierre abierto, como esperando que alguien ponga algo adentro suyo.
La charla con la gente se centra en la salida que hicieron los 3 anoche hacia el centro de Bologna. No me he perdido nada. Dario, el tano, está haciendo vacaciones por su país, porque quiere conocerlo punta a punta. Sergie, el rumano, estudia en Canadá y aprovecha sus vacaciones para conocer Europa en lugar de visitar a su familia en Rumania. Cuando estoy terminando mi desayuno, se aparece Sergio, el ecuatoriano, como si estuviera en su casa (de hecho, lo está): ojotas, short de fútbol, musculosa y los largos mochos hechos un desorden monumental. La cara hinchada de dormir es la cereza del postre.
Jacob me dice que en una hora hace el check-out y que si quiero podemos ir juntos. Quedamos en vernos en la recepción a las 9.30. Converso con Sergio dos palabras y retorno a mi habitación para preparar la mochila.
Al volver a la recepción, devuelvo mis sábanas, y espero por Jacob. Falta un rato largo, así que me entretengo un rato nuevamente con Sergio, quién se va a dar una ducha y me dice que volverá pronto para poder despedirnos.
Me pasan a la par las dos chicas que estaban en el comedor, ambas con sus mochilas de campamento. Una tiene un vestido super corto y está verdaderamente buena. Me acerco para iniciar un charla. Lo sabe, pero mientras acomoda algo dentro de su equipaje no hace ni el intento de mirarme. Le digo "hola", y responde secamente con la misma palabra y mucha antipatía. Sigo la conversación, pero ella está para nada interesada. Es de Australia, y ahora se va a no sé donde. Tanta mala onda me repele, por lo que me pongo a conversar con Darío, el tano punk, quién justo se me acerca y me olvido de la belleza que tan forzadamente ha charlado conmigo.
Finalmente llega Jacob, y dejamos el hostel, no sin antes saludar a Sergiu y Dario. Lamentablemente el ecuatoriano no está y tememos perder el bus, por lo que me voy sin saludarlo. A la pasada le digo "adiós" a la australiana, quién ni se molesta en contestar, lo que me despierta una sonrisa sarcástica.
Durante el camino al refugio, Jacob me cuenta de su ciudad, Oregon, y me dice que tengo que ir, como sea. La buena onda del yankee no coincide con ninguno de mis estereotipos norteamericanos que tengo en mi cabeza. Siempre pienso que todos comen hamburguesas, están armados al menos con una 9mm en casa y aman a Bush. Sin dudas, a veces me genera mucha alegría estar equivocado.
En la parada, Jacob se cruza directamente de vereda, porque el sol está impiadoso, donde hay una sombrita que proyecta un árbol. Yo aprovecho para envolver mi mochila con mi toalla y lograr que el sol la seque. El bus llega, después de unos 15 minutos, y subimos varios: el alemán, dos hindúes, Jacob y yo. No tengo monedas para pagar el bus, y tampoco ticket. Nadie me puede cambiar y eso no es trabajo del chofer tampoco. Después de Roma, me da mucho cagazo subirme sin pagar, pero Jacob me dice que no hay problema, si viene un inspector le explicaremos y no pasará nada. Juro que esta vez no es intencional! De verdad no tengo monedas!!!
El viaje al centro de la ciudad transcurre en silencio. Hablo 2 minutos con los hindúes, quiénes viajan con un pase de Interrail, igual que el que yo me compré para viajar en tren por Europa y comenzará a regir desde el 26, pero todavía no sé cómo se usa. Se limitan a contestar que es "muy fácil". Por suerte tengo todavía 8 días para averiguar un poco más.
Llegamos a la estación de trenes con Jacob. Los otros viajeros han desviado su camino en el cambio de bus. Jacob tiene hambre, "el desayuno italiano no ha sido suficiente" me dice, y se compra unos paninis al frente de la estación y una coca. A mi todavía me dura la atragantada que me pegué en el desayuno; sin embargo, Jacob me convida de su Coca-Cola, que está helada, ideal para este día. Guarda un poco de su sandwich "para el camino", y después de decir adiós, se dirige a la estación.
Yo me pregunto qué voy a hacer hasta las 13.30, que sale mi tren a Reggio Emilia. Ahora recuerdo las indicaciones que me dio el recepcionista ayer, y el mapa. Empiezo a caminar, por la zona. Espero no alejarme mucho de la estación. También necesito algo para limpiar la lente de mi cámara, así que aprovecharé para buscar un negocio de cámaras fotográficas.
En el azaroso recorrido me doy con monumentos en el medio de la calle, iglesias pintorescas, y lo que más me llama la atención son las galerías en todas las veredas en el casco viejo de la ciudad. Un espectáculo. La sombra que te regalan hace que sea más fácil caminar por la ciudad, protegiéndote del calcinador sol seco italiano. Paso por Piazza Maggiore, la plaza principal de la ciudad, donde están la Basílica de San Petronio, el Palacio del Podestá (sede del Ayuntamiento), el Palacio de los Bancos entre otros. Aprovecho para colarme en un grupo de turistas con guía español, quién explica que en estos momentos la fachada de la Basílica está siendo bajo refacción y por eso tiene una enorme tela que la cubre. Ni siquiera le hago una foto. Ahora paso por la fuente de Neptuno y aprovecho para cargar mi botella de agua. El diseño es cuanto menos bizarro, con unas señoras al pie que arrojan agua desde sus senos.

Monumentos por doquier
El Palazzo del Podestá en Piazza Maggiore 
La Fuente de Neptuno, y la señora que arroja agua... bueno, saquen sus conclusiones
De repente, me doy cuenta de que tengo un gran problema: ganas de hacer pis. Por ahora es "aguantable", pero debo encontrar pronto un lugar donde descargar la vejiga. Sin embargo, me entretengo fácilmente con la belleza de la ciudad. Paso de largo por Las dos Torres, que probablemente se usó como torre de vigía en el siglo XII. Ambas tienen una inclinación importante. No parece que tengan baño, así que camino 300 metros más adelante. Hay una pequeña capilla, que espero que tenga al menos un pozo para que los fieles orinen, pero tampoco. Vuelvo a las torres, decidido a subir. Compro la entrada y pregunto al boletero si tienen baño. Obvio que no. Mientras subo los 97 metros de la torre por las escaleras de madera, con mi mochila a cuestas, voy pensando cómo podría hacer para mear. Hay mucha gente que sube y baja, pero si me dan un minuto, descargo en cualquier lado. Entre los que bajan me los vuelvo a cruzar al rumano y a Darío. Intercambiamos direcciones de correo, y les pido que le den la mía al ecuatoriano. Me ha caído tan bien, que espero que quedemos en contacto y estoy arrepentido de no haberlo buscado para saludarlo.
A esta altura, ya no creo que vaya a poder orinar, y espero que al menos lo transpire. El calor es insoportable, adentro no hay mucha corriente de aire y estos 12 kilos en mi espalda se hacen sentir.
Arriba, la vista de la ciudad es espectacular. El caserío es tal que pareciera que no hay calles entre las viviendas. Los colores de los edificios son típicamente italianos. A lo lejos, se ve la estación de tren. No me di cuenta de que he caminado tanto. Tal vez vaya a los ba­ños de ahí directamente.
Una iglesia en la que entré, solo para ver si tenía un baño para un fiel como yo
Aunque me cueste, intento concentrarme en esta estupenda galería con estructura de madera
Las Dos Torres de Bologna, que NO tienen baño
Así es la estructura por dentro de la torre. Y si, todo eso tengo que subir con la mochila!
Bologna, desde lo alto. Preciosa!
Acá te preguntas: "dónde están las calles?!"
Agarrate fuerte, que el descenso es peligroso 
Me dan ganas de hacer puntería por este agujerito!
La ciudad está desierta. A esta altura, esa condición ha sido una constante acá en Italia. Creo que las vacaciones y el calor se han encargado de esconder a la gente. Camino en dirección a la estación, y encuentro el lugar ideal para por fin "hechar un cloro". Un garage escondido, con una rejilla de desagote en el suelo. Está perfecto! Me pongo en posición de ataque, pero antes quiero asegurarme de que no hay nadie. Miro, no intencionalmente hacia arriba y veo una cámara de video! "Mierda!" Esa es la manera de controlar la seguridad en sus galerías. Tienen cámaras cada 25 metros. Este aborto de la operación hace que las ganas me estén matando aún peor que antes.
Llego a la estación casi al trote. Sería la peor de las vergüenzas andar con los pantalones mojados! Pero acá la entrada al baño cuesta 1€!!! 1€! Ladrones!!! Creo que me hiere más el orgullo pagar 1€ para orinar que mearme encima! No lo haré acá. Tiene que haber un lugar en los alrededores, así que salgo nuevamente de la estación. Doy una gran vuelta, y veo un jardín de un consorcio de edificios, que no está muy oculto al público, pero mediante una estupenda técnica puedo regar este bello jardín... y ahorrarme 1€.
