0830 es la hora para arrancar el día. Necesito comprar mi pasaje a Bologna sin inconvenientes y antes de partir quiero visitar el estadio de la Fiorentina. Me muevo sigilosamente para no despertar a mi compañera de cuarto (si, la señora que administra el hostel) y me lo encuentro a Ricardo en el patio. Planeamos el día mientras vamos al super a comprar nuestro algo para el desayuno y el almuerzo.
| Shhhh, la abuela duerme!!! |
La idea es viajar en el mismo tren, el de las 15:15 aproximadamente. Apenas terminamos de desayunar, nos vamos a la estación Santa Marina a comprar mi pasaje. La cola para adquirir el boleto es bastante larga, por lo que pasaremos un rato largo, pienso. Mientras hablamos con Ricardo, noto que utiliza dos palabras características de los argentinos: "vos" en lugar de "tú", y "boludo" con mucha frecuencia. Le pregunto si en Nicaragua también utilizan el "boludo" como nosotros, a lo que me respone que no, simplemente la ha aprendido de sus compañeros argentinos en la universidad y que tan sólo la utiliza porque encuentra muy simpática la palabra. Por su parte, me cuenta que allí también se tratan de "vos" en lugar de tú.
Ahora nos vamos a la estación de trenes, donde la cola es bastante larga por lo que le digo a Ricardo que no hay necesidad de que me espere; él puede ir a seguir recorriendo la ciudad. Sin embargo, muy piola el nicaraguense se queda haciéndome compañía, mientras hablamos de nuestras costumbres y las cosas que hacemos en Europa.
En un momento, una señora tana, petisa y bien vestida se para adelante nuestro en la cola, cosa que me despierta un gran enojo, pero me lo tomo con soda. No obstante, no me quedo callado y le digo en español que se nos ha metido adelante. Muy simpática, nos contesta que para ella es lo mismo una persona más o una persona menos en la cola. Por supuesto, aprovecho su educadísima respuesta para decirle que si ella piensa de ese modo, no le molestará pararse detrás nuestro. Ya no tan agradable, me responde que no hay problema, y se sitúa en el lugar que le corresponde.
Cuando por fin llego a la boletería pido un ticket a Bologna, el más barato (supuestamente el que compró Ricardo) y el boletero me ofrece uno para las 1530, con cambio de tren, pero casi por la mitad de lo que pagó el Nicaraguense. Lo siento mucho por Ricardo, pero una diferencia de casi €7 es es muy importante para mi economía, por lo que compro dicho pasaje.
Al salir, le explico a Ricardo por qué he comprado ese ticket, quién me contesta que está todo bien, y que, de todas formas, nos veremos en Bologna.
Ricardo quiere visitar la cripta de la Santa Croce, y me pregunta si quiero unirme. Yo no estoy muy interesado, y prefiero ver el estadio del equipo local. Sin embargo, caminamos juntos hasta la iglesia porque el no ha estado aún ahí y yo ya conozco el camino. En la puerta nos despedimos, y quedamos vernos en el hostel para almorzar a las 1400 e ir juntos a la estación.
Son las 1130 y tengo dos horas y media para llegar al estadio, que está bastante alejado del casco viejo de la ciudad, y volver al hostel. Saco mi mapa y comienzo a caminar. El sol está "que pela" hoy y tendré que "transpirar la camiseta" para llegar a la cancha de la Fiore.
Es día laboral, pero en las calles se nota que estamos en agosto, plenas vacaciones europeas. Muchos negocios están cerrados, pero también me pregunto si algo tendrá que ver la crisis financiera del momento. Italia es uno de los países más afectados del continente.
La ciudad no tiene mucho para ver fuera del casco viejo, y en esta caminata me estoy metiendo por cualquier lado. Me empiezo a preguntar si está buena la idea de seguir adelante, pero ni siquiera el tunel peatonal oscuro para cruzar una autopista me amedrenta. A la salida de éste, me topo con unos vendedores ambulantes de frutas, a quiénes les compro naranjas por unas cuantas monedas, para calmar el hambre y la sed que tengo. Aprovecho para preguntar si estoy en el camino correcto para llegar al estadio. Me dan unas cuantas indicaciones, de las cuales entiendo solo la primera, por lo que decido seguir confiando en el mapa y mi capacidad para leerlo.
La zona está realmente desierta en este lugar, donde hay una especie de parque cercado. Adentro se ven unas canchas de tenis, una pileta. Asumo que ya he dado con el complejo deportivo del club. Sigo un par de cuadras adelante y por fin me lo encuentro: pequeño, pero pintoresco, el estadio de la Fiore.
