jueves, 10 de noviembre de 2011

Arte, shopping y merienda criolla - Firenze, día 6

"Get Happy" (la alarma de mi celular) me saca de la cama a las 08.00 . Mi idea es pasar a buscar a las argentas antes de las 9 para ver si hacemos algo juntos. El desayuno no está incluido, por lo que voy al super de la par a comprar algo nutritivo. Al volver al hostel, me siento en el patio de "la vecindad", a escuchar algo de música y disfrutar de mi yogurt con croissants. En ese momento, un chico que está un par de mesas más alejado, me saluda en inglés y comenzamos a charlar un poco, hasta que dice "hablas español?", a lo que contesto riéndome que si. El es Ricardo, de Nicaragua. Estudia un master relacionado con Sociología en Santiago de Compostela y está aprovechando el corte largo de la universidad para conocer un poco Europa. La charla es la misma de siempre: donde hemos estado, que hemos hecho en este lugar, que más hay para hacer. El está con su amiga chilena, quién hoy dejará Firenze,  aunque Ricardo permanecerá acá hasta mañana, como yo. Ahora miro el reloj, que marca las 08.50. "Se hizo re-tarde!". Me despido de los chicos, explicándoles que ya me había comprometido con el trío de argentinas.
Llego al hotel donde se alojan las chicas a las 9.15, pensando que probablemente no estarán y que, por otro lado, mis costumbres de impuntualidad están intactas. No obstante, ellas están ahí, aún preparándose para salir a caminar Firenze. En una charla divertida, hablo con Cristina y luego con Yesi, quiénes me piden que espere 10 minutos. "Claro" les digo, cuelgo el teléfono y me siento en la recepción.
Finalmente bajan y las saludo con un beso a cada una, lo que a esta altura me resulta extrañísimo. Estoy muy acostumbrado a saludar a las mujeres con un apretón de manos en Alemania. "Qué bárbaro! Cómo se acostumbra uno de rápido a ese tipo de cosas" pienso, pero me alegro enormemente de poder saludar a la gente como lo he hecho toda mi vida. 
Las chicas tienen un plan inmediato: dar una vuelta por los alrededores de Firenze, en la Toscana. No era mi idea seguir viajando, pero acepto ir. Tal vez puedo ver algo muy lindo que no estaba previsto, así que nos vamos a la terminal de ómnibus a buscar una línea que haga el recorrido que ellas quieren. Durante la caminata noto que el cielo está amenazando con lluvia. Al llegar a la terminal, nos informan que el próximo bus sale cerca del mediodía, así que prefieren hacer otra cosa hoy y salir mañana más temprano para aprovechar el día.
Al volver hacia el centro de la ciudad, ya bajo la lluvia, escucho la historia del piloto con dibujo de cebra de una de ellas (Dina?), mientras las otras dos la catalogan, entre bromas, de que "yeta", porque el día anterior renegó de haber traído dicha prenda y no haber tenido oportunidad de usarla. Bueno, ahí está la lluvia... pero el piloto sigue en la valija. Por suerte, es solo un corto chaparrón, que luego de unos cuantos minutos nos deja un cielo limpio precioso. 
El plan B es entrar a Galleria dell'Accademia, que es un museo de pinturas y esculturas muy conocido, pero sin embargo yo nunca lo escuché nombrar. Me siento un ignorante total, porque me veo obligado a preguntar qué hay ahí. "Cómo? Está el David de Miguel Ángel! No sabías?" me dice Dina. Con toda la vergüenza, digo que no, pero quiero achicar mi falta de conocimiento cultural, así que acepto acompañarlas.
La cola en el museo no es larga, pero va lento, así que aprovechamos para seguir conversando y conociéndonos.
Una vez adentro, mi sentimiento de ignorancia se agudiza porque no conozco nada de técnicas de pinturas, ni nombres de pintores o algo de la historia los cuadros que están en el lugar. Sin embargo, me tomo mi tiempo para apreciar las pinturas, y puedo llegar a una conclusión: "Si Capusotto pintara, haría cuadros como éstos". Me acerco a Yésica (o a Dina?) para comentarle mi opinión respecto a las piezas ahí expuestas. Lejos de ser gracioso para ella, me contesta "Si! Lo mismo te estaba por decir!", y me cuenta que cuando algunos de sus pacientes tienen un estado mental crítico, parte del tratamiento puede consistir en darles los elementos para que dibujen, y que, muchas veces, los resultados son increíbles.
