Mi Samsung E1170 me avisa que es hora de abandonar la cómoda cama. Se siente el trajín de ayer en cada punto de mi cuerpo, pero tengo que hacerlo, porque ni siquiera sé qué horarios tienen los buses que van a Alicante. Sin perder demasiado tiempo, preparo mi mochila y tengo un desayuno liviano que Nelli me ofrece. A la hora de despedirme, cerca de las 9.50 am, Leo aún duerme, evidentemente cansado de nuestro paseo, pero Nelli lo despierta para que yo pueda saludarlo. Le doy un beso y le revuelvo los pelos de la cabeza, como hacen los hermanos mayores con los más chicos. El pobre está muy dormido, pero no olvida decirme "trata de volver!". En la puerta del departamento, me despido de Nelli, quién tan bien me ha tratado, por lo que no me alcanzan las palabras para agradecerle. Ella también me dice que vuelva a Valencia si tengo un tiempo. Le prometo que lo intentaré.
Bajo por última vez del bonito departamento y llego a la estación de subtes tal como quería, a las 10 am. Se ve a las claras que hoy es domingo. No hay ni un alma deambulando. El metrovalencia, sin embargo, llega al toque con muy pocos pasajeros. Mi estación es Turia, donde queda la estación de buses, bastante lejana por cierto, así que me entretendré haciendo algunas fotos, en especial la de aquel graffitti que me ha llamado la atención hace dos días, cuando llegué a esta ciudad.
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| Domingo en la estación de Metrovalencia. Nadie alrededor |
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| Último metro en Valencia |
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| Cierto, no?. El grafitti que leí cuando llegué a Valencia |
La terminal está 2 cuadras más allá de la salida del metro en Turia, sobre la avenida de Menéndez Pidal. El día es un espectáculo, y hasta voy pensando que me hubiera encantado quedarme una jornada más para disfrutar de nuevo de la playa. Qué pena que Madrid no dé al Mar! El pasaje me cuesta 19 € y el próximo bus sale a las 13. Tengo más de dos horas en el medio, y no pienso sentarme a esperar en esta deprimente estación. El casco de la ciudad, donde estuve ayer, está relativamente cerca, y me parece una opción razonable para no castigarme tanto con la mochila. Pasaré nuevamente por la Plaza de Toros, la Plaza del Ayuntamiento y aprovecharé para comprar las postales y el pin de Valencia, como vengo haciendo en cada ciudad que visito. En el camino, cerca de la estación de trenes, me cruzo con un hombre de avanzada edad, quién de la nada me saluda y me da conversación sólo porque advirtió que soy un viajero. Me pregunta de dónde soy, si me gusta su ciudad y algunas otras cosas irrelevantes más. La charla no dura ni 4 minutos, pero él es sinceramente una persona muy agradable, y me sorprende que alguien así de fácil te charle y lo haga de manera tan natural. Me desea suerte en el resto de mi viaje, nos despedimos, y yo retomo mi camino.
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| Así de bonita está Valencia para decirme "adiós" |
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| Banco de Valencia. Hoy ni el dinero hace que la gente salga a la calle |
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| La estación de trenes. No voy en tren, voy en colectivo |
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| La ciudad te invita a fotografiarla, sin transeúntes |
El tiempo pasa demasiado rápido cuando uno deambula, y sin querer me encuentro bastante lejos de la estación, más de 2 kilómetros, y a solo 35 minutos de que mi bus salga. Apuro el paso y me dejo llevar únicamente por mi mapa. Por momentos siento inquietud de pasear por angostas calles deshabitadas y pienso que algún ninja se va a descolgar de un árbol o aparecer tras una nube de humo instantánea. Hace rato que ando por estos suelos, pero las inseguridades que me ha instalado mi ciudad de origen están muy arraigadas. Nada, absolutamente nada sucede y llego bastante agitado a la estación, apenas 5 minutos antes de la hora anunciada de partida. La puntualidad en este caso, es bastante latinoamericana y la espera se extiende a 20 minutos. Aprovecho para comprarme un sandiwch de jamón español y un agua mineral tamaño familiar para calmar la sed provocada por el sol, la caminada y el nerviosismo de no saber si llegaba a tiempo.