Debo haber caminado más de 2 kilómetros para llegar acá, así que espero que valga la pena entrar. Lo que parece la entrada principal está cerrada, así que empiezo a rodear el estadio. Voy por la mitad, y todas las puertas siguen cerradas. Tampoco hay nadie adentro como para preguntarle de un grito, por dónde puedo entrar. Ya le he dado la casi la vuelta entera, y me quiero pegar un tiro en las pelotas!! No se puede entrar!!! Parece que acá también se han tomado vacaciones!!! Qué decepción! Caminar tanto al pedo, y no poder ver el estadio... Ahora saco un par de fotos desde afuera, y decido volver al hostel. Ya es pasada las 13.00 y la caminata es larga.
| El contenedor de basura representa todo: una porquería haber venido hasta acá! |
| El mejor ángulo de la frustrada visita |
Mientras recorro las calles de Firenze y me voy adentrando en la parte vieja de la ciudad, disfruto de sus estrechas calles de adoquines, hago fotos de monumentos y fuentes que ya no sabré de quién son, mientras la gigantesca cúpula del Duomo empieza a asomar entre los pequeños pedazos de cielo que las pintorescas y antiguas casas me dejan ver.
| Así de bella es Firenze |
| La agenda no me dejó saber de quién es este momumento |
| ... ni este |
| El Duomo asoma por cualquier lado de la ciudad |
| Así son los mercados de Florencia. Hasta siempre!!! |
Llego puntual al hostel, y Ricardo llega unos minutos después. Nos devoramos unos sandwiches de fiambre y nos dirijimos a la estación. Me despido de él, pero acordamos vernos en la estación de Bologna. El tomará un avión desde ahí en la madrugada de mañana hacia Venezia, y no tiene planeado hacer nada en particular hasta la hora del despegue.
Aprovecho para clavarme los auriculares y darme un poco de música. Esta vez no hay complicaciones con el tren: puedo tomarlo tranquilo, encontrar un buen asiento y relajarme. El viaje a Prato, donde debo hacer el cambio de tren, es corto y aprovecho para preguntarle a una chica muy llamativa que se ha sentado frente mío dónde debo bajarme. Lleva anteojos de sol, una remera beige y un color de piel espectacular. Me parece que solo se limitará a contestar mi pregunta por la cara de "pocos amigos" que lleva. Sin embargo, entablamos una conversación muy copada. Ella me pregunta de dónde soy, qué hago y por qué viajo sólo. Hasta me da la sensación que me quiere acompañar (mentira, pero queda muy bueno si escribo eso, no?). Habla en un muy buen español, porque lo ha practicado en España. Lamentablemente me indica ahora que he llegado a mi estación, así que le agradezco la ayuda y me despido. Mi siguiente tren llega al poco tiempo y el viaje a Bologna transcurre sin sobresaltos, aunque duermo entrecortado y siempre escuchando música.
| Prato: hora de cambiar de tren |
Ya en Bologna, vuelvo a sentir esa rara sensación de pisar suelo desconocido. Sin embargo, espero por lo menos encontrármelo a Ricardo. Le doy varias vueltas a la estación hasta que finalmente lo encuentro. Le pregunto qué quiere hacer, porque yo tengo que encontrar alojamiento pronto. Son casi las 17 y no quisiera andar deambulando a la noche por esta ciudad donde parece no haber nada. Ricardo está indeciso, porque no sabe si se justifica pagar una noche de hostel, ya que cerca de las 5 debe estar en el aeropuerto. Sin embargo, decide acompañarme en mi búsqueda. Le preguntamos a un par de vendedores de Kebap (una especie de Shawarma que es sensación en Europa) dónde podemos encontrar un lugar, quiénes nos mandan a un hotel, donde me encuentro con un recepcionista argentino. Muy buena onda, el muchacho está dispuesto a bajar el precio de la habitación para que me quede, pero mi presupuesto, incluso con descuento, está lejos de poder costear el hotel, así que le pregunto dónde puedo encontrar un hostel. En un mapa, me marca en un punto muy alejado del centro de la ciudad dónde se encuentra el único albergue juvenil de la ciudad. También me indica cuáles son los colectivos (2) que me tengo que tomar y algunos lugares que debería visitar en Bologna.
Caminamos con Ricardo hacia la parada de colectivos, y en el camino me dice que no irá conmigo al hostel. El servicio de buses en Bologna es bastante malo, más tiene que estar temprano en el aeropuerto, así que pasará directamente la noche allí. Al llegar a la parada nos despedimos, y le digo que se lleve el resto de comida que compramos, pero no la acepta y se va.