Es hora de partir. Le aviso a Giù con un SMS que en 40 minutos estaré en Reggio Emilia. Me siento muy contento de poder visitar a mis amigas en su ciudad natal.
Yeahhh! En la ciudad natal de Giù!
Giulia me contesta 2 minutos antes que llegue a su ciudad, diciéndome que la espere en la estación. Cuando bajo no hay nadie, y me pongo a jugar con los destinos en las máquinas expendedoras de billetes. Ahora si que no sé a dónde iré después de esta ciudad. Hasta que escucho que una voz femenina muy familiar dice "Fede!!!". Es Giù, super "topísima" al mejor estilo italiano: camisa blanca impecable, falda de jean, anteojos de sol y un color de piel espectacular. Nos saludamos con un gran abrazo e inmediatamente me pide que nos vayamos, porque su auto está mal estacionado.
Durante el camino a su casa, nos vamos poniendo al día de lo que nos ha pasado desde la última vez que nos vimos, allá, por mediados de julio. Su alemán es todavía buenísimo, mucho mejor que el mío. Para las lagunas de la conversación, le pido que hable en italiano. Hago alarde de algunas frases que me aprendí en estos días, y también de los insultos. Ella tiene muchos más para enseñarme. Nos encontramos con una amiga, con la que ella ya tenía el compromiso de encontrarse. Esta chica también habla el "tedesco" (alemán, en italiano), porque lo aprendió durante un semestre en el exterior que hizo en Alemania. Nos vamos a una heladería, donde Giulia me invita un helado espectacular. Ellas hablan el 90% en un italiano rapidísimo, pero de tanto en tanto me explican lo que hablan para no dejarme afuera de la converasción
Al llegar a su casa, la ayudo a poner todo en orden para recibir a los invitados. Vendrán unos 20 amigos esta noche. Giù me pide que lleve una mesa de ping-pong desde el garage hasta su jardín, donde también saco las sillas, y ayudo a poner la mesa.
Llega gente muy copada, entre ellas Vero, a quién también conozco de Biberach. Las amigas son todas lindas y super simpáticas. La noche pasa entre cervezas, comida y café italiano, muy amena.
Yo permanezco hasta el final de la velada y la ayudo a Giù a poner en orden la casa. Una vez que está todo listo, me voy a una habitación que ella ha preparado para mi, donde hay una computadora que uso  hasta pasadas las 3 respondiendo mensajes a amigos y familia, contándoles que todo marcha perfecto y buscando un vuelo económico para mi próximo destino, que debería ser Valencia, donde la familia de Guillo (un amigo de la familia de mi tía) supuestamente me están esperando, aunque primero tengo llamar para darles tiempo a preparar todo. Hay un vuelo por poco más de 100€, pero para pasado mañana. "Qué hago en el medio?" me pregunto. Mañana debo manguearle a Giù sin falta quedarme una noche más!

viernes, 11 de noviembre de 2011

De paso por Bologna - Bologna, día 7

0830 es la hora para arrancar el día. Necesito comprar mi pasaje a Bologna sin inconvenientes y antes de partir quiero visitar el estadio de la Fiorentina. Me muevo sigilosamente para no despertar a mi compañera de cuarto (si, la señora que administra el hostel) y me lo encuentro a Ricardo en el patio. Planeamos el día mientras vamos al super a comprar nuestro algo para el desayuno y el almuerzo.
Shhhh, la abuela duerme!!!
La idea es viajar en el mismo tren, el de las 15:15 aproximadamente. Apenas terminamos de desayunar, nos vamos a la estación Santa Marina a comprar mi pasaje. La cola para adquirir el boleto es bastante larga, por lo que pasaremos un rato largo, pienso. Mientras hablamos con Ricardo, noto que utiliza dos palabras características de los argentinos: "vos" en lugar de "tú", y "boludo" con mucha frecuencia. Le pregunto si en Nicaragua también utilizan el "boludo" como nosotros, a lo que me respone que no, simplemente la ha aprendido de sus compañeros argentinos en la universidad y que tan sólo la utiliza porque encuentra muy simpática la palabra. Por su parte, me cuenta que allí también se tratan de "vos" en lugar de tú.
Ahora nos vamos a la estación de trenes, donde la cola es bastante larga por lo que le digo a Ricardo que no hay necesidad de que me espere; él puede ir a seguir recorriendo la ciudad. Sin embargo, muy piola el nicaraguense se queda haciéndome compañía, mientras hablamos de nuestras costumbres y las cosas que hacemos en Europa.
En un momento, una señora tana, petisa y bien vestida se para adelante nuestro en la cola, cosa que me despierta un gran enojo, pero me lo tomo con soda. No obstante, no me quedo callado y le digo en español que se nos ha metido adelante. Muy simpática, nos contesta que para ella es lo mismo una persona más o una persona menos en la cola. Por supuesto, aprovecho su educadísima respuesta para decirle que si ella piensa de ese modo, no le molestará pararse detrás nuestro. Ya no tan agradable, me responde que no hay problema, y se sitúa en el lugar que le corresponde.
Cuando por fin llego a la boletería pido un ticket a Bologna, el más barato (supuestamente el que compró Ricardo) y el boletero me ofrece uno para las 1530, con cambio de tren, pero casi por la mitad de lo que pagó el Nicaraguense. Lo siento mucho por Ricardo, pero una diferencia de casi €7 es es muy importante para mi economía, por lo que compro dicho pasaje.
Al salir, le explico a Ricardo por qué he comprado ese ticket, quién me contesta que está todo bien, y que, de todas formas, nos veremos en Bologna.
Ricardo quiere visitar la cripta de la Santa Croce, y me pregunta si quiero unirme. Yo no estoy muy interesado, y prefiero ver el estadio del equipo local. Sin embargo, caminamos juntos hasta la iglesia porque el no ha estado aún ahí y yo ya conozco el camino. En la puerta nos despedimos, y quedamos vernos en el hostel para almorzar a las 1400 e ir juntos a la estación.
Son las 1130 y tengo dos horas y media para llegar al estadio, que está bastante alejado del casco viejo de la ciudad, y volver al hostel. Saco mi mapa y comienzo a caminar. El sol está "que pela" hoy y tendré que "transpirar la camiseta" para llegar a la cancha de la Fiore.
Es día laboral, pero en las calles se nota que estamos en agosto, plenas vacaciones europeas. Muchos negocios están cerrados, pero también me pregunto si algo tendrá que ver la crisis financiera del momento. Italia es uno de los países más afectados del continente.
La ciudad no tiene mucho para ver fuera del casco viejo, y en esta caminata me estoy metiendo por cualquier lado. Me empiezo a preguntar si está buena la idea de seguir adelante, pero ni siquiera el tunel peatonal oscuro para cruzar una autopista me amedrenta. A la salida de éste, me topo con unos vendedores ambulantes de frutas, a quiénes les compro naranjas por unas cuantas monedas, para calmar el hambre y la sed que tengo. Aprovecho para preguntar si estoy en el camino correcto para llegar al estadio. Me dan unas cuantas indicaciones, de las cuales entiendo solo la primera, por lo que decido seguir confiando en el mapa y mi capacidad para leerlo.
La zona está realmente desierta en este lugar, donde hay una especie de parque cercado. Adentro se ven unas canchas de tenis, una pileta. Asumo que ya he dado con el complejo deportivo del club. Sigo un par de cuadras adelante y por fin me lo encuentro: pequeño, pero pintoresco, el estadio de la Fiore.
Debo haber caminado más de 2 kilómetros para llegar acá, así que espero que valga la pena entrar. Lo que parece la entrada principal está cerrada, así que empiezo a rodear el estadio. Voy por la mitad, y todas las puertas siguen cerradas. Tampoco hay nadie adentro como para preguntarle de un grito, por dónde puedo entrar. Ya le he dado la casi la vuelta entera, y me quiero pegar un tiro en las pelotas!! No se puede entrar!!! Parece que acá también se han tomado vacaciones!!! Qué decepción! Caminar tanto al pedo, y no poder ver el estadio... Ahora saco un par de fotos desde afuera, y decido volver al hostel. Ya es pasada las 13.00 y la caminata es larga.
El contenedor de basura representa todo: una porquería haber venido hasta acá!
El mejor ángulo de la frustrada visita
Mientras recorro las calles de Firenze y me voy adentrando en la parte vieja de la ciudad, disfruto de sus estrechas calles de adoquines, hago fotos de monumentos y fuentes que ya no sabré de quién son, mientras la gigantesca cúpula del Duomo empieza a asomar entre los pequeños pedazos de cielo que las pintorescas y antiguas casas me dejan ver.

Así de bella es Firenze
La agenda no me dejó saber de quién es este momumento 
... ni este
El Duomo asoma por cualquier lado de la ciudad
Así son los mercados de Florencia. Hasta siempre!!!
