domingo, 3 de junio de 2012

Feliç aniversari - Valencia, día 11

Si pudiera elegir cómo despertar cada día, seguramente me inclinaría por algo parecido a lo de hoy: buen humor, bien descansado, el sol tibio que entra por las rendijas de la persiana y saber que estás en una ciudad preciosa como Valencia, con nada de qué preocuparte, sabiendo que será un día satisfactoriamente agotador.
Chequeo la hora en mi celular, pero antes de ver que son las 9 a.m., me encuentro con un saludo de mi mamá desde Argentina. Al salir de la habitación noto que Leo sigue durmiendo, pero Nelli ya se ha despertado. Ella se encarga de despertar a mi compañero de paseo, y nos prepara un rico café con leche, mientras yo pregunto, como siempre, qué cosas debería visitar. Nelli le sugiere a su nieto que debería acompañarme a la ciudad de las Ciencias y las Artes. Al oir ese nombre me frunzo de ceños y pienso "Ciudad de las Artes y las Ciencias?! Pero si yo quiero visitar Valencia! No otra ciudad!" Nelli nos da las indicaciones de cómo llegar a ese lugar y yo comienzo a ubicarme en el pequeño mapa que he conseguido ayer en el aeropuerto. También nos provee de alimentos y agua para el día, sabiendo lo extenuante que será la jornada bajo los treinta y algo grados de temperatura paseando por la ciudad. "Cómo me mal acostumbran! Tanto servicio me va a aburguesar" pienso, pero al mismo tiempo me encanta ser tan mimado por unas cuantas horas.
Nelli, como buena abuela, baja con nosotros y nos acompaña a la entrada del subte, donde no me permite pagar el boleto e incluso carga la tarjeta en la máquina automática con una promoción de 4 viajes, supuestamente con validez para todo el día. Mi insistencia para devolverle el dinero no tiene ningún efecto.
Leo y yo pasamos marcando con la misma tarjeta, lo que está permitido, siempre que la tarjeta sea pasada por el sensor una vez por cada persona que viaje.
En el metro nos entretenemos con Leo hablando de lo que hace uno y lo que hace el otro, lo que estudiamos, de dónde venimos y qué es lo que hemos hecho. Su historia de niño tucumano dejando el pago para radicarse en España me atrapa sobremanera. Hoy es un valenciano con corazón tucumano: habla casi a la perfección el idioma, pero recuerda nuestra provincia como si hubiese sido mucho mayor cuando la dejó. Al él, en tanto, le copa saber cosas de los lugares que he pisado, escuchar cuestiones culturales que tengan que ver con Alemania y todo lo que esté relacionado con esa experiencia.
Luego de 40 minutos de viaje, llegamos a la estación Alameda, cuya salida es un túnel peatonal en el que no hay mucho movimiento. Alameda es un paseo y avenida de la ciudad que se extiende desde los Jardines del Real hasta la Plaza de Zaragoza. Sin embargo, a unos 200 metros, se ve la Plaza de la Porta de la Mar (nombre que me aprenderé mucho después) y le sugiero a Leo desviarnos del camino, sólo para pasear por el "lindo monumento". Al llegar a la rotonda donde está emplazada, Leo me ofrece sacarme una foto y yo no dudo ni un instante. Le ofrezco fotos a él también, pero él sabe que yo soy el turista, y entiende, que al menos hoy, seré la única persona que acapare todas las instantáneas. Retomamos el camino en dirección a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, por Alameda. Noto que el sábado valenciano se respira a medida que voy caminando por este bellísima vía: gente paseando sus mascotas, andando en bicicleta, trotando, bajo un sol divino y una temperatura ideal. Nosotros también paseamos con andar de fin de semana. Hasta que nos topamos con unas fuentes de agua espectaculares que anteceden al Palacio de la Música Valenciana. Leo se hace dueño de mi cámara y saca unas tomas que me sorprenden. Le hago saber lo genial que están y vuelvo a ofrecerle "posar" para la foto, pero nuevamente se niega. Entre tanta charla, termino preguntándole cuándo es su cumpleaños. "27 de septiembre" dice, "y el tuyo?". Me arrepiento de haber llevado la charla hasta ahí, diciéndole "20 de agosto". "Hoy!!!" me responde sorprendido, y agrega: "cómo no nos dijiste?! así le decía a mi abuela y te preparábamos algo". Mi cara se desfigura, mientras le pido por favor que no avise, sino se tomarán molestias que no corresponden. "Además, no es algo que me guste mucho cumplir años", agrego con un dejo de gracia y resignación.