El colectivo tarda una media hora en llegar, y solo viajo unos 10 minutos para bajarme en la parada donde encontraré el bus que me llevará a la zona del hostel. La ciudad está desierta. La parada está en una calle arbolada, donde en la vereda del frente un negocio usurero vende latas de bebidas supuestamente frescas por 2€. A pesar de que lo deseo con toda mi alma, me contengo y me auto-convenzo, de que podré comprarme algo en un supermercado pronto, por menos que ese dinero. En el refugio, a 3 metros mio, está un joven con anteojos de sol, bermudas y sandalias. A sus pies tiene un gigantesco instrumento y una mochila. Se me acerca y me pregunta si estoy esperando el bus que lleva al hostel. Se llama Jacob Mariani, viene de Oregon, Estados Unidos, estuvo haciendo unos conciertos por Europa con una orquesta, y ahora está viajando un poco, acarreando su enorme instrumento.
Mis prejuicios para con la gente de EEUU son enormes. Es casi una alergia que les tengo, pero este tipo es de lo mas cool y disfruto mucho hablando con él. Por suerte, la eterna espera de 30 minutos se hace mucho más amena con él.
En el bus empezamos a hacer bromas y delirios con respecto a los carteles de seguridad, que siempre dan para hacer algún tipo de comentario sarcástico. Jacob me cuenta que ya estuvo en Bologna hace unas semanas, en el mismo hostel, por lo que sabe dónde tenemos que bajarnos.
Desde el colectivo puedo ver que la ciudad no es gran cosa, así que me alegra de que aquí estaré solo una noche y mañana partiré a Reggio Emilia para visitar a las italianas que conocí en Biberach, Giulia y Vero. El colectivo está ya en las afueras de la ciudad, algo así como la ruta 311 que te lleva de San Miguel de Tucumán a Lules. "Acá es" dice Jacob, y bajamos en la siguiente parada.
La calle ya no es calle, sino ruta. Hay un camino que la atraviesa; a un costado hay matorrales y al otro un cerco olímpico con arbustos. Nos metemos por ahí, mientras el sol va cayendo. En este momento me pregunto por qué me fío tanto de la gente que no conozco, pero al menos todo se parece a lo que mi mapa indica.
El hostel, que está 300 metros adentro, es una especie de viejo hotel de 2 pisos. Tiene un patio grande, con mesas, sillas y un césped poco cuidado; por dentro las paredes son de color verde y blanco, iluminado todo con tubos fluorescentes. No se ve mucha gente. En la recepción, Jacob me deja pasar primero, y por un precio razonable consigo una cama en una habitación compartida con 4 personas. Me dan mis sábanas limpias, pero antes de ir a mi habitación le digo a Jacob que sería bueno ir a tomar unas cervezas por ahí cerca. "Si, claro" me dice, y concordamos vernos en una hora en el patio.
Ya en mi habitación, que no es un lujo, pero tampoco está mal, hago mi cama, y me como lo que queda de sandwich. Ahora decido darme un baño y lavar a mano algo de ropa sucia. El calor, incluso dentro de la habitación, es infernal, por lo que no dudo de que se secará todo hasta mañana.
El baño no tiene mal aspecto, pero por las dudas siempre llevo las Havaianas que le afané a Nacho en Baires. Me meto en la ducha, y comienzo a refregar parte de la ropa que me traje para lavar. Al poco tiempo, veo que el desagüe no está funcionando como corresponde: un agua gris me llega a los tobillos y falta poco para que empiece a inundar todo el baño, por lo que apresuro el lavado y mi baño, mientras abro y cierro el grifo para darle tiempo al casi nulo desagote. Aún así el baño me resulta muy relajante.
Ya en la habitación y con el incidente del baño olvidado se aparece un tipo corpulento, pero de baja estatura, una especie de caja de Marlboro 10 humana, quién trae consigo un hedor muy potente. Su camisa está toda mojada, supongo que por transpiración, pero prefiero concentrarme en otras cosas. Pienso en cosas felices para poder tolerar el momento. Me conversa, es italiano, y entiendo que ha ido a hacer ejercicio. Me pregunto hacia mis adentros "cuánto tiempo estuvo corriendo??? 10 días?!". Son 2 minutos de charla, pero para mí es una eternidad, hasta que dice "perdón, pero tengo que ducharme. Apesto!". Aunque no contesto nada, cualquiera que me conoce por más de 2 días hubiese sabido que con la mirada le estoy diciendo "si, hijo de mil, andá a bañarte ya!".