Me desvío de las chicas, porque quiero visitar un ala del museo dedicada a la música. Las fotos están prohibidas, pero yo me las arreglo para hacer algunas fotos. No obstante, la empleada de seguridad me ve y grita "No fotos!". La advertencia no es lo suficientemente estricta para mi, así que decido no parar. Otra vez me ve: "no fotos!!!". Aunque pienso que se va a acercar para quitarme la cámara, la vaga mujer solo se atiene  a estar sentada. Los instrumentos expuestos son violines y clavicordios del siglo XVIII. Algunos tienen formas muy particulares, y cuerdas (aparentemente) de cuero. 
Los clavicordios en el museo
... y los violines con sus extrañas cuerdas. (Se ve cómo saco la foto discretamente?)
Dejo la sala para intentar alcanzarlas a las argentas. En cuanto entro a la siguiente lo veo, ahí, imponente en el fondo, iluminado con la luz natural que entra por el techo, gigantesco: el David de Miguel Ángel. No tenía idea de que fuese de ese tamaño: 5 mts! Tal vez sea por eso que sorprende tanto su proporción y el detalle de la escultura. Mientras camino le hago una foto ilegal que me deja bastante conforme para lo estricto de la situación.
El David de Miguel Ángel, ilegalmente fotografiado
Sigo adelante, y me encuentro con más cuadros de personajes de la historia de Florencia que nunca he escuchado nombrar. También paso por una especie de taller de esculturas, donde encuentro un par de videos que me explican las técnicas de restauración y de duplicación de las obras. Llegó por fin a la última sala, donde me las cruzo a Cris y compañía, quiénes ya están listas para salir, por lo que me dicen "te esperamos a la salida" (pero no para pelear, sino para seguir recorriendo la ciudad juntos). Veo rápidamente las obras, todas relacionadas con Dios, Jesús, y la última cena; algunas bastante locas y/o bizarras. El lienzo de muchas de ellas tienen la forma de una silueta de un edificio, como una iglesia o un castillo. Termino el recorrido, contento de que las argentinas me hayan traído acá, y nos encontramos en la salida para continuar conociendo Firenze.
Ahora encaramos en dirección de la iglesia Santa Croce, ubicada en la plaza homónima. Es la principal iglesia franciscana de Florencia, y la mayor en el mundo de esa orden. Su arquitectura se parece mucho a la del Duomo y su construcción data del siglo XIII. El día está calentito, así que todos aprovechamos para hidratarnos y recargar las botellas de agua.
La iglesia de la Santa Croce, y yo arruinando la foto
Las chicas van haciendo su show en el camino. Me divierten muchísimo. Las 3 tienen personalidades muy distintas, pero combinan a la perfección juntas. Mientras cruzamos uno de los puentes para dirigirnos al Giardino Bardini, aprovechamos para hacernos algunas fotos del Ponte Vecchio desde otro ángulo.
El Ponte Vecchio, visto desde otro puente contiguo
Ahora tenemos hambre, pero ellas, como mujeres, se contentan con un par de yogures que compran en un super. Yo no encuentro nada que me convenza, pero al seguir nuestro camino encuentro un lugar donde me compro un "panini" que está aceptable para aguantar un rato.
Ahora subimos unas escalinatas para llegar al jardín, que está en una zona elevada de la ciudad. Yo camino por detrás de las tres, mientras me devoro el panini. Estoy absorto en él, pues la verdad que estoy muy hambriento, pero levanto mi vista por un instante para tener un panorama del camino, mi vista se encuentra con algo que realmente no esperaba: Yésica lleva un vestido un poco corto, y un pequeño bolso que, en plena subida, ha levantado el mismo hasta más arriba de lo que ella quisiera. Pienso un instante (3 a 4 minutos) en avisarle, pero es una verdadera lucha interior: "sacrificar semejante perspectiva solo por ser decente?" pienso, hasta que finalmente decido que lo haré, pero a mi manera. Entonces le digo "Yesi... boluda, se te ve la nalga!". El comentario, lejos de despertar su enojo, le arranca una risa, mientras que las otras 2 estallan en carcajadas y sugieren que esa frase debe estar en su "Libro de frases". Al parecer llevan una recopilación de "bolufrases" y otro tipo de afirmaciones que les ha divertido alguna vez. No sé si habrán puesto mi oración en su libro, pero sin dudas que me enorgullecería estar en él!