Como el cartel dice, a mis espaldas la Plaza de la Porta de la Mar
El Puente de las Flores, que cruza perpendicularmente la Alameda
El Palacio de la Música Valenciana...
... y sus muy preciosas fuentes
Apenas unos cuantos metros más adelante, empieza a emerger el estupendo complejo arquitectónico diseñado por Santiago Calatrava. Al llegar al pie de la magnífica obra, no me salen muchas otras palabras más que "uh!!!", "está loco!" e "impresionante!". Paseamos un poco por el gigantesco predio en el que se realizan  conferencias, congresos, convenciones, eventos deportivos, entre otras cosas. Me dan ganas de entrar al acuario o alguno de los museos, pero sé que sólo tengo un día para conocer la ciudad, entonces hago que mi decisión dependa de las ganas de Leo de visitar algo:
- Querés que entremos a algún museo, Leo? - le digo.
- No, yo no - contesta.
- Mirá, este! - le digo, señalando la entrada al L'Umbracle.
- No, no, gracias. Si vos tenés ganas, vamos... - dice, tirándome la responsabilidad exclusivamente a mí.
- La verdad, prefiero seguir conociendo la ciudad - digo, cerrando la discusión.
Tremendo el diseño de Ciudad de las Artes y las Ciencias
Así, ni más ni menos impactante
Pensar que lo que está sobre mi cabeza es una calle
No, no es una pintura. Es una foto.

Pasada una hora,decidimos volver a la zona céntrica, donde Leo me mostrará la Plaza de Toros, la Plaza del Ayuntamiento y la Catedral. Nos vamos a la parada del bus, donde una pareja con un niño pequeño está también asoleándose. Les pregunto qué número de línea deberíamos tomarnos, para ir al casco viejo de la ciudad, a lo que el hombre muy amablemente me responde en su, para mí, difícil español. Mi acento no ha pasado desapercibido, y me pregunta de dónde soy. Cuando respondo, me dice "Ahhh, tu eres un boludo!". Mi cara no debe haber sido de las más simpáticas que he hecho en mi vida, y ante mi silencio, el hombre continúa: "Vosotros decís 'boludo' muchas veces, a todos. Cierto? Pues por eso tu eres un boludo!" insiste. "Si, claro, pero depende la manera en que uno lo usa. En ciertos casos es un insulto"  le digo, para luego agradecer su ayuda y pasar a ignorarlo. "La gente conoce a los argentinos por eso, pero me parece que no saben bien lo que significa" me dice Leo. "Evidentemente, no!" le contesto, riéndome y entendiendo lo mal que se pueden interpretar las cosas cuando uno las ve de afuera.
Nos bajamos a unos metros de la Plaza de Toros, y Leo me pregunta si me gustaría ir a la Fnac, una especie de shopping de venta de DVD, artículos de computación, telefonía y electrónica. Suena bien, así busco algún kit de limpieza para la lente de mi cámara. La variedad de artículos es alevosa, tanto como los precios. No consigo lo que busco, pero nos entretenemos viendo la tecnología de punta que se encuentra en venta. Lamentablemente, hay que hacer cola para "probar" las consolas de videojuegos. Ninguno de los dos tenemos tantas ganas de jugar, así que nos vamos a la Plaza del Ayuntamiento.
