sábado, 5 de enero de 2013

Vaya, vaya, aquí no hay playa - Madrid, día 13

Saber que puedo quedarme el tiempo "que quiera" en casa de Gabriel y mi prima me hacen olvidar un poco ese "apuro" con el que anduve anteriormente, esa necesidad de conocer una ciudad lo más que se pueda en poco tiempo. Sin ningún plan por delante, me levanto relativamente tarde, aunque he estado despierto desde temprano por unos ruidos que provienen de la calle, de obreros haciendo trabajos viales. La pareja huésped ya se encuentra levantada, pero no me han ganado por mucho. Hay café, leche, sandía, y jugo de naranja para desayunar, al que ellos complementan con vitaminas. Aunque para mí está bastante bien, mi primo político no está conforme con lo que puede ofrecerme y me dice que hoy "iremos de compras" para abastecernos. Me pregunta acerca de mis gustos, entonces yo intento hacerle entender que no soy un problema en cuanto alimentación. 

Apenas después de desayunar, Gabriel me ofrece su I-Pad para acceder a Internet, mientras él busca en su colección de artículos y guías de Madrid, algo que a mi me sea útil durante mi estadía. Yo me siento en uno de los cómodos sofás del living a ponerme un poco al día con todos, a mandar las acostumbradas señales de vida a casa y a escribirle a Pato, mi ex compañera de secundario que hoy vive en Madrid, hasta que desde la pequeña habitación escucho que me llama por mi nombre. Salgo de mi ensimismamiento para dirigirme hacía dónde él esta, y me sorprendo al ver la habitación tan llena de mapas, catálogos, y guías de Madrid. "Veo que te interesa Madrid" le digo con algo de sorna, y me responde que él es una especie de fanático de su ciudad, a la que ama y conoce como la palma de su mano. "Estos te pueden ser útiles" - continúa - mientras estira su mano hacia mí con un par de guías de la ciudad. Son bastante abultados, por lo que le contesto que no creo tener el tiempo necesario para leerlos. "No importa, tenlos y lee lo que te interese, luego me los devuelves" me contesta, confiándome sus artículos de colección con amabilidad .


Mientras tanto, mi prima se ha comunicado con su amiga Anita, con la que nos juntaremos en menos de una hora. Gabriel nos llevará en su "BM" hacia la parte céntrica, cerca de dónde ella vive.


Alrededor de las 11 am llegamos al casco viejo de la ciudad, donde Gabriel con mucha buena onda nos deja. "Tenemos que pasar a buscarla a Anita" me dice Carolina, y  así lo hacemos. Por momentos, las calles se parecen mucho a dónde cenamos anoche, por eso suelto la pregunta "estamos cerca del bar de anoche?", y me dice "sí. Mirá, allá es justo donde dejamos anoche el auto". Estoy verdaderamente perdido, pero al menos reconozco los lugares. Pronto llegamos al departamento de la amiga de mi prima. Un edificio del siglo XVIII, en el barrio de la Latina, en el casco antiguo de la ciudad. Tiene un balcón hacia la calle, relativamente pequeño y antiguo, y una extraña distribución, pero muy acogedor. Hay algo nuevo, que no llego saber qué es, porque mi prima dice que "ha quedado muy bonito". Anita nos hace pasar, nos sienta a su mesa y nos convida algunos mates, tostadas y mermeladas, mientras cuenta un poco la situación por la que está pasando: ella subalquila una habitación de su departamento para recortar gastos, y compara un poco su actual inquilino con el anterior, el que al parecer ha sido una experiencia digna de olvidar. Anita es realmente un personaje, que a todo relato le pone un toque de humor que se combina perfectamente con su tonada mendocino-española. Entre tanta charla, mi prima propone salir a dar "una vuelta", pero antes le pide a su amiga que me preste un "móvil" que tiene para los que estamos de paso por la ciudad. Anita nos cuenta que el último beneficiario dejó la alarma programada para las 7 am, lo que ha significado una tortura para la pobre algunos días, hasta que pudo solucionarlo de la manera más eficaz: despojarlo de la batería.