Llego puntual al hostel, y Ricardo llega unos minutos después. Nos devoramos unos sandwiches de fiambre y nos dirijimos a la estación. Me despido de él, pero acordamos vernos en la estación de Bologna. El tomará un avión desde ahí en la madrugada de mañana hacia Venezia, y no tiene planeado hacer nada en particular hasta la hora del despegue.
Aprovecho para clavarme los auriculares y darme un poco de música. Esta vez no hay complicaciones con el tren: puedo tomarlo tranquilo, encontrar un buen asiento y relajarme. El viaje a Prato, donde debo hacer el cambio de tren, es corto y aprovecho para preguntarle a una chica muy llamativa que se ha sentado frente mío dónde debo bajarme. Lleva anteojos de sol, una remera beige y un color de piel espectacular. Me parece que solo se limitará a contestar mi pregunta por la cara de "pocos amigos" que lleva. Sin embargo, entablamos una conversación muy copada. Ella me pregunta de dónde soy, qué hago y por qué viajo sólo. Hasta me da la sensación que me quiere acompañar (mentira, pero queda muy bueno si escribo eso, no?). Habla en un muy buen español, porque lo ha practicado en España. Lamentablemente me indica ahora que he llegado a mi estación, así que le agradezco la ayuda y me despido. Mi siguiente tren llega al poco tiempo y el viaje a Bologna transcurre sin sobresaltos, aunque duermo entrecortado y siempre escuchando música.
Prato: hora de cambiar de tren
Ya en Bologna, vuelvo a sentir esa rara sensación de pisar suelo desconocido. Sin embargo, espero por lo menos encontrármelo a Ricardo. Le doy varias vueltas a la estación hasta que finalmente lo encuentro. Le pregunto qué quiere hacer, porque yo tengo que encontrar alojamiento pronto. Son casi las 17 y no quisiera andar deambulando a la noche por esta ciudad donde parece no haber nada. Ricardo está indeciso, porque no sabe si se justifica pagar una noche de hostel, ya que cerca de las 5 debe estar en el aeropuerto. Sin embargo, decide acompañarme en mi búsqueda. Le preguntamos a un par de vendedores de Kebap (una especie de Shawarma que es sensación en Europa) dónde podemos encontrar un lugar, quiénes nos mandan a un hotel, donde me encuentro con un recepcionista argentino. Muy buena onda, el muchacho está dispuesto a bajar el precio de la habitación para que me quede, pero mi presupuesto, incluso con descuento, está lejos de poder costear el hotel, así que le pregunto dónde puedo encontrar un hostel. En un mapa, me marca en un punto muy alejado del centro de la ciudad dónde se encuentra el único albergue juvenil de la ciudad. También me indica cuáles son los colectivos (2) que me tengo que tomar y algunos lugares que debería visitar en Bologna.
Caminamos con Ricardo hacia la parada de colectivos, y en el camino me dice que no irá conmigo al hostel. El servicio de buses en Bologna es bastante malo, más tiene que estar temprano en el aeropuerto, así que pasará directamente la noche allí. Al llegar a la parada nos despedimos, y le digo que se lleve el resto de comida que compramos, pero no la acepta y se va.
El colectivo tarda una media hora en llegar, y solo viajo unos 10 minutos para bajarme en la parada donde encontraré el bus que me llevará a la zona del hostel. La ciudad está desierta. La parada está en una calle arbolada, donde en la vereda del frente un negocio usurero vende latas de bebidas supuestamente frescas por 2€. A pesar de que lo deseo con toda mi alma, me contengo y me auto-convenzo, de que podré comprarme algo en un supermercado pronto, por menos que ese dinero. En el refugio, a 3 metros mio, está un joven con anteojos de sol, bermudas y sandalias. A sus pies tiene un gigantesco instrumento y una mochila. Se me acerca y me pregunta si estoy esperando el bus que lleva al hostel. Se llama Jacob Mariani, viene de Oregon, Estados Unidos, estuvo haciendo unos conciertos por Europa con una orquesta, y ahora está viajando un poco, acarreando su enorme instrumento.
Mis prejuicios para con la gente de EEUU son enormes. Es casi una alergia que les tengo, pero este tipo es de lo mas cool y disfruto mucho hablando con él. Por suerte, la eterna espera de 30 minutos se hace mucho más amena con él.
En el bus empezamos a hacer bromas y delirios con respecto a los carteles de seguridad, que siempre dan para hacer algún tipo de comentario sarcástico. Jacob me cuenta que ya estuvo en Bologna hace unas semanas, en el mismo hostel, por lo que sabe dónde tenemos que bajarnos.
Desde el colectivo puedo ver que la ciudad no es gran cosa, así que me alegra de que aquí estaré solo una noche y mañana partiré a Reggio Emilia para visitar a las italianas que conocí en Biberach, Giulia y Vero. El colectivo está ya en las afueras de la ciudad, algo así como la ruta 311 que te lleva de San Miguel de Tucumán a Lules. "Acá es" dice Jacob, y bajamos en la siguiente parada.
La calle ya no es calle, sino ruta. Hay un camino que la atraviesa; a un costado hay matorrales y al otro un cerco olímpico con arbustos. Nos metemos por ahí, mientras el sol va cayendo. En este momento me pregunto por qué me fío tanto de la gente que no conozco, pero al menos todo se parece a lo que mi mapa indica.
El hostel, que está 300 metros adentro, es una especie de viejo hotel de 2 pisos. Tiene un patio grande, con mesas, sillas y un césped poco cuidado; por dentro las paredes son de color verde y blanco, iluminado todo con tubos fluorescentes. No se ve mucha gente. En la recepción, Jacob me deja pasar primero, y por un precio razonable consigo una cama en una habitación compartida con 4 personas. Me dan mis sábanas limpias, pero antes de ir a mi habitación le digo a Jacob que sería bueno ir a tomar unas cervezas por ahí cerca. "Si, claro" me dice, y concordamos vernos en una hora en el patio.
Ya en mi habitación, que no es un lujo, pero tampoco está mal, hago mi cama, y me como lo que queda de sandwich. Ahora decido darme un baño y lavar a mano algo de ropa sucia. El calor, incluso dentro de la habitación, es infernal, por lo que no dudo de que se secará todo hasta mañana.
El baño no tiene mal aspecto, pero por las dudas siempre llevo las Havaianas que le afané a Nacho en Baires. Me meto en la ducha, y comienzo a refregar parte de la ropa que me traje para lavar. Al poco tiempo, veo que el desagüe no está funcionando como corresponde: un agua gris me llega a los tobillos y falta poco para que empiece a inundar todo el baño, por lo que apresuro el lavado y mi baño, mientras abro y cierro el grifo para darle tiempo al casi nulo desagote. Aún así el baño me resulta muy relajante.
Ya en la habitación y con el incidente del baño olvidado se aparece un tipo corpulento, pero de baja estatura, una especie de caja de Marlboro 10 humana, quién trae consigo un hedor muy potente. Su camisa está toda mojada, supongo que por transpiración, pero prefiero concentrarme en otras cosas. Pienso en cosas felices para poder tolerar el momento. Me conversa, es italiano, y entiendo que ha ido a hacer ejercicio. Me pregunto hacia mis adentros "cuánto tiempo estuvo corriendo??? 10 días?!". Son 2 minutos de charla, pero para mí es una eternidad, hasta que dice "perdón, pero tengo que ducharme. Apesto!". Aunque no contesto nada, cualquiera que me conoce por más de 2 días hubiese sabido que con la mirada le estoy diciendo "si, hijo de mil, andá a bañarte ya!".
Ahora bajo a la recepción para encontrarme con Jacob. El ya está ahí, con 2 chicos más: un rumano, que habla un inglés con muchísimo vocabulario, pero una pronunciación desastrosa, y un tano punk, que habla solo italiano. La comunicación es una cosa de locos!. La mala noticia es que para ir a tomar una cervecita hay que volver al centro de la ciudad en bus y después retornar al hostel en taxi. La idea no me tienta para nada, por lo que termino rechazándola. Me quedaré a comer algo, y descansar. Ellos se despiden, y se alejan por la puerta, mientras yo retomo el camino a mi habitación. En el descanso de la escalera que conduce a donde dormiré esta noche, hay una sala de computadoras, de uso gratuito. Decido ir a buscar mi reproductor de MP3 para volver ahí y cargarle la batería. Hay un chico, de pelo largo enrulado, usando su laptop. Le pregunto, en el idioma universal, si andan las computadoras. Me dice que no, entonces pido conectar mi pequeño reproductor a cargar en su compu, cosa que acepta. Me cuenta que es de Ecuador, se llama Sergio, de 24 años y acarrea una historia tan loca como interesante. Ha estudiado informática en Estados Unidos, pero ahora está acá para especializarse. A sus papás los ha visto poco en toda su vido, porque son una especie de trotamundos por cuestiones laborales. Ha jugado al fútbol en Ecuador, pero por una lesión y corrupción de los dirigentes se quedó sin posibilidades de progresar. Se autofinancia los estudios, y ahora vive de sus ahorros, en este hostel, que hoy por hoy es su casa. Tal vez pronto consiga un departamento y busque un trabajo, pero hace sólo un mes que está acá y todo eso está por verse. Maneja a la perfección el italiano, porque ya ha estado en este país de pequeño. Yo encuentro su historia de vida más que fascinante!
Con Sergio comparto el resto de la noche, hablando de mil cosas. No parece tener 24 años. Tiene cientos de anécdotas para contar y cada palabra la pronuncia con la seguridad de una persona que sabe lo que quiere.
Mientras como una triste pizza que me he pedido desde el hostel, se nos aparece, casi con el sigilo de un ninja, un flaco, alto, de anteojos. Su nombres es "Keineahnung" (no lo recuerdo, pero eso significa "no tengo idea", en alemán). Es el primer alemán que me cruzo, desde que salí de Alemania. Es un tipo de lo más raro: habla bajo, pronuncia todo de una manera extraña y te clava la mirada de una manera que duele, aún si no estás hablando. En otras circunstancias me daría pánico estar con esta persona. Está de vacaciones, por Italia, pero es mega aburrido hablar con él. No te cuenta absolutamente nada, y se limita a contestar escuetamente las preguntas que le hago, por lo que pronto se convierte en un "helecho" que está con nosotros. Sin embargo, en un momento, nos ofrece cerveza. "Si, claro!" le digo mientras pienso que esa es la cerveza que estaba deseando y no me fui a buscar; "pero vamos a sentarnos al patio, que está más fresco" sugiero. Mientras nos mudamos, Keineahnung va a buscar su cerveza. Yo espero que vuelva con un cajón como mínimo, pero vuelve sólo con una lata que encima está a temperatura natural! "La intención es lo que cuenta", pienso, y acepto feliz un pequeño vaso plástico con un traguito de cerveza alemana. De todas formas, como es alemán, me temo que después me va a pasar la factura de los 100 ml de cerveza que me convidó...
Así, nos quedamos hablando de cualquier cosa con el ecuatoriano y el alemán, disfrutando de la frescura que trae la noche italiana con su suave brisa, hasta cerca de la 1, cuando vemos regresar a los otros 3 que habían ido al centro de la ciudad para tomar algo también. Conversamos 2 minutos, hasta que alguien rompe el hielo diciendo "estoy muy cansado, me voy a dormir. Buenas noches!" y aprovechamos todos para ir a nuestros aposentos.
En mi habitación ya está durmiendo el tano hediondo. Se habrá bañado, pero la habitación está inundada de su hedor. Tal vez sean sus zapatillas o la misma ropa que está cerca de su cama. Para colmo, ronca tanto que las paredes vibran. "La puta madre!" digo y me meto en cama, para tratar de descansar, sabiendo que en estas condiciones va a ser bastante complicado.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Arte, shopping y merienda criolla - Firenze, día 6

"Get Happy" (la alarma de mi celular) me saca de la cama a las 08.00 . Mi idea es pasar a buscar a las argentas antes de las 9 para ver si hacemos algo juntos. El desayuno no está incluido, por lo que voy al super de la par a comprar algo nutritivo. Al volver al hostel, me siento en el patio de "la vecindad", a escuchar algo de música y disfrutar de mi yogurt con croissants. En ese momento, un chico que está un par de mesas más alejado, me saluda en inglés y comenzamos a charlar un poco, hasta que dice "hablas español?", a lo que contesto riéndome que si. El es Ricardo, de Nicaragua. Estudia un master relacionado con Sociología en Santiago de Compostela y está aprovechando el corte largo de la universidad para conocer un poco Europa. La charla es la misma de siempre: donde hemos estado, que hemos hecho en este lugar, que más hay para hacer. El está con su amiga chilena, quién hoy dejará Firenze,  aunque Ricardo permanecerá acá hasta mañana, como yo. Ahora miro el reloj, que marca las 08.50. "Se hizo re-tarde!". Me despido de los chicos, explicándoles que ya me había comprometido con el trío de argentinas.
Llego al hotel donde se alojan las chicas a las 9.15, pensando que probablemente no estarán y que, por otro lado, mis costumbres de impuntualidad están intactas. No obstante, ellas están ahí, aún preparándose para salir a caminar Firenze. En una charla divertida, hablo con Cristina y luego con Yesi, quiénes me piden que espere 10 minutos. "Claro" les digo, cuelgo el teléfono y me siento en la recepción.
Finalmente bajan y las saludo con un beso a cada una, lo que a esta altura me resulta extrañísimo. Estoy muy acostumbrado a saludar a las mujeres con un apretón de manos en Alemania. "Qué bárbaro! Cómo se acostumbra uno de rápido a ese tipo de cosas" pienso, pero me alegro enormemente de poder saludar a la gente como lo he hecho toda mi vida. 
Las chicas tienen un plan inmediato: dar una vuelta por los alrededores de Firenze, en la Toscana. No era mi idea seguir viajando, pero acepto ir. Tal vez puedo ver algo muy lindo que no estaba previsto, así que nos vamos a la terminal de ómnibus a buscar una línea que haga el recorrido que ellas quieren. Durante la caminata noto que el cielo está amenazando con lluvia. Al llegar a la terminal, nos informan que el próximo bus sale cerca del mediodía, así que prefieren hacer otra cosa hoy y salir mañana más temprano para aprovechar el día.
Al volver hacia el centro de la ciudad, ya bajo la lluvia, escucho la historia del piloto con dibujo de cebra de una de ellas (Dina?), mientras las otras dos la catalogan, entre bromas, de que "yeta", porque el día anterior renegó de haber traído dicha prenda y no haber tenido oportunidad de usarla. Bueno, ahí está la lluvia... pero el piloto sigue en la valija. Por suerte, es solo un corto chaparrón, que luego de unos cuantos minutos nos deja un cielo limpio precioso. 
El plan B es entrar a Galleria dell'Accademia, que es un museo de pinturas y esculturas muy conocido, pero sin embargo yo nunca lo escuché nombrar. Me siento un ignorante total, porque me veo obligado a preguntar qué hay ahí. "Cómo? Está el David de Miguel Ángel! No sabías?" me dice Dina. Con toda la vergüenza, digo que no, pero quiero achicar mi falta de conocimiento cultural, así que acepto acompañarlas.
La cola en el museo no es larga, pero va lento, así que aprovechamos para seguir conversando y conociéndonos.
Una vez adentro, mi sentimiento de ignorancia se agudiza porque no conozco nada de técnicas de pinturas, ni nombres de pintores o algo de la historia los cuadros que están en el lugar. Sin embargo, me tomo mi tiempo para apreciar las pinturas, y puedo llegar a una conclusión: "Si Capusotto pintara, haría cuadros como éstos". Me acerco a Yésica (o a Dina?) para comentarle mi opinión respecto a las piezas ahí expuestas. Lejos de ser gracioso para ella, me contesta "Si! Lo mismo te estaba por decir!", y me cuenta que cuando algunos de sus pacientes tienen un estado mental crítico, parte del tratamiento puede consistir en darles los elementos para que dibujen, y que, muchas veces, los resultados son increíbles.
Me desvío de las chicas, porque quiero visitar un ala del museo dedicada a la música. Las fotos están prohibidas, pero yo me las arreglo para hacer algunas fotos. No obstante, la empleada de seguridad me ve y grita "No fotos!". La advertencia no es lo suficientemente estricta para mi, así que decido no parar. Otra vez me ve: "no fotos!!!". Aunque pienso que se va a acercar para quitarme la cámara, la vaga mujer solo se atiene  a estar sentada. Los instrumentos expuestos son violines y clavicordios del siglo XVIII. Algunos tienen formas muy particulares, y cuerdas (aparentemente) de cuero. 
Los clavicordios en el museo
... y los violines con sus extrañas cuerdas. (Se ve cómo saco la foto discretamente?)
Dejo la sala para intentar alcanzarlas a las argentas. En cuanto entro a la siguiente lo veo, ahí, imponente en el fondo, iluminado con la luz natural que entra por el techo, gigantesco: el David de Miguel Ángel. No tenía idea de que fuese de ese tamaño: 5 mts! Tal vez sea por eso que sorprende tanto su proporción y el detalle de la escultura. Mientras camino le hago una foto ilegal que me deja bastante conforme para lo estricto de la situación.
El David de Miguel Ángel, ilegalmente fotografiado
Sigo adelante, y me encuentro con más cuadros de personajes de la historia de Florencia que nunca he escuchado nombrar. También paso por una especie de taller de esculturas, donde encuentro un par de videos que me explican las técnicas de restauración y de duplicación de las obras. Llegó por fin a la última sala, donde me las cruzo a Cris y compañía, quiénes ya están listas para salir, por lo que me dicen "te esperamos a la salida" (pero no para pelear, sino para seguir recorriendo la ciudad juntos). Veo rápidamente las obras, todas relacionadas con Dios, Jesús, y la última cena; algunas bastante locas y/o bizarras. El lienzo de muchas de ellas tienen la forma de una silueta de un edificio, como una iglesia o un castillo. Termino el recorrido, contento de que las argentinas me hayan traído acá, y nos encontramos en la salida para continuar conociendo Firenze.