Ahora bajo a la recepción para encontrarme con Jacob. El ya está ahí, con 2 chicos más: un rumano, que habla un inglés con muchísimo vocabulario, pero una pronunciación desastrosa, y un tano punk, que habla solo italiano. La comunicación es una cosa de locos!. La mala noticia es que para ir a tomar una cervecita hay que volver al centro de la ciudad en bus y después retornar al hostel en taxi. La idea no me tienta para nada, por lo que termino rechazándola. Me quedaré a comer algo, y descansar. Ellos se despiden, y se alejan por la puerta, mientras yo retomo el camino a mi habitación. En el descanso de la escalera que conduce a donde dormiré esta noche, hay una sala de computadoras, de uso gratuito. Decido ir a buscar mi reproductor de MP3 para volver ahí y cargarle la batería. Hay un chico, de pelo largo enrulado, usando su laptop. Le pregunto, en el idioma universal, si andan las computadoras. Me dice que no, entonces pido conectar mi pequeño reproductor a cargar en su compu, cosa que acepta. Me cuenta que es de Ecuador, se llama Sergio, de 24 años y acarrea una historia tan loca como interesante. Ha estudiado informática en Estados Unidos, pero ahora está acá para especializarse. A sus papás los ha visto poco en toda su vido, porque son una especie de trotamundos por cuestiones laborales. Ha jugado al fútbol en Ecuador, pero por una lesión y corrupción de los dirigentes se quedó sin posibilidades de progresar. Se autofinancia los estudios, y ahora vive de sus ahorros, en este hostel, que hoy por hoy es su casa. Tal vez pronto consiga un departamento y busque un trabajo, pero hace sólo un mes que está acá y todo eso está por verse. Maneja a la perfección el italiano, porque ya ha estado en este país de pequeño. Yo encuentro su historia de vida más que fascinante!
Con Sergio comparto el resto de la noche, hablando de mil cosas. No parece tener 24 años. Tiene cientos de anécdotas para contar y cada palabra la pronuncia con la seguridad de una persona que sabe lo que quiere.
Mientras como una triste pizza que me he pedido desde el hostel, se nos aparece, casi con el sigilo de un ninja, un flaco, alto, de anteojos. Su nombres es "Keineahnung" (no lo recuerdo, pero eso significa "no tengo idea", en alemán). Es el primer alemán que me cruzo, desde que salí de Alemania. Es un tipo de lo más raro: habla bajo, pronuncia todo de una manera extraña y te clava la mirada de una manera que duele, aún si no estás hablando. En otras circunstancias me daría pánico estar con esta persona. Está de vacaciones, por Italia, pero es mega aburrido hablar con él. No te cuenta absolutamente nada, y se limita a contestar escuetamente las preguntas que le hago, por lo que pronto se convierte en un "helecho" que está con nosotros. Sin embargo, en un momento, nos ofrece cerveza. "Si, claro!" le digo mientras pienso que esa es la cerveza que estaba deseando y no me fui a buscar; "pero vamos a sentarnos al patio, que está más fresco" sugiero. Mientras nos mudamos, Keineahnung va a buscar su cerveza. Yo espero que vuelva con un cajón como mínimo, pero vuelve sólo con una lata que encima está a temperatura natural! "La intención es lo que cuenta", pienso, y acepto feliz un pequeño vaso plástico con un traguito de cerveza alemana. De todas formas, como es alemán, me temo que después me va a pasar la factura de los 100 ml de cerveza que me convidó...
Así, nos quedamos hablando de cualquier cosa con el ecuatoriano y el alemán, disfrutando de la frescura que trae la noche italiana con su suave brisa, hasta cerca de la 1, cuando vemos regresar a los otros 3 que habían ido al centro de la ciudad para tomar algo también. Conversamos 2 minutos, hasta que alguien rompe el hielo diciendo "estoy muy cansado, me voy a dormir. Buenas noches!" y aprovechamos todos para ir a nuestros aposentos.
En mi habitación ya está durmiendo el tano hediondo. Se habrá bañado, pero la habitación está inundada de su hedor. Tal vez sean sus zapatillas o la misma ropa que está cerca de su cama. Para colmo, ronca tanto que las paredes vibran. "La puta madre!" digo y me meto en cama, para tratar de descansar, sabiendo que en estas condiciones va a ser bastante complicado.
Chango, en Bologna hay una ruta como la 311? Tenemos ruta de primer mundo? je. Cuando vuelvas vas a ver lo que es de San Miguel hasta San Pablo, vas a creer que seguís en Alemania ja. Abrazo!!
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