En el Giardino Bardini lo mejor que hay es la vista de la ciudad. Se destaca, por supuesto, el Duomo, el Ponte Vecchio y el Palazzo Vecchio. Acá también hay puestos de vendedores, donde ahora Dina busca una cuchara de té para su mamá, quién las colecciona de todas partes del mundo. Aprovecha para preguntarme, como si ella fuera la vendedora, si quiero comprar un Pinocchio a lo que, naturalmente, contesto que no. No me imagino acarreando un muñeco de madera de 20 cm los próximos 35 días en Europa.
Una foto espectacular con la belleza... y Firenze de fondo
Una nube se puso en el camino para que mi foto salga más linda
Así de grosero es el tamaño del Duomo
Ellas descansan y yo subo a buscar una foto que no encuentro
Después de dar varias vueltas por el lugar, decidimos volver al centro de la ciudad. Ellas todavía no han entrado al Duomo, y quedan un par de horas antes del fin del horario de visita. Yo estuve sólo un ratito, así que creo que estaría bueno que vuelva a entrar.
Cuando llegamos al majestuoso monumento, hacemos la cola para entrar, y es acá donde las vendedoras ambulantes se les acercan a las mujeres que están con los hombros descubiertos, para venderles un chal, ya que está prohibido el ingreso a la iglesia sin la ropa (que ellos consideran) adecuada. Inclusive el personal de seguridad que está en la puerta, hace de patovicas, para permitir o restringir el ingreso. Dina tiene un pañuelo en su bolso, que puede zafar; Yésica tiene que estirar un poco su vestido, pero Cristina no tiene algo que la ayude. Sin embargo, y a pesar de la insistencia de la vendedora, no compra nada e intentará pasar así. En la puerta, les hago una especie de cortina a la mirada de los guardias de seguridad, y todas pasan sin problema. Dina me instruye al respecto de algunas pinturas que están adentro del Duomo. Ella pinta, y se interesa por temas relacionados con el arte. Es interesante cuando tenés alguien que sabe más que vos para explicarte puntualmente las cosas sin que te abrume con detalles.
Los vitrales del Duomo
La pintura en la parte interior de la cúpula, "El Juicio Final" 
Ahora salimos del Duomo, pero yo ni me huelo que me espera el momento más terrible en Firenze. No imagino que el azaroso paseo en la ciudad me llevará a lo más profundo del infierno. Estamos en Italia, ahora en Firenze, donde los artículos de cuero son de calidad y relativamente baratos. Los negocios están por todos lados en la ciudad y yo ando con las tres chicas más adictas a las compras que he conocido jamás. Ellas han encontrado "el lugar" para buscar sus artículos de moda. Soy libre de irme, pero la paso bien con ellas, así que me inclino por acompañarlas. Al principio intento ser entusiasta, pero luego de 20 minutos decido abandonar el local y esperar afuera. Me entretengo haciendo fotos, primero de las calles, luego de las chicas comprando, y por último de mis destruidos pies. Asumo que esta espera es una pequeña desventaja de pasear con mujeres por ciudades italianas.
Un negocio que vende artículos de madera 
Dina está felí' con sus zapatos nuevos
Fotografío cualquier cosa, mientras espero...
... inclusive mis pies y las ampollas 
Por fin han terminado, y mientras me cuentan que están preocupadas por el posible exceso de equipaje para volver a Argentina, una de ellas tiene la genial idea de ir a tomar mate al Ponte Vecchio. "Tienen el mate?!" les pregunto, con mucho entusiasmo. Había pensado en traer el mío, pero lo descarté por lo complicado de llevar a cuesta todo el equipo. Pienso que tal vez hoy tengamos la suerte de encontrar alguien que toque música en el puente y eso ya sería "cartón lleno". 