Ahora encaramos en dirección de la iglesia Santa Croce, ubicada en la plaza homónima. Es la principal iglesia franciscana de Florencia, y la mayor en el mundo de esa orden. Su arquitectura se parece mucho a la del Duomo y su construcción data del siglo XIII. El día está calentito, así que todos aprovechamos para hidratarnos y recargar las botellas de agua.
La iglesia de la Santa Croce, y yo arruinando la foto
Las chicas van haciendo su show en el camino. Me divierten muchísimo. Las 3 tienen personalidades muy distintas, pero combinan a la perfección juntas. Mientras cruzamos uno de los puentes para dirigirnos al Giardino Bardini, aprovechamos para hacernos algunas fotos del Ponte Vecchio desde otro ángulo.
El Ponte Vecchio, visto desde otro puente contiguo
Ahora tenemos hambre, pero ellas, como mujeres, se contentan con un par de yogures que compran en un super. Yo no encuentro nada que me convenza, pero al seguir nuestro camino encuentro un lugar donde me compro un "panini" que está aceptable para aguantar un rato.
Ahora subimos unas escalinatas para llegar al jardín, que está en una zona elevada de la ciudad. Yo camino por detrás de las tres, mientras me devoro el panini. Estoy absorto en él, pues la verdad que estoy muy hambriento, pero levanto mi vista por un instante para tener un panorama del camino, mi vista se encuentra con algo que realmente no esperaba: Yésica lleva un vestido un poco corto, y un pequeño bolso que, en plena subida, ha levantado el mismo hasta más arriba de lo que ella quisiera. Pienso un instante (3 a 4 minutos) en avisarle, pero es una verdadera lucha interior: "sacrificar semejante perspectiva solo por ser decente?" pienso, hasta que finalmente decido que lo haré, pero a mi manera. Entonces le digo "Yesi... boluda, se te ve la nalga!". El comentario, lejos de despertar su enojo, le arranca una risa, mientras que las otras 2 estallan en carcajadas y sugieren que esa frase debe estar en su "Libro de frases". Al parecer llevan una recopilación de "bolufrases" y otro tipo de afirmaciones que les ha divertido alguna vez. No sé si habrán puesto mi oración en su libro, pero sin dudas que me enorgullecería estar en él!
En el Giardino Bardini lo mejor que hay es la vista de la ciudad. Se destaca, por supuesto, el Duomo, el Ponte Vecchio y el Palazzo Vecchio. Acá también hay puestos de vendedores, donde ahora Dina busca una cuchara de té para su mamá, quién las colecciona de todas partes del mundo. Aprovecha para preguntarme, como si ella fuera la vendedora, si quiero comprar un Pinocchio a lo que, naturalmente, contesto que no. No me imagino acarreando un muñeco de madera de 20 cm los próximos 35 días en Europa.
Una foto espectacular con la belleza... y Firenze de fondo
Una nube se puso en el camino para que mi foto salga más linda
Así de grosero es el tamaño del Duomo
Ellas descansan y yo subo a buscar una foto que no encuentro
Después de dar varias vueltas por el lugar, decidimos volver al centro de la ciudad. Ellas todavía no han entrado al Duomo, y quedan un par de horas antes del fin del horario de visita. Yo estuve sólo un ratito, así que creo que estaría bueno que vuelva a entrar.
Cuando llegamos al majestuoso monumento, hacemos la cola para entrar, y es acá donde las vendedoras ambulantes se les acercan a las mujeres que están con los hombros descubiertos, para venderles un chal, ya que está prohibido el ingreso a la iglesia sin la ropa (que ellos consideran) adecuada. Inclusive el personal de seguridad que está en la puerta, hace de patovicas, para permitir o restringir el ingreso. Dina tiene un pañuelo en su bolso, que puede zafar; Yésica tiene que estirar un poco su vestido, pero Cristina no tiene algo que la ayude. Sin embargo, y a pesar de la insistencia de la vendedora, no compra nada e intentará pasar así. En la puerta, les hago una especie de cortina a la mirada de los guardias de seguridad, y todas pasan sin problema. Dina me instruye al respecto de algunas pinturas que están adentro del Duomo. Ella pinta, y se interesa por temas relacionados con el arte. Es interesante cuando tenés alguien que sabe más que vos para explicarte puntualmente las cosas sin que te abrume con detalles.
Los vitrales del Duomo
La pintura en la parte interior de la cúpula, "El Juicio Final" 
Ahora salimos del Duomo, pero yo ni me huelo que me espera el momento más terrible en Firenze. No imagino que el azaroso paseo en la ciudad me llevará a lo más profundo del infierno. Estamos en Italia, ahora en Firenze, donde los artículos de cuero son de calidad y relativamente baratos. Los negocios están por todos lados en la ciudad y yo ando con las tres chicas más adictas a las compras que he conocido jamás. Ellas han encontrado "el lugar" para buscar sus artículos de moda. Soy libre de irme, pero la paso bien con ellas, así que me inclino por acompañarlas. Al principio intento ser entusiasta, pero luego de 20 minutos decido abandonar el local y esperar afuera. Me entretengo haciendo fotos, primero de las calles, luego de las chicas comprando, y por último de mis destruidos pies. Asumo que esta espera es una pequeña desventaja de pasear con mujeres por ciudades italianas.
Un negocio que vende artículos de madera 
Dina está felí' con sus zapatos nuevos
Fotografío cualquier cosa, mientras espero...
... inclusive mis pies y las ampollas 
Por fin han terminado, y mientras me cuentan que están preocupadas por el posible exceso de equipaje para volver a Argentina, una de ellas tiene la genial idea de ir a tomar mate al Ponte Vecchio. "Tienen el mate?!" les pregunto, con mucho entusiasmo. Había pensado en traer el mío, pero lo descarté por lo complicado de llevar a cuesta todo el equipo. Pienso que tal vez hoy tengamos la suerte de encontrar alguien que toque música en el puente y eso ya sería "cartón lleno". 
Grafitti copado en alguna calle de Florencia
Pasamos primero por su hotel para que ellas dejen la nueva mercadería y busquen el mate. Conseguir agua caliente sin que les cobren es cosa de niños para estas tres almas. 
Esta vez no hay música en vivo en el puente, pero los mates amargos están acompañados de galletitas, tostadas, charlas y silencios, nuevamente con un sol que de a poco va despidiendo el día. Pienso en lo rápido que pasa todo: de repente tengo anécdotas con estas tres chicas, a quiénes no conozco por más que un día, pero las siento como amigas de mucho tiempo. Imagino que "es la magia de viajar".
Más fotos de tarde, con intencional desenfoque
Ha caído el sol, y todos queremos descansar un rato, pero es mi última noche acá, por lo que la idea es, al menos, compartir una cerveza para despedirnos. Volvemos a nuestros respectivos hospedajes, pero nos encontraremos en un par de horas.
Luego de darme un baño y encontrar la única remera que aún no he usado (una camiseta de fútbol), me siento a hacer tiempo en el patio del hostel. Ahí me encuentro nuevamente con Ricardo, el nicaragüense, a quién invito a unirse en nuestra salida nocturna. Muy gustoso, acepta.
Nos encontramos cerca de las 2130 en Piazza della Repubblica con un poco de demora, pero vale la pena: las chicas están super arregladas y muy lindas. Tanto, que por un minuto me siento un pordiosero vistiendo mi camiseta de fútbol y mi pantalón manchado, hasta que pienso que es la forma de viaje que elegí. "Y bueno, con un límite de 10 Kg de equipaje no te podés traer mucho encima". 
Dina, mi remera limpia y mi pantalón con la mancha de aceite
Tardamos en decidir dónde comer, y terminamos yendo a un pequeño localcito que vende "paninis". Si, otra vez "paninis"... esto de comer sandwiches va a ser una condena por lo que resta del viaje, me parece.
Decidimos abandonar rápidamente el pequeño quiosco, porque es realmente infernal la temperatura adentro y porque los dueños son 2 metaleros, quiénes nos hacen escuchar un poco de hard rock mientras comemos.
Encontramos un pequeño almacén, donde compramos un par de cervezas para compartir. En el camino, las chicas van haciendo fotos muy graciosas, que, según prometen, subirán a su álbum de Facebook "Gomeando por Florencia". Sólo el nombre es muy gracioso. Se suben a motos estacionadas en la calle, o actuán como borrachas. Yo participo en algunas, pero se me hace difícil contener la risa. En un momento Ricardo me pregunta "están borrachas?!", a lo que contesto entre carcajadas que no. Simplemente son así.
Nos sentamos en Piazza de la Santa Croce. Los bancos son pequeños, por lo que Dina, Cris y Ricardo están en sentados en uno y Yésica y yo en otro a 2 metros de distancia. Ahora Yesi me cuenta que es fanática de baile, hace tango, salsa y danza clásica; cómo y con quién vive en Baires, entre otras cosas. "Hace muchísimo que no converso así con nadie", pienso, mientras disfruto mucho del momento. Propongo la idea loca de subir nuevamente al Giardino Bardini, para ver la ciudad de noche, pero fracaso rotundamente.
Nuestra cerveza se ha terminado, al igual que nuestras energías, así que decidimos dar por finalizado el día. Me despido de Dina, Yésica y Cris con un beso y un abrazo, mientras me doy cuenta de que en el fondo extraño más de lo que creía a la gente que viene del mismo lado que yo, que tiene mis costumbres, y que habla mi idioma. Les deseo lo mejor para lo que les resta del viaje, y nos prometemos vernos en Buenos Aires cuando yo retorne, dentro de varios meses, a mi país.
La foto de la última noche
En el camino al hostel, hablo con Ricardo, quién mañana también dejará Florencia. Ambos vamos a Bologna. El ya tiene su ticket de tren, pero se ofrece gentilmente a acompañarme a la estación para que saque el mío y viajemos juntos. Acordamos vernos mañana a las 9.00 en el patio, y nos despedimos para ir a descansar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

A Florencia! - Firenze, día 5

Me despierto temprano para poder ordenar las cosas en mi mochila y desayunar con tranquilidad. Giulia y Fabio se despiertan media hora después, aunque el tiempo es suficiente para que él me prepara unos "paninis" que serán mi almuerzo durante el viaje. Ya no tengo palabras agradecerles!.
"Sei pronto, Fede?" pregunta Giulia, a lo que contesto que sí, mientras me cargo la mochila al hombro. Me despido de Fabio con un cálido abrazo, pero antes de irme les digo que están invitados a ir a Argentina, cuando quieran/puedan serán bienvenidos.
Giulia me acompaña a pie hasta la estación San Pietro, donde ahora está abierta la boletería y un viejo tano está a cargo. Giù habla con él por mí, le pregunta a qué hora sale el próximo tren a Firenze. "10:20" contesta él, mientras yo le hago señas a ella de que está perfecto. Al pagar mi ticket, el simpático viejo me pregunta de donde soy; le contesto "Argentina" y alguna broma por detrás que le arranca una risa al tipo.
Son las 9 a.m., ya tengo mi ticket, pero estoy en la estación incorrecta. Debo ir a la gran estación central Termini. No obstante, el bus que me va allá ya está en la puerta de esta estación y sale en 2 minutos. Me despido de Giù, agradeciéndole, con todas las palabras que se me ocurren en el momento, tanta amabilidad, y le reitero mi invitación para visitar Argentina. En cierto punto, me quiero quedar con esta gente tan copada, pero al darle el gran abrazo y beso de despedida me cae la ficha de que así será el resto del viaje: conocer gente espectacular por uno o dos días, para luego decirles adiós. 
Al subir, marco mi última tarjeta para colectivos y me alegro de que así sea. Mientras voy recorriendo la ciudad, siento un dejo de melancolía. Es realmente bellísima y no sé cuándo volveré a visitarla, pero en ese instante pienso en toda la gente que conozco y que aún no ha estado aquí, entonces me considero un privilegiado y sonrío.
Llego a Termini con tiempo de sobra para tomar mi tren, y lo primero que quiero hacer es asegurarme el número de anden en que debo esperarlo. Levanto la vista para leer el cartel y me doy con la ingrata sorpresa de que mi tren se ha cancelado. Hay otro tren, que sale a Firenze unos minutos después, pero es de alta velocidad y no le corresponde al ticket que  compré. "Tengo tiempo, pero mejor voy rápido a atención al cliente para preguntar qué puedo hacer" pienso, pero al llegar a las oficinas, que están en la misma terminal, me topo con la puerta cerrada. En el horario de atención al cliente no figuran los domingos. "Ups, y ahora qué hago?". Empiezo a deambular, veo los horarios de los trenes en los transparentes, pero no los entiendo. Ahora busco gente con uniformes de la empresa. Algunos no tienen idea, otros ni siquiera me responden y el resto me dice que me tome el de alta velocidad, pero yo sé que si sube un inspector y me ve con el ticket normal me vuelven a multar. "No quiero más problemas". Decido intentar una vez más con otro hombre que lleva uniforme, y me dice que el tren regional del andén 1 sale a Firenze en 5 minutos. En el cartel electrónico marca que tiene otro destino, pero parece que pasa por Florencia. "Rápido!" me dice el hombre. Ya desesperado comienzo a correr, pero antes tengo que marcar (validar) mi ticket en las máquinas electrónicas instaladas sobre el andén. Encuentro una, pero está fuera de servicio. Corro hacia la siguiente, que está  25 metros más adelante, pero, a pesar de mi insistencia, no logro que selle el bendito boleto. "Qué mierda tiene este boleto?!". El tren se me va, y para los inspectores un ticket sin marcar es lo mismo que no tenerlo. Ahora me paro mirando en dirección contraria a la gente que quiere subir a este tren, y les pregunto, casi resignado, a 2 mochileros que corren para llegar a tiempo, si me pueden ayudar. Me dicen "el hombre de allá, en azul, te puede ayudar", sin intensiones de comprometerse. Me acerco al tipo, que está ayudando a todo el mundo (seguramente los que tuvieron el mismo problema que yo), para preguntarle primero si efectivamente este tren va a Firenze, a lo que me dice que si. Le digo que no puedo marcar mi boleto y que necesito su ayuda, entonces tira el cigarrillo que tiene en su mano y me pide que lo siga. Toma mi ticket, intenta una, dos, tres veces y nada. Al 4to intento lo hace con cierta violencia y finalmente la estúpida máquina hace un chirrido de impresión. "Vamos todavía!", el sello es medio ilegible, pero está. Le digo "tante grazie!" mientras me subo al tren, a lo que me contesta "ciao! Buona fortuna!". Que suerte la mía! Quién habrá sido este tipo? Qué hacía ahí? No tomó el tren, era un empleado de la compañía de trenes y tampoco me mangueó dinero. Un ídolo el tano!
El tren no es de lo mejor, pero si me lleva a donde quiero ir no me voy a quejar. El vagón es uno de esos donde hay varios compartimientos, con dos asientos enfrentados, para 3 personas cada uno. A pesar de la cantidad de gente, encuentro lugar en uno donde viajan un tano pinta de fiolo, con tatuajes y cadenas doradas, una chica muy "fashion", y dos adolescentes de unos 17-18 años: un gordo feo y un enano rubio cabezón con un rosario al cuello. Ocupo un lugar y me pongo la mochila entre las piernas. No me siento del todo cómodo con esta gente. Los dos adolescentes son un poco revoltosos, y de tanto en tanto hablan con el fiolo y, un poco menos, con la chica. 
A pesar del espectacular paisaje, el movimiento del tren me está sedando, hasta que me quedo dormido por unos minutos. Me despierta el petiso cabezón, que va y vuelve cada 15 minutos para fumar o ir al baño. La chica llega a su parada, dejándonos solo a los hombres, con lo que yo ahora me siento más incómodo. Seguimos viaje, aunque en este momento me estoy esforzando para no dormirme, hasta que los "tanitos" me dicen algo. Comenzamos a charlar dificultosamente, dada la barrera idiomática, y muy frecuentemente tengo que decirles que hablen más despacio porque no les entiendo. Además, en medio de la "conversación", dicen cosas que no entiendo y se ríen a carcajadas, como a costa mía. Percibo cierta mala intención en su conversación.
Ahora parece que, por fortuna, se aburrieron de mi, por lo que aprovecho para ponerme los auriculares nuevamente y no darles más bola, pero el gordo vuelve a la carga con un "sos alpinista?", a lo que contesto que no, sacándome los auriculares con evidente e intencional muestra de fastidio. Ahora el otro me dice "tenés droga ahí?", señalando hacia mi mochila. Nuevamente digo que no (sin necesidad de mentir, vale aclarar), pero mi respuesta no les agrada y el "cerdo" me amenaza, "estoy llamando a la carabinieri para denunciarte", mientras me muestra su handy que, en efecto, está llamando a la policía. Lo miro con un gesto de "qué te pasa a vos?!", pero sin emitir una palabra. Escudriño al tano fiolo, como pidiéndole una manito para que los calme a los dos nabos estos, pero solo sonríe al estilo de "es tu problema". Continúa el cabezón  con un "tenés dinero?", y sigue "si no querés que te denuncie dame 10€ y 10€ a mi amigo". 