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| Mi mapa me no me advierte por cuáles calles andaré... y eso es lo mejor de andar sin brújula! |
En la sala de espera disfrutamos del aire acondicionado no más de 6 personas. El bus llega a la plataforma luego de su retraso, pero no tardará en salir viendo la cantidad de personas que lo abordaremos. El chofer me dice que no puedo subir con mi gran mochila y que debo dejarla en la bodega. Todo es "autoservicio"; sin embargo, no hay un número o algo para ponerle a mi equipaje y ahora debo encomendarme a Dios para que alguien no se lo lleve por equivocación. La cámara, el libro, la agenda y el agua serán las únicas cosas que irán conmigo arriba. El viaje es de poco más de dos horas hasta Alicante. El paisaje es muy bonito y la autopista siempre va bordeando el azul mar Mediterráneo. Se ven algunos pueblos muy bonitos a los costados y en algún momento algo así como un fuerte también. Durante el camino voy pensando en lo mucho que hace que no veo a mi prima, y lo loco que es que sea yo quién la visita en Madrid, cuando todo este tiempo ha sido al revés.
Poco antes de las 16 estoy en la estación terminal de Alicante. Ya desde que entramos a la ciudad unas ganas enormes de quedarme al menos un día invadieron lo profundo de mi alma. Una estupenda avenida costanera con ancha platabanda llena de palmeras y flores, un mar tentador y un sol que te invita a darte unos chapuzones son los motivos de tales deseos. Bajo del micro y saludo al chofer, quién sí me contesta a diferencia de aquel que ni siquiera me miró en Roma. Me dirijo a la bodega con ese pequeño miedo latente de saber si tus cosas aún están ahí. Mi mochila yace, única y solitaria en la bodega. La recojo y me dirijo directamente hacia la costanera, mientras le escribo un mensaje de texto a mi prima, avisando que ya estoy en Alicante. Al mismo tiempo pienso de qué manera podría ponerme un short y sumergirme por unos minutos en esas aguas, hasta que llegue mi prima con su marido a recogerme. Dos minutos más tarde, Caro me responde que en poco más de 40 minutos pasarán por mi.
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| Atrás de esa montaña a la izquierda se esconde el mar azul azul. |
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| "Si la montaña no nos deja pasar, te hacemos túneles y autopistas impresionantes" pareciera ser la idea |
Llego a la costanera, por una calle que da justo a un pequeño puerto en donde se ven yates y otros medios de navegación. Se respira ese olor a mar característico de las ciudades costeras. Mi andar es tranquilo, porque disfruto a más no poder del paisaje estupendo del mar hacia mi mano derecha y la montaña a mi izquierda, a no más de 300 metros de distancia. Todo mejora aún, cuando en la búsqueda desesperada de un poco de playa, una figura de una chica preciosa con serios problemas con su pareo se mueve en mi misma dirección. No hago más que seguirla hipnotizado. Sin embargo, su paso no es veraniego como el mío, y pronto la pierdo de vista, no sin antes capturar lo bello de aquel momento. Ahora estoy justo en la playa, pero los tiempos no me alcanzarán para refrescarme. Estoy a unos 100 metros del Meliá Alicante, un lujoso hotel instalado sobre la playa. Me conformaré con observar cómo la gente se divierte y relaja, desde la sombra que proyecta el edificio. Pronto me aburro y quiero más, pero en cuanto empiezo a cruzar el puente peatonal para ir hacia la montaña enfrente de la costa, mi teléfono suena. Es Caro, quién me pregunta mi ubicación exacta y me dice que en 15 minutos vendrán por mí. Aprovecho ese tiempo para hacer algunas buenas tomas antes de ir al punto de encuentro. Se hace la hora de vernos, y mi teléfono vuelve a sonar. "Al frente de un kiosco de revistas" me dice, a lo que le contesto "ahí estoy!" y cuando muevo un poco la vista, la veo, parada a 15 metros de mí, con un sombrero de paja (o mimbre), anteojos de sol enormes, esbelta, casi flaca, tostadísima con sus cabellos al vientos. "Hija de p...! Estás hecha una Moria Casán con esos anteojos!" le digo, despertándole su típica risa que yo tenía casi olvidada. "Feliz cumpleaños!" me dice, por mi cumpleaños del día de ayer. "Vení, acá está Gabriel (su marido) con el auto". Caro me lo presenta, y él se baja como cualquier caballero. Es un hombre de figura atlética, calvo y más alto que yo. "Un gusto" le digo, luego de saludarnos con un beso. Gabriel tiene un pequeño BMW 315 (creo) - para los que no conocen de autos como yo, sería el equivalente en tamaño a un poco más que un Fiat Super Europa-. Mi prima hace un lugar en el baúl para mi gran mochila llevándose algunas cosas consigo hacia adentro del auto. Hay poco espacio, por la cantidad de cosas que llevaron para pasar unas 4 semanas en un pequeño pueblo cercano a Alicante. Caro me cede el lugar del copiloto, sentándose en la parte trasera y partimos.