Valencia se siente acogedora. Es pequeña y pintoresca. La Plaza del Ayuntamiento con sus pisos de baldozas resplandecientes, sus árboles, palmeras y flores, una fuente espectacular me hacen sentir así, en una especie de ciudad-pueblo, porque lo tiene todo y sin embargo no te abruma. Leo me sugiere seguir camino hacia la Catedral, y seguimos viaje por la calle de San Fernando/San Vicente Mártir, toda pintoresca y donde los rayos del sol no tocan el asfalto de la angosta vía, por sus edificios y por la cantidad de árboles. Hay un Starbucks repleto de gente, y Leo me pregunta si he ido alguna vez a uno. Se sorprende, casi de manera ingrata, al escuchar que jamás me he tomado siquiera un té ahí. "No sabía que pasaríamos por acá, sino traía unos descuentos que tengo en casa" me dice, como sintiendo lástima de saber que su huésped no ha pisado nunca el popular café.
La Catedral de Santa María es una construcción del siglo XIII, pero que se prolongó durante muchos más, con un estilo gótico predominante. Se encuentra sobre la antigua mezquita de Balansiya, que a su vez se había alzado sobre la antigua catedral visigótica. Sin detenernos demasiado nos vamos a la Plaza de la Virgen, unos 50 metros detrás de la catedral, que tiene un Neptuno y mujeres desnudas alrededor. No me explico por qué se llama Plaza de la Virgen. Le pregunto a Leo si conoce el estadio del Valencia F.C., y me cuenta que fue alguna vez de muy niño. Cuenta que le ha encantado aquella vez, y yo le sugiero encarar a pie hacia el estadio. El chango acepta con gran entusiasmo. En el camino hacemos una parada en un supermercado, donde nos reabastecemos de agua, algunas frutas y todo lo necesario para hacernos unos buenos sándwiches. Sin tardar demasiado, seguimos encarando hacia el estadio, y si bien me ubico fácilmente con el mapa, a Leo le tambalea un poco la confianza, por lo que le pedimos a un valenciano que nos ubique. 10 minutos después, estamos en la puerta del Mestalla, al que me lo había imaginado mucho más pequeño. No se ven muchos autos, tampoco gente, pero asumo que en algún lado está la entrada para turistas. Leo inspecciona como yo el estadio, en busca de un ingreso abierto, hasta que nos chocamos con un cartel que dice que el estadio está abierto todos los días, excepto los sábados. Tamaña decepción!!! Otra que la Fiorentina!!! "Esto no puede ser!" le digo a Leo, contándole lo que ya me pasó en Florencia. Encontramos un timbre en uno de los portones, pero a pesar de la insistencia nadie sale a atendernos. Nada va a cambiar, así que le pido a Leo una foto desde afuera, como para el recuerdo.
La Plaza del Ayuntamiento
Fuentes, flores, bancos de plaza, baldosas de mármol... Valencia
La carrer de les Barques con sus palmeras, y el Banco de Valencia al fondo
La Plaza de la Reina y la Catedral de Fondo
Posando en la Plaza de la Virgen
Una decepción enorme (de nuevo) no poder entrar al estadio
Así que me voy con esta toma...
Propongo hacer playa, y Leo no podría estar más entusiasmado. El camino es largo, por eso nos detenemos antes a prepararnos unos sencillos sandwiches en una avenida con una hermosa platabanda ancha, repleta de árboles y bancos para descansar, llamada Av. de Vicente Blanco Ibañez. Justo antes, la mamá de Leo lo llama para saber qué hacemos y si todavía estamos vivos, como si fuera que vivimos en Tucumán, por ejemplo. Un poco por las ganas de ir a la playa y otro poco por la cantidad de moscas que nos acosan, el almuerzo dura 30 minutos y seguimos en marcha. En algún punto, la avenida parece terminar, pero mi mapa me dice que yo debo seguir en la misma dirección, y en ese sentido las calles angostas se pierden en un barrio de casas de dos pisos muy venidas a menos. Estaremos en Valencia, en España, en Europa, pero cuando los lugares se ponen turbios eso deja de convencer a tu cabeza que nada puede pasarte. Y yo no tengo ninguna intención de rodear este barrio, porque mi mapa muestra que ese camino alternativo es muy largo. "Leo, guardá el teléfono y el reloj" le digo a mi amigo, mientras le hago un lugar a la cámara de fotos en mi mochila, confiando que nada puede pasar bajo la luz de este día. Se ven algunos adolescentes, visiblemente de niveles económicos más humildes, gente en las puertas de las casas haciendo nada y todas las miradas que detectan lo foráneo de estos dos caminantes. Leo interrumpe la tensión que nos abruma, diciéndome "esto es el Cabanyal!". La entonación es la misma que yo le pondría a "esto es la Bombilla!". El Cabanyal es un antiguo barrio marítimo, muy pintoresco, pero, a juzgar por la exclamación de Leo, menos seguro que el resto de la ciudad. A paso rápido dejamos atrás el barrio, ilesos, y apenas la perspectiva lo permite, se ve el mar, celeste, imponente, donde nos pasaremos las próximas 3 horas disfrutando de la frescura del agua y la belleza de la playa y, por supuesto, de sus valencianas. Volver a pisar el mar me trae recuerdos de las vacaciones en familia en Brasil, de las buenas épocas.