No entiendo lo que está pasando, pero hasta acá mi actitud ha sido pasiva. Es el colmo que los dos pendejos éstos me quieran chantajear!. Pienso por un segundo en tomar mis cosas y buscarme otro lugar, pero creo es una idea cobarde. Podría buscar un guarda del tren pero, qué le voy a decir?, "los chicos me están molestando"?. Tampoco me parece muy copado sentarme de brazos cruzados, a ver si llaman a la caribinieri para que me saquen del forro del culo del tren y encima les tenga que explicar que no llevo nada conmigo. Decido arriesgarme, por lo que les digo: "querés los 10€? vení a sacarlos de acá!" a cara de perro, haciéndoles el gesto con la mano para que se acerquen, mientras despego la cola del asiento para quedar en una posición más alerta. No lo dudo: "si se acerca le encajo una mano en la jeta!". "Dame 10€!" insiste el petiso, ahora sin tanta risotada, aunque sin acercarse, pero el gordo fiero ya ha notado que el "jueguito" no es divertido para mí y que estoy dispuesto a enfrentarlos mano a mano si continúan, por lo que le grita "Basta! Basta!" al otro. Hablan entre ellos, y parece que acá la van a cortar. No obstante, yo no les despego la mirada hasta que finalmente empiezan a ignorarme, por lo que asumo que el tema está terminado. Ya no me puedo ni quiero dormir.
Al parecer, en algún momento de nuestra "charla" les he contado a los dos mocosos que mi destino es Firenze, por lo que cuando llegamos a una estación en Firenze me dicen "Firenze, acá tienes que bajarte". Todo es raro, "pasan de querer chantajearme a ser amables?" Sin embargo, salgo de este compartimiento para preguntarle a una persona que está en el pasillo del vagón, quién me afirma que así es. Vuelvo a donde están los 2 delincuentes estos, pero está el rubio cabezón solo, tomo mi mochila y le digo "la próxima vez tengan cuidado cuando quieran ser graciosos, no todos van a tener la misma paciencia que yo". Me mira fijo, con cara de asustado o de que no ha entendido nada de lo que le dije. Me parece que es la 2da opción.
Por fin dejo el bendito tren y leo en un cartel que estoy en Firenze Rifredi. Supongo que ese es el nombre de la estación central de Firenze. Hago un poco de tiempo en el andén, mientras como los sandwiches que me ha preparado Fabio (exquisitos, por cierto) y mientras veo como el tren donde venía se aleja digo en voz baja "si, llevate las dos basuras esas". Acá también se han bajado los dos mochileros que me ignoraron en Termini. "Que se los lleve el viento" pienso.
Ahora camino hacia la salida de la estación y experimento por primera vez la adrenalina de pisar una ciudad desconocida, de no saber en qué dirección caminar ni en quién confiar. Estoy dos minutos mirando hacia todas las direcciones y no me decido cuál encarar. Entonces aparece muchacho en chomba verde, al que le digo que quiero ir al centro de Firenze. Me contesta que esto es Stazione di Rifredi y que la ciudad está unos 5 Km más adelante. "Me he bajado en la estación equivocada!" El tipo del tren estaba equivocado y yo muy ansioso por llegar a destino. Le muestro mi ticket a este hombre, para preguntarle si con él puedo tomar otro tren al centro de la ciudad. Me dice que no sabe y que mejor pregunte en atención al cliente, pero está cerrado. Decido volver al andén y a esperar cualquier tren que me deje en Firenze Santa Maria Novella (o SMN), donde realmente tendría que haber bajado. En eso veo 3 chicas que acarrean con cierta dificultad una valija de tamaño aceptable cada una, pero evidentemente pesadas. Hablan entre ellas, y en 2 segundos sé que la tonada es de Rosario o Buenos Aires, por lo que hago la misma pregunta estúpida que en Roma: "argentinas, de dónde?". Las 3 giran al mismo tiempo para ver quién es (el galán) que les habla y una de ellas responde "Buenos Aires, y vos?". 
Se llaman Cristina, Yésica y Dina. Me cuentan que también le han errado de estación, y por eso esperan el siguiente tren que las deje en la parte central de la ciudad. Nuestro nuevo tren llega, y ayudo a Cris a subir su valija. A las otras les cuesta subir las suyas, pero, por más que quiera, yo no puedo ayudarlas a todas. Ahora aprovechamos para charlar y conocernos. Ellas están de viajando sólo en Italia. Vienen recorriéndolo desde el sur y se quedarán 3 días acá. Cristina y Dina se conocen de la facultad, donde estudiaron psicología, y a Yesi la conoció Dina por laburo. Me bastan los 10 minutos de viaje para notar que este trío es, como mínimo, explosivo.
Bajamos del tren finalmente en Firenze SMN, entonces aprovecho que estas chicas son realmente amistosas y agradables para unirme a ellas. Les pregunto si ya tienen algún lugar reservado para dormir, a lo que me contestan que sí. "Vos?", "no", "bueno, vení con nosotras, preguntá, y si te conviene te quedás o sino preguntás por otro lugar". Gran idea. Ellas quieren averiguar algo en la estación, por lo que aprovecho la ocasión para buscar la oficina de información turística, que está a 100 mts de aquí, cruzando una de las calles. Rápidamente llego hasta ahí y resulta que está cerrada desde las 14.00. Mi reloj marca 14.20...
Vuelvo a la estación, donde las chicas ya están listas para ir a buscar su hotel. Advierto que están mucho más preparadas que yo: tienen su reserva, han traido un mapa de la ciudad y han marcado los puntos importantes para visitar, así que me dejo guiar por ellas.
Se paran en un puesto callejero, donde venden unos Mickey Mouse de cartón que bailan al ritmo de la radio (indistintamente si hay música, habla el locutor o pasan una publicidad). Le regatean al vendedor, quien accede, pero al final no compran. Seguimos nuestro (su) camino, deteniéndonos en varias vidrieras. Incluso me hacen recomendaciones "mirá Fede, ese cinto es ideal para vos y sólo 15€!". "Uy, Dios!" pienso, mientras me cuentan algunas de sus historias de shopping, y al mismo tiempo me ponen al tanto de los precios de la ropa en Argentina. "Debés pensar que somos un desastre" me dice Dina, pero yo ya he advertido que están lejos de ser unas "huecas". Sólo son adictas a las compras...
Ya hemos caminado 3 veces por la misma calle, pero ellas no pueden encontrar todavía su hotel, por lo que les pregunto si puedo ver el mapa, a lo que, por supuesto, acceden. Me ubico rápidamente, y ahora soy yo quién guía. Encontramos su hotel. Ellas preguntan por su reserva y les dicen al hombre de la recepción que yo también estoy buscando donde dormir. El precio del hotel sale de mi presupuesto, por lo que le pregunto por albergues de estudiantes. El hombre solo sabe de 2 lugares que, muy amablemente, me los marca en un mapa de la ciudad y me lo entrega. Me despido de las chicas, pero antes quedamos en que pasaré por acá a buscarlas a la noche para hacer algo juntos. Aceptan con entusiasmo.
Recién ahora, mientras me dirijo en dirección del hostel más cercano y céntrico, empiezo a notar la belleza de la ciudad y la cantidad de turístas que deambulan por aquí. Paso por el Duomo, pero no me detengo. Lo primero que quiero hacer es encontrar donde dormir.
Llego al primer hostel, donde en la puerta, que se parece más a un garage que a una casa, está pintada la frase "albergue estudiantil". El patio tiene sillas y mesas de hierro fundido, con mosaicos rojos. Toco el timbre, para que salga alguien a atenderme. Se acerca una señora de 70 años cómo mínimo, quién entiende, al menos, mi inglés y se da a entender sin problemas. Me dice que tiene habitación para 2 noches, por 21€ cada una (20€ la habitación + 1€ impuestos de la ciudad). Pregunto si puedo ver la habitación y me dice que no. Ahora intento regatearle el euro, pero no da el brazo a torcer, entonces me embolo y le retruco diciéndole que me voy a ver el otro hostel para poder decidir. Sin ninguna preocupación, me contesta "bueno". Me parece que no soy un cliente especial para ella.
Camino al otro hostel, que está unos 500 mts más alejado del centro de la ciudad. Al mismo se lo ve más juvenil, con organización de salidas nocturnas y otras actividades para los huéspedes durante el día también. Cuesta un euro más caro, pero no hay lugar. Todo mal! Ahora tengo que volver con la cola entre las patas dónde la vieja. Mientras regreso, noto que la temperatura no es tan alta acá como en Roma, pero el sol te da con la misma inclemencia, por lo que ya empiezo a acusar cansancio. El día ha sido complicado con sus imprevistos, la mochila, más el trajín. 