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| Una preciosura de peatonal, con su piso de mármol, palmeras y flores. |
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| Como para no seguirla... |
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| Meliá Alicante - Pedazo de hotel de lujo. |
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| El cuidado y el detalle al máximo hacen una ciudad atractiva, sea cual sea. |
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| Para los que discuten si playa o montaña... |
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| ... Alicante tiene ambas. |
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| No hay un sólo ángulo que muestre un lugar feo. |
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| A la pucha! qué ganas de quedarme! Lástima que Madrid no tiene playas. |
Tenemos más de 400 Km hasta Madrid, y la charla se extiende por todos los temas posibles que hayan estado oxidados desde los últimos 3 años tal vez, que han pasado desde que nos vimos por última vez. Mi estadía en Alemania, el fallecimiento de su papá (apenas menos de 2 meses atrás), su situación en España, nuestras familias en Argentina, etc., etc. etc. Gabriel se muestra callado al principio, pero poco a poco comienza en participar más de las charlas con su acento madrileño. En algún punto, hasta noto que le hace bromas a mi prima, a quién la llama "Caro" o "cariño". También me causan gracia para mis adentros algunas palabras que utiliza mi prima, usadas en España y no en Argentina. Sin dudas que 8 años en otro país te tienen que marcar hasta el lenguaje!
En algún momento, nos desviamos de la ruta que debiéramos seguir, por alguna distracción. Hacemos varios kilómetros para poder encontrar algún punto de retorno. Las autopistas, lejos de parecerse a la de Tucumán al menos, tienen un guardrail que impiden doblar en "U" en cualquier punto. Finalmente encontramos un desvío, y paramos en una estación de servicios a estirar un poco las piernas también. Mi prima me convida una sandía deliciosa que tenía troceada en la conservadora. Me pasa el tupper, y notando mi hambruna, les digo "coman, que yo me las voy a liquidar. Puedo, Caro?". Estoy muy contento de verla! y al parecer el sentimiento es recíproco.
Cerca de la hora de la merienda, hacemos otra parada en el equivalente de un Bar al paso europeo, donde yo me tomo un rico café con leche con croissants y ellos se ordenan algo que será una constante en los días que pasaremos juntos: café con hielo. "Café con hielo?!" pregunto, sorprendido. "Deberías probarlo, es muy refrescante" dice Gabriel. No sé si llegaré a animarme. La puerta de este lugar golpea con mucha fuerza, haciendo un ruido estrepitoso al cerrar, haciéndome dar saltos de susto en la silla cada vez. Primero sospecho del fuerte viento que corre afuera, pero al irnos noto que es sólo el brazo hidráulico que pide con urgencia un poco de mantenimiento.
La sequedad del ambiente ha sido reemplazado por la humedad que ya se siente en la piel a sólo unos 300 kilómetros de la playa. Una tormenta se ve en dirección a Madrid, mientras Gabriel me muestra los rieles del tren de Alta Velocidad Española (AVE), sobre la mano contraria, que unen la capital española con Barcelona, las primeras gotas comienzan a estallar contra el parabrisas del bólido rojo. La noche empieza a caer, pero el camino nos muestra otra sorpresa: unos incendios sobre unas montañas le dan a nuestros ojos un espectáculo único. Pocos minutos después, estamos ya ante la entrada de la gran ciudad.