Luego de divertirnos largo rato con Leo y hasta aplicarle una siesta, caminamos hacia el Puerto, a unos 600 mts., donde el sol nos castiga a más no poder, pero nada que un helado no pueda hacer olvidar. Leo me cuenta que la Fórmula 1 corre ahí el Gran Prix de Valencia, e incluso me muestra el trazado publicado en un cartel.
Azul, como el mar azul!
Arena, sol, agua, chicas... me quedaría acá mucho más tiempo!
... pero es hora de pegar la vuelta, no antes de hacer una foto con las banderas de España y la comunidad valenciana.
La tarde está por caer, y yo creo que es hora de volver. Los más de 8 Km caminados con ojotas están pasándole factura a mis pies y a mi cuerpo en general, así que el Metrovalencia será el encargado de llevarnos a casa. Sin ningún problema podemos subir, pero al querer bajar en una de las paradas, nuestra tarjeta tira un error, como si fuera que no hemos pagado el boleto. Probamos una y otra vez con Leo, y nada. La empleada de la firma nos ve, y nos pregunta si cuando cambiamos de metro marcamos la salida, a lo que respondemos que no (lo que era correcto hacer). Nos pide nuestra tarjeta y ve que el tiempo para usar el crédito ha expirado. Nos explica que la promoción para hacer esos 4 viajes tiene una restricción de tiempo también, el que expiró mientras estábamos aún en el metro. Indignado, le digo que eso no estaba claro en la máquina al cargarlo. Sin pestañear, la señora me contradice y me ofrece el libro de quejas, lo que acepto gustoso. Allí relato todo lo sucedido y finalmente nos dejan salir de la estación sin quedar como delincuentes. Más tarde yo chequearía el funcionamiento, y efectivamente, la empleada de Metrovalencia está en lo cierto. "La queja ya está hecha" pienso.
Al volver a casa, Leo no se aguanta y finalmente le comenta a su abuela que hoy es mi cumpleaños. Nelli nos prepara unos deliciosos langostinos, sándwiches de miga y a mi me tiene reservada una cerveza San Miguel, para brindar por mi día. Charlamos de lo que hicimos hoy, y no puede creer todo lo que anduvimos con Leo y yo le digo que estoy sorprendido lo fiel que ha sido él. Se le ve el cansancio en la cara, pero nunca quiso volver antes que yo a casa. Estoy seguro de que él también lo ha pasado de maravillas. Les explico que finalmente mañana me iré de aquí, hacia Alicante, donde nos encontraremos con mi prima Carolina. Me dicen que es una lástima, principalmente porque no podré conocer a Ana María, la mamá de Leo. A mi también me apena eso, pero un viaje a Alicante de 180 kilómetros es mucho más económico que pasar directamente a Madrid, con más de 350 kilómetros. Después de la cena, me mensajeo con mi prima, asegurándole que mañana pasado el mediodía estaré en dónde pactamos. Nelli me dice cómo hacer para llegar hasta esa ciudad y que a las 09.00 estaré de pie para despedirme de ella y su nieto. Leo se despide porque el trajín del día le ha caído de golpe encima y yo sigo sus pasos sólo media hora después, con las caricias del sol marcadas en mi espalda. El de hoy ha sido un cumpleaños inolvidable!

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