Grafitti copado en alguna calle de Florencia
Pasamos primero por su hotel para que ellas dejen la nueva mercadería y busquen el mate. Conseguir agua caliente sin que les cobren es cosa de niños para estas tres almas. 
Esta vez no hay música en vivo en el puente, pero los mates amargos están acompañados de galletitas, tostadas, charlas y silencios, nuevamente con un sol que de a poco va despidiendo el día. Pienso en lo rápido que pasa todo: de repente tengo anécdotas con estas tres chicas, a quiénes no conozco por más que un día, pero las siento como amigas de mucho tiempo. Imagino que "es la magia de viajar".
Más fotos de tarde, con intencional desenfoque
Ha caído el sol, y todos queremos descansar un rato, pero es mi última noche acá, por lo que la idea es, al menos, compartir una cerveza para despedirnos. Volvemos a nuestros respectivos hospedajes, pero nos encontraremos en un par de horas.
Luego de darme un baño y encontrar la única remera que aún no he usado (una camiseta de fútbol), me siento a hacer tiempo en el patio del hostel. Ahí me encuentro nuevamente con Ricardo, el nicaragüense, a quién invito a unirse en nuestra salida nocturna. Muy gustoso, acepta.
Nos encontramos cerca de las 2130 en Piazza della Repubblica con un poco de demora, pero vale la pena: las chicas están super arregladas y muy lindas. Tanto, que por un minuto me siento un pordiosero vistiendo mi camiseta de fútbol y mi pantalón manchado, hasta que pienso que es la forma de viaje que elegí. "Y bueno, con un límite de 10 Kg de equipaje no te podés traer mucho encima". 
Dina, mi remera limpia y mi pantalón con la mancha de aceite
Tardamos en decidir dónde comer, y terminamos yendo a un pequeño localcito que vende "paninis". Si, otra vez "paninis"... esto de comer sandwiches va a ser una condena por lo que resta del viaje, me parece.
Decidimos abandonar rápidamente el pequeño quiosco, porque es realmente infernal la temperatura adentro y porque los dueños son 2 metaleros, quiénes nos hacen escuchar un poco de hard rock mientras comemos.
Encontramos un pequeño almacén, donde compramos un par de cervezas para compartir. En el camino, las chicas van haciendo fotos muy graciosas, que, según prometen, subirán a su álbum de Facebook "Gomeando por Florencia". Sólo el nombre es muy gracioso. Se suben a motos estacionadas en la calle, o actuán como borrachas. Yo participo en algunas, pero se me hace difícil contener la risa. En un momento Ricardo me pregunta "están borrachas?!", a lo que contesto entre carcajadas que no. Simplemente son así.
Nos sentamos en Piazza de la Santa Croce. Los bancos son pequeños, por lo que Dina, Cris y Ricardo están en sentados en uno y Yésica y yo en otro a 2 metros de distancia. Ahora Yesi me cuenta que es fanática de baile, hace tango, salsa y danza clásica; cómo y con quién vive en Baires, entre otras cosas. "Hace muchísimo que no converso así con nadie", pienso, mientras disfruto mucho del momento. Propongo la idea loca de subir nuevamente al Giardino Bardini, para ver la ciudad de noche, pero fracaso rotundamente.
Nuestra cerveza se ha terminado, al igual que nuestras energías, así que decidimos dar por finalizado el día. Me despido de Dina, Yésica y Cris con un beso y un abrazo, mientras me doy cuenta de que en el fondo extraño más de lo que creía a la gente que viene del mismo lado que yo, que tiene mis costumbres, y que habla mi idioma. Les deseo lo mejor para lo que les resta del viaje, y nos prometemos vernos en Buenos Aires cuando yo retorne, dentro de varios meses, a mi país.
La foto de la última noche
En el camino al hostel, hablo con Ricardo, quién mañana también dejará Florencia. Ambos vamos a Bologna. El ya tiene su ticket de tren, pero se ofrece gentilmente a acompañarme a la estación para que saque el mío y viajemos juntos. Acordamos vernos mañana a las 9.00 en el patio, y nos despedimos para ir a descansar.

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