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| Sólo un poco más, que ya llegamos! |
Madrid se ve muy industrial en sus alrededores, pero no puedo apreciar mucho más de la ciudad en estos momentos. Calles, túneles, avenidas son demasiado para mí a estas horas. Acostumbrado a bajarme en las estaciones de trenes o aeropuertos y luego caminar, llegar en auto me desconcierta un poco, y es casi nada lo que puedo apreciar. Gabriel me explica las entradas que tiene la ciudad, pero mientras estoy intentando procesar tal información, hasta que mi prima interrumpe con un "ya llegamos", por lo que me consuelo pensando "mañana será el día para conocer". Mientras Gabriel dirige el BMW hacia el garage en el subsuelo de un edificio, el reloj ya está pisando las 22. Ayudo un poco con el equipaje, pero un ascensor hace todo más fácil hasta el departamento, que es muy cómodo, con varios ambientes. Gabriel se ha preocupado de antemano, pidiéndole a un pariente un colchón inflable de dos plazas, al que acomoda en un pequeño estudio, a pesar de que insisto que no es necesario y que puedo dormir prácticamente en cualquier lado. "Quiero que te sientas como en casa", se justifica. De hecho, así es. Una vez inflado, el colchón hace parecer al estudio aún más pequeño, rozando de ambos lados con una repisa y con un placard. Es estupendamente cómodo y siento que voy a descansar como un rey en estos días. En teoría 5, hasta el viernes 26 a la noche - si los anfitriones están de acuerdo - cuando comienza la validez de mi pasaje de Interrail, aunque aún no sepa claramente cuál es el próximo destino.
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| Entrar a Madrid me ha dejado desconcertado! No caminar hace que la ciudad sea un laberinto para mí! |
Gabriel me muestra uno de los baños de la casa, el que destina exclusivamente para mi; me ofrece toda clase de comodidades que yo no poseo por lo precario de mi equipaje. Nuevamente aclaro que no son necesarias tantas cosas. Lo que menos quiero es causar molestia, pero Gabriel es tanto o más tozudo que yo, ignorando prácticamente mi posición.
Luego del baño, mis primos han planeado cenar con Anita, una amiga de Caro y ahora de la pareja, en algún lugar céntrico de Madrid. Ella es una mendocina que vive desde hace varios años en España también y, como a mi prima, alguien a quién la crisis europea ha alcanzado. Subidos nuevamente en el coche, Gabriel reniega bastante del tráfico de Madrid, pero aclara que no es nada comparado con el habitual, fuera de las vacaciones de verano. El destino es un bar muy pintoresco, donde brindamos con unas cañas por mi cumpleaños y principalmente por este reencuentro. Pedimos unos platos típicos españoles, mientras la charla fluye de modo ameno, aunque no se extiende demasiado dado el cansancio que cada uno de nosotros porta.
A la salida del bar, la lluvia vuelve a arreciar y corremos hacia el auto para evitar en vano mojarnos. Nos trasladamos a la zona jóven de Madrid para tomar un helado, pero finalmente no lo hacemos y decidimos volver al departamento. Mientras nos acercamos al lugar de estacionamiento, vemos a unos cuántos jóvenes muy cómodamente apoyados en la parte trasera del vehículo , quiénes han apoyado sus vasos y latas de cervezas en el baúl del auto. Apenas terminamos los cuatro de subirnos, ya Gabriel había puesto la marcha atrás y salió intempestivamente, haciendo volar por los aires los envases ante el asombro de aquellos "inocentes".
No debería ser tan agotador el simple hecho de transportarse. Hoy no hice más que recorrer kilómetros y kilómetros en auto y bus. Bueno, también reencontrarme con la familia, la vieja y la nueva. Tal vez el flujo de información intercambiado me ha agotado también. Al salir del bar, la lluvia nuevamente nos encuentra y corremos hacia el auto de Gabriel, para evitar, sin éxito, mojarnos. Anita vive muy cerca del local donde comimos, despidiéndose de nosotros poco antes y yendo simplemente a pie.
Ya de vuelta en casa, Gabriel me pregunta qué cosas quiero visitar en Madrid, pero rápidamente percibe que no tengo planes. Ni siquiera sé qué hay para ver en Madrid. "Mañana vemos" me dice. Hay tiempo para pensarlo. Por ahora, un terrible colchón inflable me está esperando.
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