"Ya está, me tengo que quedar en este hostel" pienso, mientras le toco el timbre de nuevo a la antigua dama. Ahora le confirmo que me quiero quedar y me contesta "Ja-ja!". Soprendido, le pregunto por qué se rie. "Ya no hay más lugar" me contesta. "Cómo?! Pero hace media hora había". Me indica que espere, para luego dar un alarido hacia el cielo. En este momento levanto mi vista y me doy cuenta de que el patio del hostel me recuerda al  Chavo del Ocho, donde las habitaciones son el equivalente a "la vecindad". Ahora baja un hombre, más joven, desde un piso superior, para hablar en italiano con la señora. No se entiende un carajo, pero al final la vieja me dice "Vení. Hay lugar para vos". Hago el check-in sin dudarlo, porque sino no sé dónde dormiré. Ahora me muestra la habitación, donde hay tres camas. La primera ya está ocupada, evidentemente por una mujer, ya que la mesa de luz tiene cosméticos y al pie de la cama hay unos zapatos. Las otras dos camas están desocupadas, así que elijo la que está un poco más oculta, mirando desde la puerta de la habitación . La doña me muestra el baño, y concluyo que no está nada mal el hostel, considerando que pagué sin ver la habitación.
Estoy contento de haber conseguido un lugar dónde dormir, y ahora es tiempo de salir a conocer Firenze! Llevo mi cámara conmigo, la que poco a poco se está haciendo parte de mi cuerpo, y es casi un reflejo agarrarla antes de salir a cualquier lado.
El primer lugar al que me dirijo es al "Duomo (catedral)  Santa María del Fiore", que está situado en el casco viejo de la ciudad y fue construido en el siglo XIV. La cúpula de 45 m de diámetro y los 100 m de altura, dan la sensación de que esta edificación es excesivamente grande para la ciudad. El horario de visita está terminando, pero llego al último lugar de la cola y puedo pasar. El edificio, es de dimensiones gigantescas, con forma de cruz, con dos naves laterales y una principal. Su suelo es de mármol de colores, con formas y texturas particulares. Quiero hacer mis fotos pero no tengo mucho tiempo; el personal de seguridad me están pidiendo que desaloje del lugar, así que los evado una y otra vez para lograr mi cometido. Finalmente salgo, y veo que el campanario es una construcción separada de la iglesia por un par de metros. Ahora me quedo encantado, viendo la terminación de la fachada neogótica de la catedral, toda de mármol. Increible! Me cuelo dos segundos a un guía que explica el trabajo de restauración del edificio, por supuesto interminable, y escucho que la cruz de bronce que está en lo más alto fue restaurada el año pasado. Cuando la observo, noto que está como nueva y que este guía, por lo menos en eso, no está mintiendo.
El Duomo
El suelo del Duomo, con sus particulares formas y colores en el mármol
Uno de los vitrales
Se aprecia el tamaño?
Más suelo
La terminación de la fachada.
Laburo de artistas


La puerta de bronce

La puerta de salida y el detalle en la madera
Otro ángulo de la gigantesca catedral
El campanario, externo a la catedral
La cruz de bronce, en lo más alto, como si fuera nueva
Al frente del Duomo está ubicado el "batipsterio", lugar donde se bautizán los bebés. Es un mundo de gente agolpándose por una foto y decido que vendré en otro momento.
Ahora camino sin rumbo por las calles de Florencia. Lo único que se ve son turistas, y a pesar de que somos una plaga, se siente la tranquilidad propia de una ciudad más pequeña que Roma. Llego sin querer a la Piazza della Signoria, la más grande de la ciudad, donde se encuentra la Fuente de Neptuno y el Palazzo Vecchio, más tres estatuas: Cosimo "el Viejo" a caballo, el Hércules y Caco y el "falso" David de Miguel Ángel. En esta esquina también hay un payaso "punk". No es una estatua, sino una persona que está llevando a cabo su espectáculo para ganarse la vida. A pesar de mi desagrado para con los mismos (los payasos... y los punk también), me quedo viéndolo, riéndome de sus payasadas, pero no pienso formar parte de su show, así que espero hasta que termine y pida plata, porque en ese momento siempre el 95% de la gente huye despavorida (yo, más que cualquiera).
El "viejo a caballo"
La fuente de Neptuno y el Palazzo Vecchio
Fuente de Neptuno


Sigo mi camino sin rumbo, mientras paso por el frente de la galería Uffizi, doblo en la esquina hacia la derecha y me doy con el popular Ponte Vecchio. El único puente que sobrevivió al bombardeo de los nazis durante la 2da Guerra. Ahora está lleno de joyerías y turistas. En medio del puente, está por tocar una banda, entonces me busco mi lugar para sentarme y escuchar. Mi sorpresa es enorme cuando estos tipos empiezan a tocar "Trátame suavemente" de Daniel Melero, pero conocida por Soda Stereo. Resulta que estos tanos son fanáticos de Gustavo Cerati, y en su repertorio tocan muchos temas de él. 
El cartel del popular puente
Arte fotográfico
Arte fotográfico + música copada + tarde espectacular = felicidad inconmensurable
Me siento reventado y la música en vivo me ayuda a relajarme. Siento la brisa que atraviesa el puente mientras el sol se va despidiendo de este día.Yo solo pienso que todo ha salido bien, por suerte, y no me moveré de acá hasta que sea hora de comer.
Este anochecer es de película, por lo que se merece una gran cantidad de tomas.
Un atardecer como cualquiera
El mismo atardecer desde otro ángulo
Todos quieren su foto de estos bellísimos colores
Ya se encendieron las luces, y yo sigo fotografiando
... pero ya es momento de ir a buscar comida!
Antes doy más vueltas por la ciudad y me topo con una iglesia donde hay concierto de órgano gratuito. Mi sed de música en vivo no está completamente satisfecha, por lo que decido quedarme, aunque sea unos minutos, a escuchar un poco de música clásica. No está para nada mal, pero me resulta extraño. Es como una misa, pero sin cura. Todos miramos hacia el altar y escuchamos en silencio. Pasada media hora, decido que es hora de ir a buscar a las chicas.
El no está rezando. O sí, pero mientras escucha música de órgano en vivo
Cuando llego al hotel, pido en la recepción comunicarme con su habitación, pero resulta que han salido, entonces le pregunto al extrañísimo hombre (?) si puedo dejarles una nota. De mala gana, me acerca un anotador, donde les escribo que estaré cerca de las 2230 en Piazza República, y/o pasaré nuevamente mañana entre 0830 y 0900.
Me pica el bagre de manera insólita, así que ahora busco alimento. Pasando el Ponte Vecchio, donde ya he dado unas vueltas, he visto una rotisería que parecía bastante bien para comer. Cuando llego, son las 2150 y están cerrando, lo que me extraña para tratarse de una ciudad turística. Me pido un calzón, que lo prepara el "esclavo" de turno delante mío, horneándolo en un horno a leña. Tiene buena pinta, pero me lo tendré que comer en otro lado, porque así me lo pide el cajero. Aprovecharé para comer en Piazza República, mientras espero a que las chicas se aparezcan.
En Piazza República encuentro un lugarcito para mi en un banco y comienzo a devorarme literalmente mi calzón. Me doy cuenta de que soy muy desagradable comiendo, pero no me importa. "Otra ventaja de andar solo!" El calzón tiene un toque de aceite de oliva, que en mi descuido cae sobre mi pantalón, dejándole una gran mancha. Además mis manos están engrasadas con queso y jamón. Un desastre. Para peor, no tengo servilletas, así que me limpio las manos frotándolas sobre la caja de cartón de mi ex-comida. En ese momento, 3 señoras inglesas muy coquetas, me preguntan si puedo hacerles una foto. Les digo que por supuesto. "Por supuesto... que les dejo la cámara llenas de queso" pienso para mis adentros. Saco una, dos, tres fotos, solo para estar seguro. Devuelvo la cámara y les pido que vean las fotos. Las reinas están felices con mis tomas, pero yo decido que es momento de marchar a la camucha, antes de que se den cuenta de la mugre que les dejé en el aparatito. Son las 00.00 y creo que las argentinas ya no vendrán. Tal vez no vieron el mensaje...
El Duomo, de noche. Bastante floja la foto
Llego al hostel, donde está la misma vieja que a la tarde, pero de camisón y viendo tele. Le digo "buonasera!" (si, mi italiano está avanzadísimo a esta altura), a lo que responde con una amable sonrisa. Paso a mi habitación, donde veo que la 3ra cama aún está desocupada. Tomo mi toalla para darme una ducha antes de meterme en cama, en lo que alguien abre la puerta de la habitación, y asumo que es la chica que ocupa la cama cercana a la puerta. Pero, momento!!! No es una "chica"!!! Es la vieja recepcionista!!!!!! Duermo con la vieja!!!!! "Ahhh!!!!, ahora entiendo todo ese parloteo que tuvieron con el otro hombre, y cómo solucionaron la falta de habitación para mi". Me río sólo, por como me engañan mis percepciones. 
Apago la luz, repaso mi día y pienso "qué genial poder terminar este día riendo!", pero no resisto más y caigo rendido por el cansancio en cama.