Nuestro paseo será simplemente alrededor del Palacio Real de Madrid. Mis guías se encargan de contarme lo más que puedan al respecto, mientras alternan su relato con los chismes diarios madrileños. El Palacio es la residencia oficial del rey de España, utilizada fundamentalmente para ceremonias oficiales, ya que los Reyes residen habitualmente en el Palacio de la Zarzuela, el cual queda también en Madrid. Me sorprende la extensión de los terrenos. Les pregunto si es posible visitarlo, y aunque me contestan que sí, me sugieren no hacerlo, porque como "en todo palacio" te muestran menos del 10%, lo que no justifica, a su entender (y el mío también), el desembolso. Delante del Palacio está la Plaza de Oriente, donde los jardines centrales de modelo barroco están situados alrededor de la figura de Felipe IV. Muy elegante, por cierto, y naturalmente, pulcra. Mientras las chicas hablan entre ellas de algún otro tema que a mi no me compete, saco mi cámara del estuche y hago una foto de la plaza con el Palacio de fondo. Enseguida mi acción llama la atención de ambas, y mi prima me pregunta "querés sacar fotos?". Creo no haber contestado, al menos con palabras, pero estoy seguro de que mi gesto denotó un "Sí!" más grande que el mismísimo Palacio. "Vas a tener tiempo de sacar fotos" se contesta ella misma, tratando de tranquilizar mi sed de fotografías.



La única foto del día. Prometo hacer más en los próximos días!

Luego de poner nuevamente mi cámara "en su lugar", me dedico a integrarme a las charlas. "Si no puedo sacar fotos, al menos 'chismosiemos' de residentes en Madrid". Es ahí donde me interiorizo con la vida de la arquitecta Ana H., quién nació en Mendoza, pero de pequeña se mudó a Mar del Plata, la que abandonó de que mi prima hiciera lo propio con Tucumán. Ella pudo disfrutar de las bondades que el país ibérico ofrecía cuando el nuestro se caía a pedazos y hasta que explotó la burbuja inmobiliaria que ha generado toda esta crisis, y hoy, por desgracia, las cosas han cambiado bastante para ella, como para otros millones. Hace varios meses que se encuentra "de paro", como le llaman los españoles al estar desempleados, pero no pierde la esperanza de que esto cambiará.

Tanta charla nos está abriendo el apetito, y para combatirlo, pasaremos por un pequeño bar a tomar unas cañas con unos montaditos. Será un pequeño aperitivo, pues el plan es volver a "casa" y almorzar ahí. Caro y Anita hablan de la actividad deportiva que llevan a cabo todos los días en el Parque del Retiro de Madrid, y me invitan a unirme al grupo a partir de mañana. Ellas están muy bien entrenadas, y yo no hice más que caminar últimamente, pero acepto el desafío, dando mi palabra de que iré con ellas. Caro no cede ante mi iniciativa de pagar e invita una vez más. Los tres nos dirijimos a la parada del bus, para volver a casa, pero Anita no se unirá. 


Ya en el depto Gabriel nos propone salir cerca de las 18 a hacer compras, y aunque yo he sentido que están haciendo todo por mi presencia, él lo ha justificado diciendo que no tienen "nada" para comer.


Almorzamos juntos, con mucha charla, compensando los momentos de silencio que pude haber tenido viajando solo y los otros que vendrán. A la hora de la siesta, me siento nuevamente en el cómodo sofá, a continuar leyendo las guías de Madrid, mientras espero la hora de ir a hacer las compras.


Ya por la tarde, nos dirigimos a un gran supermercado, donde, a pesar de mi insistencia, quieren comprar todo para mí. Me preguntan "comes cereales?", "qué lácteos te gustan?", "cómo desayunas?", y tantas otras. Realmente quieren que me sienta como en casa. Carolina toma su camino y compra en general para la casa, mientras yo me uno a Gabriel, que hace las compras exclusivas para mí. Verlo comprar es casi desesperante. Minucioso al máximo, leyendo dónde se produce cada cosa, qué ingredientes tiene, cuánto pesa, qué precio. El tipo no tiene ningún apuro. Yo le cuento al pasar cómo hago mis compras en Alemania,mientras le digo "llevá ése" para simplificar la selección, pero este asunto es demasiado serio para él como para seguir mi sugerencia, mientras me dice "sabes? tienes que ser muy selectivo con lo que consumes. Si compras barato, puedes estar comiendo cualquier porquería, sólo por comer barato". Termino resignándome y dándole la razón.


Luego de más de 3 horas volvemos al departamento, cargados de provisiones. Ahora estamos todos contentos, pero demasiado cansados para volver a salir. Cenaremos algo de lo recién comprado y el día terminará acá. Me acuesto pensando que esto se parece más a las vacaciones que normalmente he tenido con la familia que a la "aventura europea" que yo había dibujado en mi mente. Pero es cierto, no está tan mal tomárselo así por un día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario